Grandes: buena escritora, mala demócrata

Otra repugnante manifestación de nuestra protagonista: «¿Se imaginan el goce que sentiría la madre Maravillas en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y, mmm, sudorosos?»

FOTO: Víctor Lerena EFE

Tal vez porque la muerte me visitó muy de cerca siendo un niño, la vida me ha enseñado a ser extremadamente cuidadoso con quienes ya no están. Por respeto a ellos, por obvia delicadeza con sus familiares y a mayor abundamiento porque la parca y todo lo que le rodea me produce un yuyu considerable. De mi boca no salió una sola palabra cuando falleció Almudena Grandes, entre otras razones, porque a mí me enseñaron que las críticas hay que soltarlas cuando el destinatario está con vida. Siguiendo esta sana costumbre, no tenía previsto comentar nada del personaje. Me veo obligado a cambiar de planes por la sonada entrevista de Okdiario a Almeida. «Almudena Grandes no merece ser Hija Predilecta de Madrid, pero ya tengo los Presupuestos», fue la frase de marras. Antes de nada, nobleza obliga, he de reconocer el talento literario de la escritora madrileña. Las Edades de Lulú es una de esas obras que innegablemente han quedado incrustadas en nuestro acervo. Dicho todo lo cual he de resaltar que el alcalde de Madrid estuvo cumbre en el cara a cara con Vicente Gil. No se cortó un pelo a la hora de dar esa batalla cultural que el sentido común reclama cada vez con más fuerza por aquello de que la gente está hasta el lugar donde el ombligo pierde su casto nombre de tener que comulgar con el pensamiento único de la izquierda. Aquí, allá, acullá y por razones de obvia actualidad en esa Iberoamérica que está siendo devorada cual termita por el comunismo. Y, por si fuera poco, el abogado del Estado devenido en alcalde de la capital se ha demostrado un fantástico pragmático al más puro estilo Felipe González anteponiendo el interés general, que no era otro que sacar adelante unos Presupuestos sin los cuales no podría gobernar, a unos supuestos valores. Lo que en realidad ha hecho es robar la cartera a la izquierda y luego chulearse de ellos con su personal, intransferible y maravilloso deje de chulapo. Yendo al fondo de la cuestión he de concluir que comparto su tesis al 100%. Almudena Grandes aseguró urbi et orbi que «fusilaría» a «dos o tres voces» de la radio española que le sacaban «de quicio». Una persona que desea que se asesine en el paredón a otra no es una demócrata y, sobre todo, no es digna de ser beneficiada con la distinción más alta que el Ayuntamiento de Madrid otorga a sus hombres y mujeres más ilustres. Tres cuartos de lo mismo se puede colegir de otra repugnante manifestación de nuestra protagonista: «¿Se imaginan el goce que sentiría la madre Maravillas en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y, mmm, sudorosos?». Una apología de la violación en toda regla. La cuestión es si una mente tan retorcida, que habla de fusilar a quienes no piensan como ella y trivializa sobre las agresiones sexuales, debe pasar a la historia como una ciudadana ejemplar. La respuesta es tan perogrullesca que ni siquiera merece la pena escribirla. Es de primero de ética y de moralidad. La reacción de esa izquierda que se comporta como los hare krishna no se hizo esperar. Todos a una, desde medios y contertulios socialpodemitas hasta el mismísimo presidente, pusieron a caer de un burro al primer edil capitalino. Le echan en cara que en su alma no haya espacio para el perdón. El perdón que ellos no exhiben cuando a alguien de derechas se le calienta la boca o vomita barrabasadas similares o incluso infinitamente menos graves. Lo asesinan civilmente sin miramientos. Que se metan el doble rasero donde les quepa.