Humildad

La muerte de Ciudadanos no se debió a una imagen de veleta sino a la pérdida de su carácter de partido de equilibrio

Juan Ramón Lucas

Por fin la nueva política. Lástima que sea en la derrota. El barrido de Juanma Moreno a todos los demás adversarios por izquierda, derecha y centro, deja un campo arrasado en el que uno descubre restos de inesperada dignidad. Frente a la insólita ceguera de un partido socialista que se jacta de eludir la autocrítica, se engaña con el argumento tan leve que parece adolescente de que lo que le ha pasado en Andalucía no tiene nada que ver con el sanchismo reinante, y arremete contra el vencedor recordando no se qué recorte cuando estaba en Igualdad; ante el infortunio mental de un más allá por la izquierda que declara haber parado al fascismo mientras se despeña sin remedio y a la que siempre le quedará Colombia; contra una extrema derecha que culpa al terrorismo informativo de su estancamiento; sobre toda esta exhibición de mediocridad y desatino, se levanta la verdad política de un derrotado que asume el golpe, reconoce sus errores y mira de frente a un futuro oscuro con suficiente determinación como para avanzar hacia él con moral de victoria. Dice Juan Marín que los votantes andaluces, que han borrado a Ciudadanos del mapa parlamentario, no se han equivocado. Y, en consecuencia, él deja la política y se retira a recuperar lo perdido de su vida anterior por mucho que el reforzado Juanma Moreno tenga la tentación de tentarle a él con seguir en el gobierno. Estima Marín que hizo lo que tenía que hacer, que gestionó con honestidad y eficacia, pero que ahora, visto lo visto en las urnas, era tiempo de retirarse. Ojalá sea solo temporalmente. Horas después, la presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas, confiesa ante este escribidor en los micrófonos de La Brújula de Onda Cero, un estado de ánimo devastado que no le impide creer firmemente en la recuperación de su formación política. Le escucho algo tan inusual en un político, y más aún en uno derrotado, como reconocer errores del calibre de su negativa a intentar formar gobierno con Sánchez en el 19, o su gestión de las mociones de censura que –juró por sus hijos– ella no había urdido con Moncloa o con el PSOE. La humildad, el reconocimiento de lo que se ha hecho mal, es un bien escaso, casi inexistente en el paisaje político nacional. Marín y Arrimadas han mostrado en la derrota que a veces puede surgir, y no solo como adorno estético. La política española necesita humildad, del mismo modo que mejoraría con un partido que ejerza el papel que se negó a sí mismo Rivera y que gestionó sin complejos Marín, que en Andalucía equilibró la política en un sentido o en otro y no por eso perdió identidad o apoyos, más bien al contrario. La muerte de Ciudadanos no se debió a una imagen de veleta sino precisamente a la pérdida de su carácter de partido de equilibrio, de centralidad que limara los filos de la izquierda o la derecha en función de la pulsión política y una correcta lectura de las urnas.

Afrontar el futuro con humildad se me antoja el primero de los pasos del éxito en esa recuperación, regeneración o «reloquesea» que encare ahora la opción liberal de Ciudadanos. No sé si lo conseguirán, pero su actitud permite creer que quizá no se haya perdido del todo la esperanza de una nueva forma de hacer política.