Tribuna
Estoy tan «sorpresa» como todos ustedes
La cuesta no es un accidente, es el terreno natural en el que coinciden Sánchez y Milei. Y por eso estamos «sorpresa»: porque lo anunciado siempre termina sorprendiendo, aunque sepamos de memoria cómo acaba
El título evoca esa frase que suele usarse en tono coloquial e irónico para reaccionar a lo inesperado o a lo escandaloso. En castellano correcto debería ser «sorprendido/a», pero al decir «sorpresa» se exagera la ingenuidad, como si quien habla fingiera no haber visto nada. Es un comodín: se oye en redes sociales, en memes y en discursos de políticos y celebridades que buscan despegarse de un lío que todo el mundo ya conoce.
Explicado, y ahora sin proponérmelo, quizá en esta columna le esté avisando a Pedro Sánchez de que Javier Milei le está regalando argumentos en este final de verano. En política, ya sabemos, no hay defensa más previsible que un buen ataque. Y como dice el refrán, cada cual mide a los demás con la vara de su propia experiencia. Porque no podemos –sería apresurado e improcedente– decir aquello de que «el ladrón cree que todos son de su misma condición». Pero cuidado: el parecido empieza a ser demasiado incómodo.
Hagamos un repaso de lo que nos espera y que, aunque anunciado, volverá a hacernos sentir «sorpresa». Las vacaciones terminan y septiembre arranca en los tribunales. Sánchez protege a los suyos. Milei, de rockstar a acorralado bajo piedras, enfrenta denuncias por criptomonedas, maletas y coimas. Y ahí surge la novedad: el parecido menos esperado, el progresista y el libertario compartiendo la misma sombra judicial.
En Moncloa, arranca la temporada entre jueces y fiscales. El caso Koldo no se apaga, se expande: dos ex secretarios de Organización del PSOE bajo sospecha, colaboradores estrechos implicados y la incomodidad persistente de Begoña, cada vez más difícil de despachar como «ataque personal» y cada vez más consolidada como «sumario en trámite». Como si fuera poco, el presidente insiste en su «plena confianza» en Álvaro García Ortiz, fiscal general del Estado, pese a que los informes de la UCO lo dejaron en terreno resbaladizo. Lo que en cualquier democracia consolidada sería motivo de renuncia inmediata, el Gobierno progresista lo convierte en prueba de fidelidad.
Y si miramos al otro lado del Atlántico, Milei también tropieza con la incongruencia. El libertario que se vendía como rockstar anticasta arranca septiembre emboscado en un acto de campaña bajo una lluvia de piedras e insultos. La épica de la motosierra mutó en postal de un presidente en serios problemas. Y los escándalos se acumulan: el affaire de las criptomonedas opacas, las maletas que entraron y salieron sin discreción ni control, y lo más obsceno, las presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad, donde la corrupción se ceba en los más frágiles. No sumo una economía en «turbulencia» en viaje electoral.
Lo llamativo es que, cuando se trata de incomodidades, todo queda en familia. Aquí el ruido lleva nombre de esposa, Begoña, que aparece en un sumario cada vez más espinoso; allí la señalada es Karina, la hermana acusada y al mismo tiempo el verdadero «jefe» de la política rosada. No son amistades peligrosas ni conspiraciones externas: son vínculos de sangre, de entre casa.
Y en ambos casos, la respuesta es idéntica: un estribillo repetido sobre persecuciones y operetas, como si el apellido sirviera de escudo. El paralelismo es brutal: en Moncloa se culpa a la fachosfera, en la Rosada a la casta. Cambian las etiquetas, no la estrategia. Tanto el progresista como el libertario se envuelven en banderas distintas para justificar las mismas tropelías. La ideología, en este punto, es apenas una coartada.
Y en medio de todo esto aparece, inevitable, Donald Trump. El rey de dejarnos «sorpresa». Segunda temporada en la Casa Blanca, más ruidosa que nunca: aranceles como armas, guiños a Putin, desplantes a Zelenski y la cantinela de que «un poquito» la gente prefiere dictadores si les resuelven algo. Trump no necesita sobres, familiares ni maletas: su especialidad es corromper el lenguaje, reducir la política a espectáculo y la diplomacia a un tuit.
Y no olvidemos: las guerras que iban a resolverse como magia, por lo «rápido», siguen ahí. Ucrania supera con holgura los mil días de invasión, Gaza se eterniza sin calendario. Conflictos normalizados que conviven con el parte meteorológico de Roberto Brasero y con los atascos de la M-40, como si fueran secciones inevitables del mismo informativo.
Y así, mañana lunes, la rutina política se desplegará como un guión anunciado, aunque con imprevistos. Manu Sánchez pondrá la primera alarma, recordándonos que la corrupción madruga. Le preguntaremos la hora a Alsina, y a las ocho llegará su monólogo forense que disecciona la tragedia del día. Cantizano endulzará la sobremesa, transformando mordidas en conversación amena. La Torre repasará la tarde con lupa de inspector. Y Vallés, con su sobriedad implacable, cerrará la jornada con la naturalidad de quien no necesita aspavientos: bastará con colar las «fechorías» locales e internacionales entre el tiempo y los deportes.
Ese es el paisaje real de septiembre: broncas sin soluciones, mordidas sin ideología y emboscadas que hacen descender al rockstar al barro de la política corriente. La cuesta no es un accidente, es el terreno natural en el que coinciden Sánchez y Milei. Y por eso estamos «sorpresa»: porque lo anunciado siempre termina sorprendiendo, aunque sepamos de memoria cómo acaba.
El verano se acaba. Las similitudes superan lo previsto. Y las mordidas nunca se toman vacaciones. Eso, definitivamente, no es ninguna sorpresa.
Juan Dillones periodista y analista en temas internacionales