Ciencia

Tres formas científicas de exterminar a los mosquitos y dos buenos motivos para hacerlo

Necesitamos una manera de controlar al animal responsable unas 725.000 muertes al año y la ciencia podría tener la respuesta.

Mosquito bebiendo sangre de una víctima.
Mosquito bebiendo sangre de una víctima.SkeezeCreative Commons

El ecosistema es delicado. Cada ser vivo cumple una función porque, básicamente, ha tenido que encontrar un hueco en el que sobrevivir y los demás se han adaptado a él, condicionándose unos a otros. Podríamos compararlos como una de estas estructuras donde cada pieza está sosteniendo al resto y, si quitáramos una de ellas, toda la construcción se vendría abajo. Sin embargo, con los mosquitos parece que podemos hacer una excepción ¿no?

Puede parecer absolutamente contradictorio, pero tiene su sentido. Para alegría de muchos, varios equipos científicos están estudiando cómo exterminar a determinadas especies de mosquitos. El motivo de esta excepción ecológica es múltiple: por un lado, hemos contribuido a su superpoblación, la civilización los ha transformado en algo distinto y finalmente son el animal que más muertes causa al año con una enorme diferencia.

El animal que más muertes causa

Contra todo pronóstico, el mosquito es el animal que más muertes causa al año. Puede que te parezca anticlimático que el párrafo empiece revelando una información tan llamativa en lugar de dejar que el lector adivine si los mosquitos matan a más gente que los tiburones, los lobos o las serpientes, pero tenemos otros ases bajo la manga. Por ejemplo, si los mosquitos matan anualmente a, aproximadamente, 725.000 personas ¿cuántas muertes causan los tiburones? ¿Te haces una idea? La respuesta es 10. Tan solo 10 muertes al año. Los elefantes matan diez veces más y si realmente queremos competir con los mosquitos, lo más cerca que podemos llegar es apostando por los perros o las serpientes, que matan a 25.000 y 50.000 personas respectivamente cada año. Entre 30 y 15 veces menos que los mosquitos.

Es que ni siquiera introduciendo al ser humano en el ranking podemos acercarnos a los campeones de este cruel ranking. Nos quedamos en un vergonzoso segundo puesto siendo el segundo animal que más vidas humanas quita al año con tan solo 475.000 muertes. Muchísimas, sin duda, pero 250.000 menos de las que los mosquitos se llevan.

El motivo de esta carnicería no es que los mosquitos drenen la sangre de sus víctimas hasta que fallecen, sino que actúan como vector, transmitiendo por su picadura todo tipo de microorganismos. Podríamos compararle a una jeringuilla de uso compartido, que entra en contacto con la sangre de muchas personas, arrastrando las infecciones de una al resto. Malaria, dengue, Chikunguña, fiebre del Nilo Occidental, encefalitis de San Luis, filariasis, etc. Porque claro, si en lugar de muertes hablamos de infecciones, la cifra de afectados asciende hasta los 100 millones.

Hay donde elegir, la verdad. Y, por si fuera poco, la amplia mayoría de los casos de enfermedades transmitidas por los mosquitos se concentran en países tropicales. Hasta cierto punto ya hemos erradicado a otros seres (vivos o no) por los mismos motivos, como el poliovirus y el virus de la viruela. Sin embargo, es normal tener más reparos en este caso, porque el impacto ecológico de un mosquito es mayor que el de esos dos virus. Pero ¿es eso necesariamente bueno?

Riesgo de contraer malaria por P. Falciparum durante una estancia de menos de un mes. (Datos de 2006)
Riesgo de contraer malaria por P. Falciparum durante una estancia de menos de un mes. (Datos de 2006) FOTO: Percherie Creative Commons

Mascotas indeseadas

A veces nos olvidamos de cómo hemos cambiado las reglas del juego para tantísimos seres vivos. Hace ya miles de años que vivimos en grandes comunidades. Agrupaciones de miles de personas para las que antes no había comparación alguna. Antes de esto era mucho más difícil encontrar seres humanos, e incluso si un mosquito daba con ellos, estos serían posiblemente nómadas difíciles de seguir.

Los verdaderos mosquitos, pertenecientes a la familia Culicidae, necesitan poner los huevos en agua, ya sea depositándolos en grandes balsas flotantes o hundidos justo bajo la superficie. Tras eclosionar, las larvas se quedan en el medio acuático, sacando al exterior tan solo un pequeño sifón con el que respiran. Su cuerpo alargado puede quedar colgado boca abajo o paralelo al agua según la especie, pero, en cualquier caso, una serie de largas vellosidades les ayudan a remar convulsivamente y a acercar partículas de alimento hacia su boca. En resumen, necesitaban agua, un lugar estable donde vivir durante algunas generaciones, ya que el adulto disfruta de apenas un mes en los que tampoco puede volar demasiado lejos.

Es más, si una hembra de mosquito no consigue encontrar a una víctima de cuya sangre alimentarse, su fecundidad se verá fuertemente afectada. De hecho, los machos se alimentan tan solo de néctar y sabia de algunas plantas y su boca no está adaptada para chupar sangre. Volviendo a las hembras, en algunas especies estas dependen totalmente de esta primera bebida de sangre para volverse fértiles. Precisamente por eso, de los miles de especies de mosquitos que existen, buena parte de ellas son poco caprichosas en cuanto a sus víctimas. Algunas se alimentan de aves, otras de reptiles, y otras de cualquier mamífero que se les presente. Sin embargo, nuestras principales atacantes no son tan flexibles, parecen mostrar una clara predilección por nuestra sangre, y esto no parece deberse tanto a un criterio nutricional, como a que nuestra abundancia les ha hecho tomarnos por un plato habitual.

Según parece, a medida que fuimos dejando la vida nómada y volviéndonos sedentarios, a medida que crecieron nuestras comunidades y las nucleamos en torno a ríos, lagos, pozos, abrevaderos y demás masas de agua, los mosquitos descubrieron que la vida civilizada era mucho más sencilla. Tanto alimento como pudieran necesitar y siempre alguna que otra guardería a mano. Así es como, aparentemente, fuimos seleccionando sin darnos cuenta a mosquitos más preparados para aprovechar nuestros puntos débiles, construyendo a nuestros propios asesinos generación tras generación. Así que, si quisiéramos acabar de un plumazo con esas especies antropófagas a las que hemos dado forma sin darnos cuenta ¿qué podríamos hacer?

No hay vergüenza en reconocer que la ciencia está haciendo lo posible para desarrollar métodos para erradicar a las especies más peligrosas, como los anofelinos, del género anófeles, que son precisamente los culpables de transmitir la malaria. Es más, a falta de una estrategia para exterminarlos hay tantas como grupos de investigación se han embarcado en esta oscura empresa. En este caso, no obstante, nos hemos quedado solo con tres opciones especialmente llamativas que han demostrado una eficacia real en el laboratorio y que tienen bastantes papeletas de poder implementarse en un futuro no tan lejano.

Convertirnos en un caballo de Troya

Una forma clásica de acabar con una plaga de hormigas es envenenar un montón de azúcar, lo mismo se puede hacer con los ratones, poniendo matarratas en comida y lo mismo podríamos hacer con los mosquitos. Si consiguiéramos envenenar su alimento sería cuestión de tiempo que acabaran desapareciendo las especies dañinas, o al menos, que disminuyeran notablemente su número. El problema es que nosotros somos su alimento. La solución podría estar en un fármaco cuyo uso ya está aprobado para tratar algunas infecciones por parásitos y mientras se de en dosis controladas es seguro para el ser humano. No obstante, los estudios de laboratorio apuntan a que los mosquitos son mucho menos tolerantes a su toxicidad y, al picarnos y beber nuestra sangre cargada de ivermectina, estos pueden llegar a morir envenenados.

Si se consigue encontrar un buen equilibrio entre una dosis segura para nosotros a largo plazo y suficientemente alta para eliminar a los mosquitos, podría ser usada como método para controlar la expansión de la malaria. La clave estaría en administrar ivermectina a las personas en zonas de riesgo donde la malaria es endémica y, de ese modo, que los brotes se atajen desde el primer picotazo. Así que esta sería una posibilidad, convertirnos en un caballo de Troya farmacológico. Pero como hemos dicho, no es ni la única opción ni la más llamativa.

Dejarles ciegos e inválidos

Investigadores de la Universidad de Riverside, en California, se han sumado a otra corriente bien distinta de control de plagas: la edición genética. En este caso la idea no es matarlos directamente, sino complicarles tanto la vida que la reproducción sea una verdadera odisea. Lo que estos científicos han hecho ha sido aprovechar las partes de la secuencia genética del mosquito Aedes aegypti que mejor conocemos y bloquear su función, por así decirlo. El Aedes aegypti es el vector del dengue, el chikungunya, el zika y la fiebre amarilla y, poéticamente, una de las cosas que hicieron fue volverle amarillo.

El color es, en realidad, un efecto secundario de un problema en la composición de su cutícula que los recubre y protege. Pero la edición no se queda así, los mosquitos afectados tenían tres ojos compuestos en lugar de dos, presuntamente complicando su visión, pero lo que es más importante: nacían sin alas. El no poder volar complicaba tanto su alimentación, como su reproducción y, por supuesto, ponía trabas directas a su capacidad para infectarnos con algún parásito. En resumen, la idea sería introducir mosquitos amarillos, sin alas y con tres ojos que vayan convirtiendo a las poblaciones naturales en verdaderos inútiles.

Sin sexo y sin comer

Estas dos opciones son realmente originales, pero hay una tercera que ha llegado más de una vez hasta la prensa. Puede que por la elegancia de su planteamiento y lo retorcida que parece. La meta está en impedir que los mosquitos se reproduzcan utilizando edición genética, pero el primer objetivo no son los ovarios, sino su boca.

La boca de los mosquitos hembra es una verdadera navaja suiza llena de aparatos. Piezas que se abren camino hasta el vaso sanguíneo, un fino tubo que permite sorber de los capilares, otro que inyecta un anticoagulante que permite mantener el flujo de sangre bien líquido. Tienen incluso una suerte de funda para guardar sus herramientas todas juntas. Sin duda alguna, es una verdadera maravilla y sería una pena que alguien la deformara hasta dejarla inservible. Con la tecnología CRISPR-Cas se puede alterar la estructura de estas piezas bucales hasta hacerlas incapaces de atravesar la piel, impidiendo que las hembras se alimenten de sangre y, por lo tanto, reduciendo muchísimo su fertilidad a la vez que se reduce el número de contactos entre mosquitos y humanos.

Aspecto de los Anopheles gambiae modificados indicando XY a los machos, XX a las hembras, y mostrándose una ampliación de sus genitales en B.
Aspecto de los Anopheles gambiae modificados indicando XY a los machos, XX a las hembras, y mostrándose una ampliación de sus genitales en B. FOTO: Andrea Cristanti Creative Commons

Puede que te estés preguntando cómo es posible que esta mutación genética pase de un mosquito a otro, si quienes la tienen no son fértiles, pero hay una respuesta. Los mosquitos, al igual que nosotros, tiene dos pares de la mayoría de los genes. Uno lo hereda de la madre y el otro del padre. Cuando solo uno esta mutado como en el estudio no ocurre nada. Para que su probóscide se altere, que así se llama el aparato chupador de los mosquitos, hace falta que los dos estén mutados. Esto se conoce como herencia recesiva y funciona igual que con los ojos azules. Precisamente por eso, un mosquito puede transmitir la mutación sin mostrarla, porque solo uno de sus dos genes está alterado.

En las pruebas de laboratorio, los científicos criaron una gran comunidad de mosquitos Anopheles gambiae alimentando a las larvas con comida de gato. En la población inicial, un 12,5% de los mosquitos tenía la mutación y en tan solo 7 u 11 generaciones el 100% de los mosquitos presentaban la mutación, lo cual redujo su fertilidad hasta el punto de acabar con el enjambre.

Por supuesto, todas estas soluciones han sido ensayadas en el laboratorio y la realidad puede ser muy distinta, pero prometen. En cualquier caso, hablamos de algo serio que, por mucho que sea la mejor solución, sigue siendo mala. El exterminio de una especie nunca sale gratis y de hacerse, tendrá que realizarse con extremo cuidado y buscando que existan formas de revertirlo ante cualquier imponderable. Teniendo esto en mente y con la ciencia de nuestro lado, es posible que pongamos fin por una vez a una pesadilla que hemos creado sin darnos cuenta. Puede que así convirtamos el mosquito en leyenda y las 725.000 muertes anuales queden olvidadas en el pasado, como si fueran un mito más de dragones o hidras.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Los mosquitos no son exclusivos de climas cálidos. De hecho, se han encontrado mosquitos en todas las latitudes a excepción de la Antártida. En Finlandia, por ejemplo, cuando llega la primavera y el deshielo deja charcos donde criar larvas, los enjambres se vuelven tan monstruosos que expulsan a los renos de los bosques. Cuentan que los pastores se alegran de los veranos especialmente llenos de mosquitos, porque les ayudan a reunir a los rebaños sin que ellos tengan que intervenir apenas.
  • El cambio climático es una realidad, y algunas enfermedades tropicales parecen estar extendiéndose a zonas templadas. El motivo es, en parte, que los huevos de determinados insectos vectores de enfermedades sobreviven mejor a los inviernos por ser estos menos fríos.

REFERENCIAS (MLA):