Posverdades, mentiras y falsos bulos

«El mayor riesgo no es la sustitución de la verdad por la mentira, sino que se diluya la línea que las separa y que ya no existan esas categorías»

Alejandra  Clements

No sabíamos nada sobre ella hasta que se hizo notar en 2016. Las victorias del «sí» al Brexit y Trump (qué lejano queda todo ya) la impulsaron y la convirtieron en ornamento imprescindible de cualquier sociedad contemporánea occidental: la posverdad llegó con un nuevo concepto de la realidad, en el que los hechos dejan de importar para ceder la preeminencia a creencias, emociones u opiniones personales. Lo factual se fue transformando en discutible y, con el imprescindible impulso de las redes sociales (que funcionan como una especie de acelerador en el tiempo), se instauró otra categoría muy próxima a la mentira, que, además, la perfeccionaba al adornarla con los espejismos de las pasiones. Falsedades enmascaradas que fingían ser certezas. Con aquella apariencia de estreno en la definición, con la posverdad, intentábamos atrapar algo ya conocido en la historia de la humanidad. Hannah Arendt dedicó gran parte de su obra (y de su vida) a alertar, precisamente, de los riesgos de la normalización de la mentira en la vida pública, de las peligrosas conexiones entre la política y la ausencia intencionada de rigor. Más allá de exhibiciones de embustes burdos o zafios (como el «partygate» de Johnson), otras falsedades forman parte de estrategias más elaboradas, como la que relata la pensadora alemana en «La mentira en política» sobre los documentos en los que se basó la toma de decisiones del Gobierno de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Y cuando el gran reto es discernir la veracidad de los datos para garantizar la validez de las opiniones, pasamos de un extremo a otro y, en una inverosímil pirueta de cortina de humo, de repente, la interpretación o las reacciones a unas declaraciones terminan con la etiqueta de bulo. Si resulta fundamental la distinción entre opiniones y hechos, también es esencial evitar igualar convicciones, ideas o pareceres con engaños. Que Garzón califique las críticas (legítimas) a sus palabras como «bulo de la carne» abre una tercera vía, peligrosa, que supera la dicotomía entre verdad y mentira para deslizarse a otra senda, en la que se encuentran la censura y el freno a la libertad de expresión. No, en las democracias plenas, lo que no nos gusta o no coincide con nuestra visión de la realidad, no es nunca un bulo y no puede ser considerado como tal. Avisaba Arendt de que «el mayor riesgo no es la sustitución de la verdad por la mentira, sino que se diluya la línea que las separa y que ya no existan esas categorías». La clave, pues, es distinguir bien entre lo cierto y los disfraces mentirosos.