Progres, gustos, nervios

La izquierda odia la propiedad, la ajena, claro. Y especialmente la propiedad acumulada por los trabajadores

A los progres hay cosas que les gustan y otras que les ponen de los nervios. Rara vez perciben que, en el fondo, son las mismas cosas.

Hace muchos años escuché a un líder del PSOE que declaró: «a los socialistas nos gusta redistribuir». Se olvidó de añadir la clave de la izquierda, que detectó Margaret Thatcher: lo que los socialistas redistribuyen es siempre lo ajeno. Si los progres redistribuyeran lo propio, serían cristianos. Porque Jesucristo, a cuya Iglesia la izquierda no ha dejado de hostigar, nos convocó a ayudar al prójimo, no a arrebatarle a unos lo que les pertenece, para entregárselo a otros, a quienes no les pertenece. Eso se llama robar, y está mal –véase «Venerable Síntesis Liberal: los Diez Mandamiento».

La izquierda odia la propiedad, la ajena, claro. Y especialmente la propiedad acumulada por los trabajadores. No es casual la aversión de la casta de Podemos hacia Amancio Ortega, porque es rico, y es cualquier cosa menos un niño rico. Es un trabajador desde su infancia, no como los doctores que nos aleccionan desde la política y los medios progres, a los que tanto irrita Isabel Díaz Ayuso, a la que tampoco pueden acusar de hija de millonarios o aristócratas.

Truenan entonces los progres contra una supuesta falacia, «Impuestos o libertad», que es algo que cualquier trabajadora entiende: su sueldo es suyo, y no quiere que se lo quiten. Cuando este rechazo es diáfano, y encima se plasma en resultados electorales adversos a la izquierda, como está pasando en España desde hace algún tiempo, los progres se ponen de los nervios. Estos liberales desvergonzados, aseguran, embarullan las estadísticas, cuando en realidad nadie lo hace como la izquierda, con cifras y mucha propaganda –puede verse «Hacienda somos todos, cariño».

Pero los mismos impuestos que han llevado a que el pueblo rechace a los progres son el resultado de la política redistributiva que a los mismos progres tanto les gusta.

Y lo peor es que, como son demócratas, están en un callejón sin salida. Si no rechazan la democracia, y el pueblo en democracia los rechaza a ellos, ¿qué hacer?

Pues, claro, alegar que cuando ellos pierden porque al pueblo no le gusta el socialismo, es que la democracia está peligro, y hay que salir a la calle.