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Cárceles de tela

Como bien ha dicho Laurence Rossignol, ministra francesa de la Familia, Infancia y Derechos de la mujer, el «burkini» es la versión playera del burka: una manera de seguir controlando a las mujeres encerrándolas en una prisión móvil de tela. Los franceses están alarmados y traumatizados tras los atentados de Niza, París, el degollamiento del padre Jacques Hamel mientras oficiaba una misa... No miran con recelo el burka, simplemente han decidido hacerse respetar. Ni es higiénico algo que cubre todo el cuerpo, ni es seguro: puede esconder desde la identidad de la persona a cualquier cosa.

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En 1946 Luois Reard, creador del traje de baño de dos piezas, ante la negativa de las modelos profesionales, contrató a Micheline Bernardini, stripper del casino de París, para lucirlo en público. Ésta le dijo que sería una bomba más potente que la lanzada días antes por EE UU en el atolón Bikini, en las Islas Marshall, lugar de pruebas atómicas durante los años 40 y 50. Mientras en Francia esta prenda se convirtió en el símbolo de la liberación femenina, el burka lo es de la intolerancia, la indignidad y la regresión a la edad media. O sea, la versión moderna del «cinturón de castidad».

Desafortunadamente, el burka, al estar relacionado con el Islam más radical, remite a gente que pone bombas que matan a personas inocentes. El «burkini» está siendo «explosivo», como lo fue el bikini en sus inicios, pero por motivos muy diferentes. Las mujeres no debemos ser «políticamente correctas» cuando se trata de humillarnos, de someternos o de seguir relegándonos a la categoría de «menos que segunda». El «burkini» es tan ofensivo a los ojos de una mujer europea como lo es el burka. Una cosa es respetar las costumbres y otra tragar con la intolerancia y con la desigualdad. Si luchamos a favor de la igualdad no podemos tolerar en nuestras playas el «burkini», sería incongruente. Cada uno es libre de practicar su fe en la intimidad, pero en el espacio público debe haber un límite. Un burka... ¡ni por amor, ni por dignidad!