Apuntes

Cuando el Ebro era nuestro

Con lo del trasvase, los chicos del PSOE husmearon que por ahí había un caladero de votos

Recuerdo que una de las cuestiones que más me llamó la atención del malogrado Plan Hidrológico Nacional de 2001, el del trasvase del Ebro, para entendernos, versaba sobre los costes/beneficios para las cuencas del Júcar, Segura e Internas de Cataluña. Sesudos análisis sobre las previsiones de consumo urbano/industrial a dos décadas vista, reducción de la explotación de los acuíferos, gracias a los nuevos aportes de aguas superficiales, y proyecciones sobre la extensión de la producción agrícola en las distintas comarcas. Naturalmente, todo aquello se vino abajo con un simple lema, «el Ebro es nuestro», y así anda ahora la mesa de la sequía en Barcelona dándole vueltas a lo que tiene poco remedio, salvo que saquen a San Isidro a rogar por las lluvias. Decían que se iban a cargar el Delta los mismos que, a renglón seguido, lo llenaron de chalés adosados y no había ecologista sin su memorial de agravios a la madre naturaleza. Los chicos del PSOE husmearon que por allí había un nuevo caladero de votos y, manda narices, los hijos políticos de Indalecio Prieto, el mismo que impulsó el Plan Nacional Hidrológico de 1933, con la red de pantanos, acequias y conducciones del Alto Aragón, entre otros, se pusieron estupendos con la ecología y, nada más volver al gobierno, se cargaron el proyecto.

No merece la pena llorar por la leche derramada, pero como sea verdad que el calentamiento global se nos viene encima, no va a quedar un acuífero ni para un remedio. Tampoco es cuestión de alegar mala fe en quienes siempre tienen a punto una focha o una grulla cuando se plantea que, tal vez, si desde los romanos se han hecho pantanos en España y sigue habiendo fochas y grullas, tenemos lobos a cincuenta kilómetros de una capital como Madrid, con su enorme área metropolitana, y las playas de Benidorm siempre ganan la bandera azul, lo de los trasvases, diseñados por gentes con estudios, a lo mejor no son tan mala idea. Porque cuando nos entren las prisas, no son obras que se hagan de un día para otro.

Y si, luego, lo del cambio climático resulta ser un camelo, pues eso ganamos. Con un problema, que las cosas del agua, su escasez, fundamentalmente, ponen al personal de los nervios y es capaz de cualquier cosa. Uno, por supuesto, entiende que el gobierno de Pedro Sánchez, con los proyectos de trasvase a la cuenca del Guadalquivir ya aprobados, no haya hecho absolutamente nada en cinco años, porque en estos tiempos líquidos gobernar significa pisar los menos callos posibles, pero, al menos, que no descargue la responsabilidad en quien no la tiene.

Porque, además, los de la Comisión Europea, pobrecitos, no tendrán mucha experiencia en los relatos chungos del socialismo español, pero en Andalucía se han hecho expertos. De los cinco puntos del argumentario contra la ley de la Junta de legalización de riegos en los condados de Huelva, todos son fakes, comenzando por el primero de todos, que el proyecto no afecta al parque de Doñana. Leo por ahí a un experto, Jorge Olcina, catedrático de Geografía de la Universidad de Alicante, que afirma que los trasvases ya no son útiles y que propugna la reducción de los regadíos, la desalación y la reutilización de las aguas residuales urbanas, una vez depuradas. Lo mismo tiene razón, pero a los efectos prácticos nos va a dar lo mismo. Porque a ver qué gobierno aguanta el tirón de una reconversión como la de la siderurgia.