Pactar con los españoles

Para la izquierda, su problema no es Vox, sino el Partido Popular, y el objetivo no es otro que impedir que Alberto Núñez Feijóo sea presidente del Gobierno

FOTO: Photogenic/Claudia Alba Europa Press

La izquierda española lleva años montando la trampa intelectual que la perpetúe en el Gobierno. Consiste en decir que ella puede pactar entre sí, pero que el centro-derecha no puede hacerlo. Lo uno asegura gobiernos de progreso, aunque formen parte de ellos ideologías caducas, sentimientos anti políticos como el populismo y nacionalismos extremos partidarios de la sedición o no arrepentidos por la violencia. Sin embargo, es a lo otro a lo que definen como una involución democrática. Lo vemos desde que Juanma Moreno constituyó Gobierno en Andalucía, pero la cosa ha subido varios peldaños con la investidura de Fernández Mañueco, tras pactar un Gobierno de coalición que evita una indeseable repetición electoral y garantiza estabilidad en un contexto de crisis. Consignas y sobreactuaciones que se desmoronan cuando se comprueba que, a diferencia de lo sucedido en Francia, la izquierda española no ha ofrecido sus votos para apoyar un Gobierno en solitario. Está clara la estrategia, burda y fácil de identificar, consistente en agitar sin cesar un espantajo falaz que demonice la alternativa real a Pedro Sánchez que dibujan las encuestas. Polarizan para alimentar de votos a una fuerza política y luego la estigmatizan para que nadie pueda pactar con ella, excluyendo de la gobernabilidad a muchos españoles con derecho a participar en ella. Para la izquierda, su problema no es Vox, sino el Partido Popular, y el objetivo no es otro que impedir que Alberto Núñez Feijóo sea presidente del Gobierno, aunque así lo quieran la mayoría de los españoles. Una nueva versión de aquel «Pacto del Tinell», que consolide e institucionalice el cordón sanitario largamente soñado. Un proyecto que, desde luego, casa mal con la democracia, y que se da de bruces con cualquier atisbo de coherencia, porque la campaña procede fundamentalmente de un partido que gobierna gracias a pactos con los peores socios imaginables, empezando por Unidas Podemos, que discrepa de la Constitución, querría tumbar la Corona y defiende la autodeterminación de Cataluña; siguiendo por Bildu, dirigida por un terrorista condenado que sigue justificando los actos de ETA, y terminando en ERC, que sigue liderada por un golpista condenado por el Supremo. Igual que el sanchismo no puede dar lecciones de ética o de pactos hay otras evidencias: 1, que en Castilla y León el nuevo Gobierno respeta la voluntad expresada por las urnas; 2, que las dos partes de la coalición no tienen por qué compartir el cien por cien de las cosas, aunque sí todo lo que se han comprometido a cumplir, y 3, que pactar en una circunstancia no anula la ambición legítima de cosechar y construir mayorías suficientes en cualesquiera otras, para gobernar en solitario, que es el objetivo confeso del PP. Un partido que defiende un modelo alternativo al fallido de Pedro Sánchez, algo que le inquieta y que hay que deslegitimar como sea. Un empeño burdo e inútil, porque el verdadero pacto del PP es con los españoles y quien lo alimenta cada día es él mismo, con graves errores y sectarismo. España necesita estabilidad y Feijóo ya ha propuesto que gobierne la lista más votada. También ha planteado grandes acuerdos entre PP y PSOE. Rajoy hizo lo mismo cuando el multipartidismo empezó a estar presente, pero fue Sánchez, con su famoso «no es no», el que prefirió marginar al PP, preparando lo que luego sería su Gobierno Frankenstein. A mi modo de ver, la cosa está bastante clara: si excluir es algo propio de los extremos, Sánchez es el más extremista, solo concibe la política en términos de poder y no de servicio, y siempre, contra el Partido Popular.