La dictadura china contra la democracia taiwanesa

«Xi Jinping solo intentará la invasión si piensa que Estados Unidos no ayudará activamente a los taiwaneses»

FOTO: RITCHIE B. TONGO EFE

La civilización china es fascinante. Una simple aproximación nos muestra su grandeza, sensibilidad y riqueza. En la Antigüedad, las dinastías se sucedieron en los diferentes reinos y el período de las Primaveras y Otoños dio paso al denominado de los Reinos Combatientes (481-221 a. C.), donde siete estados se enfrentaron por medio de la diplomacia y la guerra. Es una etapa tan compleja como interesante que culminó cuando Zhao Zheng, rey de Qin, consiguió la unificación y se proclamó shi huangdi (primer emperador) de la nueva dinastía Qin. Por ello, sería conocido como Qin Shi Huang. Esta labor unificadora dio comienzo a la China Imperial que duraría dos milenios hasta la caída de la última dinastía en 1912. El eurocentrismo ha conducido a que hayamos contemplado con una cierta arrogancia y superioridad esa civilización milenaria que realizó enormes avances tecnológicos, pero que prefirió un relativo aislamiento hasta que el colonialismo francés y británico, que sería el que finalmente se impondría, irrumpieron con su voracidad económica y territorial. No hay duda de que China provocó un gran interés cultural en Europa y que hubo grandes intelectuales que la estudiaron. La otra cara de la moneda fueron las guerras del Opio y la destrucción del Palacio de Verano en 1860. No hay que sorprenderse porque los europeos y los estadounidenses seamos menos populares de lo que pensábamos. En muchas novelas, películas y series occidentales, los chinos aparecen como los malos de rigor.

Tras la caída de la dinastía Qing o manchú, ese enorme imperio se vio sometido a las luchas de los señores de la Guerra y, finalmente, fue invadida por los japoneses que cometieron crímenes atroces. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial comenzó una guerra civil entre los nacionalistas de Chiang Kai-shek y los comunistas de Mao Tse Tung con la victoria, desgraciadamente, de estos últimos. Chiang, que era el presidente de China, escapó con sus seguidores a la isla de Taiwán donde estableció en 1949 el gobierno legítimo que era reconocido por las democracias. Es bueno recordar que la Dinastía Qing había cedido al Imperio de Japón esta isla en 1895 por medio de Tratado de Shimonoseki, que puso fin a la primera guerra sino-japonesa en 1895. China, desgraciadamente, nunca ha conocido la democracia y sigue siendo una brutal dictadura comunista, aunque haya abrazado el capitalismo. En cambio, Taiwán es una gran democracia, así como uno de los países más avanzados del mundo en todos los terrenos. Es una enorme diferencia entre las herencias políticas de Mao y Chiang. Un régimen comunista nunca evoluciona a la libertad, mientras que uno autoritario militar de partido único, como es el que se estableció en Taiwán, puede hacerlo y lograr un sistema que en nada tiene que envidiar a los Estados Unidos o a los países de la UE.

La República China, que es el nombre del Estado de Taiwán, se sentaba en el Consejo de Seguridad de la ONU y era reconocida por el mundo libre. Eran los tiempos de la Guerra Fría y su economía se industrializó con una impresionante orientación hacia la tecnología. Esta pequeña isla, donde habitan más de 23 millones de personas, se ha convertido en el mayor productor mundial de semiconductores. El milagro económico fue consecuencia de la imaginación y la capacidad de trabajo de su población. Los intereses políticos condujeron a que la mayor parte de países, incluidas las orgullosas democracias, decidieran reconocer a la brutal dictadura comunista de la República Popular de China y Taiwán perdiera su estatus, aunque no su independencia. El Tratado de Defensa Mutua sino-estadounidense fue determinante, ya que primó el más descarnado interés político y económico.

Los taiwaneses no quieren formar parte de China y tienen toda la razón. No hay más que ver lo que ha sucedido con Hong-Kong y cómo los comunistas incumplieron sus compromisos. El problema es que los líderes chinos, encabezados por su presidente, Xi Jinping, inteligente y de formas occidentales, quieren conquistar Taiwán y existe el riesgo objetivo de que en algún momento decidan emprender, como ha sucedido en Ucrania, una guerra de consecuencias imprevisibles. Es cierto que Taiwán cuenta con un importante y motivado ejército, así como técnicamente muy avanzado, que está dispuesto a luchar por su libertad. A esto hay que añadir la firme alianza con Estados Unidos. Estos son factores que prevalecen en la obsesión de Xi, aunque nunca hay que dar nada por supuesto en la mentalidad de un dictador. Es lo que hemos podido comprobar con el ataque de Putin contra Ucrania. No son dos déspotas aislados, sino que cuentan con un enorme apoyo popular, gracias a la propaganda gubernamental y el férreo control de los medios por medio de la censura, pero también es importante el orgullo y patriotismo.

El viaje de Nancy Pelosi a Taiwán ha desatado, como era previsible, una brutal respuesta de los comunistas chinos con unas maniobras militares dirigidas a mostrar el poder de su ejército, así como amedrentar, algo que no han conseguido, a la población taiwanesa. Estamos ante la brutalidad de una dictadura muy poderosa, que es una de las grandes potencias mundiales, pero defender Taiwán es garantizar la pervivencia de la democracia. Xi Jinping solo intentará la invasión si piensa que Estados Unidos no ayudará activamente a los taiwaneses, afortunadamente no es lo mismo que ha sucedido con Afganistán y hay un compromiso muy claro e inequívoco. Otro factor de riesgo es que le interese el conflicto en clave interna, porque surjan problemas o conflictos en China que le conduzcan a una acción como cortina de humo. Por ello, es mejor prevenir que curar y es fundamental estar al lado de la democracia de Taiwán frente a la dictadura comunista china.