infancia

Los incomprendidos

No todos los hijos son una bendición. No todos los niños son una alegría continua. No todos los niños vienen al mundo sin la intención de hacer daño

El otro día hablaba con un amigo al que quiero mucho y al que, desde hace tiempo, oigo hablar de sus hijos, de las notas de sus hijos, de lo gilipollas que son sus hijos, de las cagadas que hacen. Nos reímos mucho siempre. Nos reíamos, la verdad. El otro día hablaba con ese amigo al que quiero mucho y, de pronto, ya no fue divertido. Ya no era divertido hablar de sus hijos, sobre todo, de su hijo mayor. Y le hice una pregunta que había leído en el último libro de Pedro Simón. ¿También escuchas en casa «ojalá y se hubiera caído tu avión»? Y me contestó: no literalmente, pero la siento en mi cabeza. La constatación de un fracaso es horrible. Sobre todo para el que lo vuelve a intentar todos los días. No todos los hijos son una bendición. No todos los niños son una alegría continua. No todos los niños vienen al mundo sin la intención de hacer daño. A veces hacen daño porque sí, o porque no saben hacerlo de otra forma, o porque se lo hemos puesto en bandeja, o porque hemos bajado los brazos y nos han tomado el brazo hasta el hombro. Toda esa historia, todas esas historias que nos conciernen al final a todos, están en el último libro de Pedro Simón. «Los incomprendidos», se llama. Y es una putada ese libro. Porque no hay una sola arista de esa historia que cuenta que no pueda ser la nuestra, de una manera o de otra, que no pueda habernos rozado. Hemos sido hijos, hijos malos, rebeldes, despiadados. Y muchos han sido padres o madres inertes, sobreprotectores, despistados, irresponsables, conscientemente desocupados. O simplemente no deberíamos haber sido padres. Ni madres. O quizá nos deberían advertir. No sólo vale la decisión, ni las ganas, ni ser bellísimas personas. Esto va de otra cosa. Pedro Simón te mata un poquito, como siempre, como lo ha hecho siempre con su periodismo incómodo y, créanme, no ha cambiado tampoco en la literatura. Pero esta vez es peor. Es que, esta vez, hay esperanza al final. Hay posibilidades. Hay que sufrir como cabrones, pero hay esperanza. Así que, si se acercan, prepárense a desnudarse de nuevo ante el espejo. Que, a veces, es un ejercicio feroz.