La ministra bumerán

La ministra que se preguntaba en público qué es ser mujer ha reducido su cartera a un bumerán que ha pretendido lanzar muy lejos, pero que ha vuelto al punto de partida, sin progresar nada

FOTO: EUROPA PRESS/R.Rubio.POOL Europa Press

Conocen bien los aborígenes australianos los riesgos del bumerán. Leyendas, fábulas y ficciones varias adornan la mitología en torno a ese artefacto, convertido, incluso, en luna en el imaginario de nuestras antípodas. Hay también teorías que atienden a su famoso efecto para apelar a una ley, como una especie de karma vital (siempre a la espera de confirmación científica), que traería de vuelta aquello que uno lanza, lo bueno o malo que haga, regresará. Y puede, además, transformarse el bumerán en símbolo del estatismo, del nulo avance, retornando siempre, una y otra vez, al mismo punto. Con los peligros y las limitaciones que implicaría. Más aún, si ese bloqueo o esa parálisis afecta a áreas sensibles de la convivencia, a movimientos que han logrado trascender siglas y se han acomodado en las costumbres sociales superando fronteras partidistas. Como sucedió con el feminismo: reflejado en eslóganes e impreso en camisetas (cuánto bien hicieron Dior, primero, y las marcas «low cost», después), se coló por las rendijas de la vida cotidiana y extendió el valor contagioso de la igualdad a ámbitos hostiles que empezaron a entender la raíz de justicia que subyacía bajo aquellos postulados que antes agitaban solo unos pocos (unas pocas, más bien). Paradójicamente, la creación del Ministerio de Igualdad, hace ahora dos años, ha arrinconado al feminismo a un espacio secundario en la vida pública. En este tiempo, el empeño acaparador y excluyente ha desdibujado su verdadera esencia inclusiva y el identitarismo lo ha atrapado en un discurso en los márgenes; el intento de imponer ideología a una corriente plural ha enturbiado símbolos como el 8-M, cuando empezaba a distanciarse de colores políticos, y el sectarismo desinhibido ha decepcionado a quienes ya se afanaban por la causa. La semana pasada se registró en el Congreso un partido feminista «desencantado con el Gobierno» por «priorizar políticas que perjudican a la mitad de la población, las mujeres», según explican sus fundadoras, cristalizando así una tendencia que cuestiona el impulso oficial a ideas periféricas frente a propuestas más amplias e imprescindibles que terminan pasando desapercibidas, como la del CGPJ de hace solo unos días para reformar la Ley de Violencia de Género y extender el concepto a los supuestos fuera del ámbito de la pareja o de la ex pareja (adaptándolo al Convenio de Estambul). Varias olas feministas después de Woolf, Beauvoir o Steinem, la ministra que se preguntaba en público qué es ser mujer ha reducido su cartera a un bumerán que ha pretendido lanzar muy lejos, pero que ha vuelto al punto de partida, sin progresar nada. Seguimos igual. O puede que estemos aún peor.