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El Rey vuelve a marcar el rumbo

Tiempo de lectura 4 min.

26 de diciembre de 2018. 00:21h

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26/12/2018

Como no podía ser de otra forma, mientras las principales formaciones políticas españolas, incluido un reticente Podemos, acogieron positivamente el llamamiento de Su Majestad a mantener la convivencia entre todos los ciudadanos, como el gran valor constitucional, los partidos del ámbito nacionalista reaccionaron agriamente, sin duda, al sentirse señalados como directos sembradores de discordia e insolidaridad en una sociedad que, como la española, ha conseguido, bajo la Carta Magna, las mayores cotas de libertad y democracia de su historia y a la que se le abre, pese a todas las dificultades, un futuro prometedor, a poco que las nuevas generaciones, a las que se dirigió especialmente el Rey, perseveren en el camino de paz, solidaridad y unidad emprendido en la Transición. De ahí que la fotografía de la Princesa de Asturias, flanqueada por Su Majestad, tomada durante uno de los actos conmemorativos del 40 aniversario de la Constitución, que destacaba en la puesta en escena de la intervención real, resumiera perfectamente el propósito contenido en el discurso que Don Felipe VI dirigió a la nación en la Nochebuena. Es la reclamación de la vigencia de la Constitución, de los principios que ella consagra, proyectada sobre los jóvenes españoles, representados en quien será la futura Reina de España. Así, Su Majestad reiteró en su mensaje la misma línea de pensamiento político que viene marcando sus últimas intervenciones: que la continuidad de la vida nacional en libertad y democracia sólo será posible desde la determinación de mantener la convivencia, la solidaridad y la unidad entre todos los españoles. Especialmente, entre las nuevas generaciones, las que ya nacieron en democracia plena y a quienes parecen lejanos, incluso ajenos, los esfuerzos y las renuncias de sus padres y abuelos por hacer de España un país de libertades, paz y progreso como no se había conocido en su ya larga historia. Sabe el jefe del Estado, como sabemos todos, que en esa aparente desconexión de los jóvenes con el significado último de la Transición y del ordenamiento constitucional resultante, actúan factores graves que distorsionan la visión generacional y operan como agentes disgregadores. En este sentido, el Rey fue diáfano al describir la situación de buena parte de los jóvenes, que son los más afectados por la precariedad laboral, por las duras exigencias de un mercado de trabajo que demanda buena formación pero que, en muchas ocasiones, no responde a las expectativas creadas. Que tienen problemas a la hora de encontrar una vivienda adecuada y de poder formar una familia. Factores, ya decimos, que enrarecen la percepción de la realidad política y social, y abonan el campo a los embaucadores de las soluciones fáciles y a los profetas de la confrontación y la radicalidad. Y sin embargo, como nos recordó el Rey, se trata de unas generaciones que viven la difícil realidad de una sociedad tecnológica vertiginosa, de cambios continuos y acelerados, pero que atesoran conceptos como la solidaridad, la apertura al mundo, la paz, la defensa del medio ambiente; que tienen talento y están comprometidos con las causas sociales. A estos jóvenes españoles llamó Don Felipe a su responsabilidad en la construcción del futuro y, sobre todo, al mantenimiento de una convivencia que es «incompatible con el rencor y el resentimiento, porque estas actitudes forman parte de nuestra peor historia» y que exige el respeto a nuestra Constitución, que «no es una realidad inerte, sino una realidad viva que ampara, protege y tutela nuestros derechos ciudadanos». En definitiva, que la obra más valiosa de nuestra democracia y el mejor legado que se puede confiar es la convivencia en libertad, que es preciso valorar con el orgullo de la obra bien hecha.

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