El convento que arrasó el coronavirus

El virus entró en la sede de las Madres Adoratrices de Ávila y acabó con la vida de cinco hermanas, el resto permanecieron encerradas en su habitación durante 75 días. “Al salir, después de tantos días, algunas nos mareamos. Casi todas dimos positivo. El Covid nos cayó como un rayo”, confiesan

En el salón común del convento de las Madres Adoratrices de Ávila, cada silla tiene el nombre de una hermana. De las supervivientes. Los asientos están escrupulosamente separados para asegurar la distancia social. Un pequeño papel impreso con letra de ordenador está pegado con celo en la pata de cada butaca. A primera hora de la mañana, la sala está vacía, cada religiosa se encuentra en su habitación, almorzando o paseando por el patio. Tan solo un crucifijo y un retrato del Papa Francisco custodian esta zona común. El silencio se cuela por cada pasillo y una cierta sensación de melancolía acompaña a cada paso. Y es que en este céntrico convento en la capital abulense se han vivido meses de terror, de miedo, de muerte y de soledad. Ahora comienzan a respirar. Con cautela

Todo comenzó en marzo, cuando la pandemia golpeó al mundo. “No sabemos cómo se coló aquí el virus, es cierto que la capilla de culto estaba abierta a la adoración, pero siempre tuvimos mucho cuidado, es más, el 13 de marzo anuncié que la cerrábamos. Desde ese día nadie pisó el convento, pero el virus ya estaba dentro”, relata la madre superiora, Antonia Novoa. Las hermanas comenzaron a enfermar, una tras otra, y el día 25 de marzo murió la primera. “El coronavirus nos cayó como un rayo, entonces éramos 25 religiosas las que convivíamos aquí, ahora se nos han ido cinco”, subraya Novoa nos conduce a la sala de reuniones para explicarnos lo sucedido. De hecho, LA RAZÓN es el primer medio que entra en este convento, con todas las medidas de prevención y respetando en todo momento las instrucciones de la superiora. “No dejamos entrar a nadie, solo hasta la puerta, aunque ya hemos negativizado el virus todas, aún tenemos mucho respeto por lo que pueda pasar”, matiza.

El virus corría a sus anchas por el convento

Isabel fue la primera hermana que falleció, “tan solo duro día y medio”. El convento se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la Covid: mujeres mayores, ya que todas superan los 70 años, y confinadas en un recinto donde la infección campaba a sus anchas. “No me quedó más remedio que pedir a las hermanas que cada una se fuera a su habitación, que no salieran de allí hasta nueva orden y así estuvimos 75 días. Cada una encerrada en su cuarto”, comenta la religiosa. Una habitación de poco más de ocho metros cuadrados y, eso sí, con vistas a la céntrica calle del Duque de Alba, su único contacto visual con el exterior. “Cada una tiene su cuarto de baño dentro de la habitación, lo que nos ayudó para evitar contactos”, matiza.

Pero pronto llegaron las malas noticias. Más hermanas caían enfermas, tres (Isabel Rodríguez, Carmen y Ángela) murieron en el hospital y las otras dos (Anita e Isabel Bermejo) en su habitación. Con su buen saber hacer y dotes de competente dirigente, Antonia Novoa no les comunicaba al resto de hermanas la defunción de sus compañeras en el mismo momento en el que ocurría, sino que lo iba contando con el paso de los días “porque estaban muy afectadas y creo que era peor para ellas. Encerradas en su habitación y viendo como otras morían... era muy doloroso”. Novoa era el único punto de contacto con el mundo, a través de su teléfono móvil hablaba con las trabajadoras de la Fundación San Camilo que eran quienes diariamente les dejaban la comida en sendas puertas. “Han sido nuestro ángel de la guarda, sin ellas no sé qué habría sido de nosotras”, relatan.

Como ha ocurrido con las miles de personas fallecidas por Covid, nadie pudo despedirse de las fallecidas. “Nosotras, que estamos acostumbradas a velar a las hermanas que mueren en el propio convento, no pudimos darle el último adiós. Las incineraron. Óscar, de la funeraria de Ávila, fue quien hizo todas las gestiones. Le estamos muy agradecida. Él realizó todo el papeleo. Fue muy duro tener que llamar a los familiares de las que habían muerto para comunicarles la mala noticia”, dice la madre superiora.

Las horas se hacían eternas sumidas en el reposo más absoluto durante los 75 días que estuvieron asiladas. “El día pasaba entre oraciones, lectura y poco más. Algunas teníamos teléfono móvil y enviábamos WhatsApp, pero al resto no le quedaba nada más que esperar. Escuchábamos misa y, al menos, eso nos daba fuerzas para continuar. Nos agarrábamos a nuestra fe para superar esta situación. Sabíamos que el Señor estaba con nosotras en la habitación dándonos fuerza y ayuda. Pasaban los días, las semanas y los meses y así seguíamos solas, cada una en su cuarto. Fue muy duro”, describen.

Notas por debajo de la puerta

Todas menos tres dieron positivo en el test PCR, lo que aumentaba su angustia. “Yo siempre fui asintomática, algunas tenían fiebre, dolores costales... así que nos asignaron un médico desde la Gerencia de la junta y el Obispado de Ávila también puso un doctor a nuestro servicio. Nos medían la saturación de oxígeno y la tensión para evitar males mayores. Una enfermera de San Camilo estaba también 24 horas disponible y desde Protección Civil acudían para traernos las medicinas”, dice Novoa, que no deja de agradecer a todos aquellos que se volcaron en la ayuda a las hermanas del convento. Al principio, ella misma escribía notas al resto de monjas, las cuales pasaba por debajo de la puerta. Eran mensajes de ánimo y fuerza, pero pronto tuvo que dejar de hacerlo, “porque me comentaron que podía ser peligroso, que al estar en contacto con las manos se podía también contagiar”.

Y por fin llegó el 10 de junio, cuando las supervivientes pudieron salir de la habitación. “Algunas nos mareábamos, habíamos estado entre cuatro paredes durante más de dos meses, sin ningún contacto con el exterior”, recuerdan. La madre superiora les explicó que, a pesar de haber negativizado el virus, debían de mantener las medidas de seguridad. Un equipo de la UME acudió hasta en dos ocasiones para desinfectar con ozono todo el convento. Cualquier medida era necesaria para evitar una nueva tragedia. “Desde el primer momento hemos estado todas muy unidas, aunque no físicamente, sí espiritualmente. Hemos formado un solo cuerpo”, recalca la directora del centro. El reencuentro fue emocionante, verse de nuevo las caras, sentir que, las que habían superado la enfermedad, podían regresar poco a poco a sus labores. “Nunca perdimos la esperanza, porque eso es un fracaso. Había que levantar el ánimo como fuera y orar y leer los textos del Papa fue de gran ayuda”, aseveran.

La madre superiora ha establecido ahora nuevos protocolos en el interior del convento. Todavía ninguna puede salir al exterior, todas deben llevar la mascarilla y siempre guardar la distancia social. “A alguna a veces se le olvida la mascarilla, incluso a mí misma, pero ahí estamos el resto para recordárnoslo. Esto ha sido un mazado muy duro. Hay muchas que todavía no han asumido por lo que hemos pasado, el miedo persiste y la posibilidad de que se repita sigue ahí. Pero no hay que caer en la desesperanza. Esto nos cambió la vida, pero nunca nos han fallado las fuerzas”, dice Novoa.

El 3 de julio, las hermanas supervivientes hicieron en la capilla una misa en homenaje a las fallecidas. “Fue muy emotivo”, relatan. Y, ahora, con lo que sueñan es con poder retomar, poco a poco, su obra social y sus talleres de formas sagradas. Y es que las Madres Adoratrices hacen una labor fundamental en la lucha contra la trata de mujeres. Este es su objetivo: seguir con su lucha, ayudando a los más desfavorecidos y sacando una lección de la tragedia que les ha tocado vivir.