El himno

A esta gente le molesta todo. Marta Sánchez cerró su actuación en el Teatro de La Zarzuela cantando el Himno Nacional con una letra que ella había adaptado. Y fue ovacionada. Marta Sánchez no pretende que su texto adaptado al Himno sea el oficial. Ha ejercido un derecho. Cantar su Himno con su sentimiento. Y nada más. La banda guay de la Memoria Histórica la ha tomado con ella. Rubén Amón, desde «El País» le ha dedicado un amargo vituperio. Creo que cada español puede adaptarle al Himno Nacional el texto que se le antoje. Esa es la gran ventaja de nuestro Himno. Que no tiene letra. Y que se entrega a la emoción individual de cada español que lo siente.

Las letras de los himnos nacionales son, en su mayoría, violentas y exageradas. «La Marsellesa» es el ejemplo de texto atroz y sangriento. En los himnos comarcales también se reclama la brutalidad, como en «Els Segadors» de los catalanes. Dotar de un texto al Himno Nacional de España y que sea aprobado por todos los españoles es empresa imposible. Al menos, un tercio de los españoles abominan del Himno, de la Bandera y de España. El intento fallido de la letra de Pemán no consiguió poner de acuerdo a los grupos imperantes del Régimen anterior. Para los falangistas era excesivamente monárquico, que no lo era, pero el proyecto durmió en el cajón del olvido. Pemán era un grandísimo escritor, y su letra hablaba de la unidad, del resurgimiento de una España destrozada, y de la formidable aventura de América. «Gloria a la Patria que supo seguir por el azul del mar el caminar del sol».

El Himno es, en efecto, una adaptación de la Marcha de los Granaderos. Tiene versiones diferentes y cadencias solemnes y vivarachas. La versión orquestal es formidable. El anterior organista de la Catedral de Sevilla nos regaló una interpretación profunda en la boda de la Infanta Elena, cuando el Rey y su hija hicieron su entrada en el grandioso templo. «La Marsellesa», tan admirada, no suena bien en un acto religioso. Nuestro Himno, precisamente por carecer de letra, se adapta a cualquier circunstancia. De tener letra, en Cataluña, el País Vasco y las Islas Baleares estaría prohibido, porque lógicamente, el texto sería en español, y el idioma español que hablan quinientos millones de personas en el mundo está perseguido en España por socialistas, comunistas y separatistas. Pero todo español tiene el derecho a escribir su letra para él, y si es artista, para compartirlo con su público, que es lo que hizo Marta Sánchez.

Una letra en la actualidad exigiría que se mencionara al ecologismo, al agujero en la capa de ozono, al triunfo de la homosexualidad, a la innecesariedad de la Cruz, a Oxfam, a los refugiados, y al «derecho a decidir». A ver quién es el guapo que se atreve. Estamos muy bien sin letra, y que la emoción de esa «mediocre marcha» –como la cataloga Rubén Amón-, se experimente en cada sensibilidad cuando la oye. A mí, personalmente, «esa mediocre marcha» me emociona y entusiasma, como a Santiago Amón, el padre de Rubén, que también era partidario de los himnos sin letra. –Se limitan a decir tonterías-.

Para una buena parte de los españoles, el Himno Nacional lo compuso el General Franco. También diseñó la Bandera, y ya con Himno y Bandera se dedicó a colonizar naciones independientes como Cataluña y Euzkadi. Es parte de la Historia de España que hoy se enseña en algunas comunidades autónomas. Menos mal que el Gobierno de España «está estudiando» la forma de facilitar que en España se enseñe a hablar en español. Figúrense al ministro de Educación de Francia anunciando con solemnidad que el Gobierno francés está estudiando la forma de facilitar el aprendizaje del francés en los colegios. Una nación tan disparatada como la nuestra no puede tener letra en el Himno.

Himno sí, emoción y música. Y el derecho a adaptarle la letra que cada uno quiera.