Las aulas no eran el problema

Semanas después de reiniciarse el curso escolar la ciencia muestra que los colegios no suponen un riesgo de transmisión de la Covid. El Ministerio de Sanidad certifica que el porcentaje de casos es menor que en otros ámbitos sociales

En plena segunda ola de pandemia, mientras las cifras de contagiados no dejan de asombrarnos en Europa y la sombra de los confinamientos (selectivos o globales) planea sobre cada vez más países, existe un mundo diminuto donde las cosas siguen su camino más o menos imperturbable. Con mascarillas y gel hidroalcohólico, con distancia social y algún que otro contratiempo, los niños siguen yendo al colegio. Hace unos meses, cuando se propuso el regreso a las aulas no pocos expertos consideraron que la medida era un error. Los niños parecían poco menos que bombas víricas andantes y juntarlos a todos en espacios reducidos, frente a maestros y maestras de todo tipo, edad y riesgo, era poco recomendable.

Después de trascurridas las primeras semanas de curso escolar, las cosas parecen bien distintas. El 24 de septiembre, el Ministerio de Sanidad reconoció que el porcentaje de casos de Covid-19 en los colegios es «mucho menor que en otros ámbitos sociales». La secretaria de Estado de Sanidad, Silvia Calzón, confirmó que, por ejemplo en Madrid, solo un centro educativo había tenido que cerrar por completo.

Pocos días antes, la ministra de Educación, Isabel Celaá, ofrecía datos significativos. En la actualidad sólo han sido cerradas el 1,3 por 100 de las aulas o grupos de alumnos por la detección de algún caso de Covid. Entre todos los datos acumulados desde el inicio de la pandemia, los centros educativos solo suponen el 4,6 por 100 de los casos de contagio.

En las dos últimas semanas se ha registrado un ligero aumento de los casos detectados en colegios e institutos. Son 27 aulas cerradas en Murcia, 9 nuevos aislamientos en Albacete, 2.000 grupos estables aislados en Cataluña, 1.740 en Madrid… Pero según datos del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias, las instituciones educativas siguen estando muy lejos de ser uno de los focos principales de diseminación de la enfermedad (muy por debajo de las reuniones sociales y familiares).

En el resto del mundo, las cosas no parecen muy diferentes. En Australia, donde el curso comenzó en julio, se produjeron 1.500 brotes asociados a centros escolares (menos del 1 por 100 del total). En Italia los contagios en colegios han sido irrelevantes y en el 93 por 100 de los casos solo afectaron a un alumno (lo que no recibe si quiera la categoría de «brote»). En el Reino Unido la mayoría de los brotes en aulas se produjeron por el contagio entre adultos (profesorado y personal del centro) y no entre alumnos.

Todo hace pensar que, definitivamente, los colegios y universidades no son un foco preocupante de transmisión de la pandemia. Eso no significa que los niños y jóvenes no se contagien. La semana pasada, un portavoz de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), Michael Beach, reconoció que las guías para la reapertura de los colegios en buena parte del mundo se elaboraron sin recoger las últimas evidencias científicas sobre la capacidad de transmisión del coronavirus en niños. En otras palabras, nos lanzamos a ciegas a la piscina de la vuelta al cole. Afortunadamente, parece que en la piscina había agua suficiente.

Los niños, es obvio, adquieren y transmiten la enfermedad. Pero la pregunta más acuciante para los científicos y los gestores de la educación es «cuánto».

En el entorno familiar y social se sabe que la capacidad de contagio de los menores es muy limitada. Pero en el ambiente cerrado y prolongado de un aula, los datos científicos no son tan concluyentes. La revista «Pediatrics» ha publicado un estudio estadístico sobre 57.000 empleados en el cuidado de niños en Estados Unidos (profesores, cuidadores, etc…). El resultado es que este personal no tiene unas tasas de contagio mayores que otros grupos de adultos que se dedican a otras profesiones. «Hasta donde los datos permiten asegurar no existe ninguna relación entre el contacto con grupos de niños y un aumento en el riesgo de padecer Covid-19», concluye el informe.

En Holanda, donde las clases se han mantenido abiertas con algunas pequeñas restricciones, el Ministerio de Sanidad acaba de publicar los resultados de un estudio sobre transmisión de la enfermedad en familias. «Aunque el trabajo sigue en curso, los resultados confirman la impresión de que los niños no juegan un papel relevante en la transmisión del virus», se afirma.

Algunos casos significativos han tenido lugar en Israel y en el estado norteamericano de Georgia. En el primer caso, el Ministro de Sanidad ha tenido que replantearse la política de apertura de aulas por miedo a que los niños pudieran ser, en sus palabras, «supercontagiadores». Un informe del ministerio llega a afirmar que lo menores asintomáticos son más trasmisores que los adultos. En Georgia se detectaron 90 casos en escuelas en solo dos semanas. Pero algunos expertos han destacado que en la mayoría de las ocasiones los contagios tuvieron lugar en actividades aledañas al colegio (actividades extraescolares o el trasporte hasta las aulas).

El último trabajo realizado con datos de 12 millones de adultos en Reino Unido ha dado lugar a una prepublicación que aún está en revisión pero parece significativa. Vivir con niños de entre 0 y 11 años no está asociado a ningún aumento en el riesgo de padecer Covid-19, ni en las hospitalizaciones ni en la mortalidad por la enfermedad. Entre los 12 y los 18 se aprecia un ligero aumento en la incidencia de contagio a adultos. Esto datos se mantienen incluso después de decretarse el cierre de aulas en el Reino Unido, lo que parece indicar que el papel de lo colegios en la transmisión de la pandemia es realmente irrelevante.

Los niños pobres enferman más

Los niños de familias con un nivel socioeconómico más bajo sufren mayor riesgo de enfermar que los de hogares con rentas mayores, lo que comporta una desigualdad que determinará su futuro por lo que las políticas estructurales centradas en su entorno son clave para reducir esta circunstancia adversa. Así se desprende del informe «Desigualdades socioeconómicas en la salud de la infancia: enfermedades relevantes y su distribución en Cataluña» que ha elaborado el Observatorio de Desigualdades en Salud, dependiente de la consellería de Salud de la Generalitat, analizando a la población infantil menor de 15 años entre los años 2014 y 2017, y que recoge Efe. Las conclusiones, que se han obtenido tras estudiar datos anónimos de casi 1,5 millones de niños y niñas catalanes, corroboran la hipótesis de que el nivel socioeconómico de los menores determina sus posibilidades de sufrir una enfermedad y pone énfasis en la necesidad de políticas de apoyo a su entorno más próximo. De hecho, hasta 25 de las 29 patologías estudiadas presentan un factor socioeconómico con una asociación negativa, es decir, afectan más a los niños de clases bajas, sobre todo la tuberculosis, la obesidad, la hipertensión esencial e hipoxia intrauterina, los traumatismos y la asfixia al nacer, así como el envenenamiento, los transtornos de adaptación y ansiedad y los de los estados de ánimo. Las únicas patologías que tienen más prevalencia entre los menores de clases más altas son las relativas a las alergias alimentarias.