Balance

El Presidente, que fue capaz de hablar de estabilidad, lo hizo, claro está, sin reconocer que cada voto favorable a los presupuestos tiene un alto coste democrático y constitucional para los españoles

FOTO: Eduardo Parra Europa Press

Pedro Sánchez, según la estrategia de Seguridad Nacional que acaba de aprobar el Gobierno que él mismo preside, podría llegar a constituir un grave peligro para España. Lo es, desde el punto de vista del riesgo para la seguridad que, según el citado documento, representa el concepto de desinformación, respecto al que el Presidente del Gobierno, como a nadie se le escapa, ejerce un liderazgo incuestionable, desde su consumado papel de falaz e inagotable propagandista del triunfalismo, dispuesto a convertir en logros todos sus fracasos y a vender como si fuera un programa de Gobierno la gestión de un fracaso. Lo acabamos de ver en su pomposo balance de fin de año, en el que la realidad, al igual que sucedió con el pluralismo, esas preguntas cuidadosamente seleccionadas, quedó excluida, siendo sustituida por los clichés del contrarreformismo y la ingeniería social, que practican las dos docenas de ministerios en las que se encarna la coalición del sanchsimo y el populismo, que, en compañía de otros, gobierna la nación. De otra manera no puede entenderse la frase en la que Sánchez prácticamente le agradeció a la pandemia del Covid 19 el impulso dado a sus reformas sociales. Un reconocimiento en toda regla de dos cosas muy graves: la primera, la irresponsabilidad negacionista de la tragedia, en términos de vidas humanas, y la segunda, la consideración como algo ideológico de un asunto que necesitaba de una gestión guiada por la responsabilidad en lugar de por el partidismo. La suma de ambos factores está en el origen de ese doble exceso de muerte y ruina, en el que España aventaja a los países de su entorno, por obra y gracia de un Gobierno también doblemente irresponsable. El Presidente, que fue capaz de hablar de estabilidad, lo hizo, claro está, sin reconocer que cada voto favorable a los presupuestos tiene un alto coste democrático y constitucional para los españoles, con peajes que han afectado a todas las instancias institucionales que encarnan la defensa cívica de la nación, como bien saben los constitucionalistas catalanes, las víctimas del terrorismo, o las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, el poder judicial, la propia monarquía y los medios de comunicación que discrepan del Gobierno. En este contexto, los acercamientos y la progresión de grado de terroristas presos y la permisividad con los actos de homenaje que exaltan a ETA y humillan a sus víctimas son un doloroso exponente de una política de alto riesgo para la dignidad de nuestra democracia, a la que el Partido Socialista se presta gustosamente. Sánchez sabe que las cosas no van bien. Además de la pandemia, frente a la que por fin ha decidido asumir la combinación salud-economía que tanto le reprochó al Gobierno de Madrid, tenemos una inflación desbocada, el precio de la luz disparado, unos niveles de paro escalofriantes... Él, sin embargo, no actúa sobre los problemas, y prefiere atacar las soluciones, como está haciendo con las leyes de seguridad ciudadana y de la reforma laboral. Tampoco es capaz de emitir ninguna señal de empatía con la sociedad, que ya sabe quién es Pedro Sánchez, y, por eso, cada vez se fía menos de él. Su ineficacia, insensibilidad y desprecio al adversario son ampliamente conocidos por los ciudadanos, que dictarán sentencia a la primera oportunidad que les brinden las urnas. Eso fue lo único en lo que Sánchez acertó el miércoles: 2022 va a ser mejor que 2021, porque los españoles estaremos más cerca de darle carpetazo a él y a lo que representa. Ahora ya solo resta esperar a una cuenta atrás que marca cada día uno menos para superar esta situación.