Condenados a vivir con el virus para siempre

Mientras los gobiernos empiezan a relajar las medidas, algunos expertos alertan de que las cicatrices visibles e invisibles de la pandemia tardarán en cerrarse

Llevar mascarilla en la calle ha pasado de ser una medida obligatoria a ser algo opcional, y recomendado unicamente en caso de aglomeraciones
Llevar mascarilla en la calle ha pasado de ser una medida obligatoria a ser algo opcional, y recomendado unicamente en caso de aglomeraciones FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Nos queda mucha covid por delante. Mucho tiempo de convivencia con el virus o con sus secuelas o con el impacto socioeconómico de la pandemia. Es lo que la mayoría de los expertos empiezan a advertir. Puede que el virus comience a desvanecerse, que las restricciones contra su contagio se relajen o se terminen eliminando o que la inmunidad de grupo permita que nuestras vidas se parezcan bastante a la normalidad. Pero la convivencia con las consecuencias directas o indirectas de la crisis SARS CoV-2 van para largo.

La última voz de alarma la ha dado esta misma semana un estudio científico publicado en PLOS Global Public Health. El texto introductorio de la investigación es demoledor. “La covid-19 ha tenido un impacto devastador en la salud mental y física del planeta y ha causado una quiebra económica sin precedentes. El azote se ha dejado notar especialmente en ciertos grupos de población, mujeres y trabajadores esenciales a la cabeza. Pero el daño es generalizado”.

Aunque la pandemia se declare finiquitada en los próximos meses, los rescoldos de este daño tardarán en apagarse. Estamos condenados a vivir con el virus o su recuerdo durante mucho tiempo.

El estudio llega en el peor momento. O quizás en el mejor. Justo cuando la mayoría de los países occidentales empiezan a relajar sus medidas de protección. Es decir, que nos recuerda que, aunque epidemiológicamente las cosas parecen empezar a tocar a su fin, socialmente la cicatriz aún está lejos de sanar. Reino Unido, Dinamarca, Países Bajos, Estados Unidos, Francia, Italia, España…empiezan a abordar una nueva estrategia de combate. A medio camino entre la esperanza y la resignación, estos países inauguran normas de relajación del uso de la mascarilla, de recuperación de actividades y de reestructuración de los recursos sanitarios sin saberse aún muy bien por qué lo hacen: ¿Están convencidos de que la crisis da signos de agotarse o han terminado por hacerse a la idea de que lo mejor es convivir con ella para siempre?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha declarado sin ambages que “debemos aprender a vivir con el virus tal y como hacemos con otras muchas enfermedades”. El cambio radical de discurso desde el “hemos vencido al virus” de antes del verano de 2021 a este “vamos a llevarnos bien con él” no ha pasado inadvertido en la prensa internacional. El New York Times recogía esta semana las declaraciones de Sánchez como un ejemplo de la nueva política de asunción de la realidad europea.

Al tiempo que Sánchez hacía gala de su apuesta por la “normalización” de la relación con el SARS-CoV-2 (lo que algunos han llamado la “gripalización”) la OMS advertía: “No nos equivoquemos, tratar a este virus como una gripe aún es imprudente”. Pero lo cierto es que cada nación del mundo desarrollado parece haberse convencido de que hay que hacer caso omiso a la alerta de la OMS… ahora.

En Diciembre, las autoridades sanitarias del Reino Unido declararon estar “en pie de guerra” contra el avance de Ómicron. Hoy anuncian relajación de medidas, exenciones de PCR para viajar, liberación del uso de mascarillas. “No podemos estar en estado de alerta para siempre”, declaró el experto en medicina del London School of Hygiene y asesor del Gobierno Graham Medley.

En Francia, uno de los países donde más tarde se ha llegado al pico de la última ola con cerca de 300.000 casos diarios en las peores semanas, Macron ha decidido empezar a dar señales de relajación. Quizás acuciado por la proximidad de las próximas elecciones en abril, el gobierno francés ha mirado a Londres con ojos golositos. Olivier Véran (ministro de Sanidad) ha decidido que la evolución a la baja de los casos en el Reino Unido es una muestra de lo que pasará en Francia y se ha arrojado a los brazos de la tranquilidad: se puede convivir con el virus.

Otro tanto ocurrió en Alemania. A pesar de que los contagios no parecen desplomarse, el mayor experto consejero del país, el virólogo Christian Drosten ha solicitado al gobierno que empiece a tratar la Covid-19 como una enfermedad endémica, no como una pandemia. El problema es que existe cierto consenso en advertir que “endémico” no quiere decir “leve”. Muchas enfermedades en fase de epidemia o endemia causan terribles estragos para la población.

Mascarillas fuera

Mientras las bases teóricas de la decisión se van asentando, en la práctica las medidas tienen que empezar a adoptarse. La retirada de las mascarillas es un claro ejemplo. Los expertos consideran que la práctica de taparse la cara no puede durar para siempre, pero no se atreven a consensuar una fecha para tirar estos complementos protectores a la basura.

En el caso de los colegios, la polémica es más agria. Las diferencias entre lo que la evidencia científica dicta (con la certeza de que los niños se contagian poco, enferman menos y casi nunca caen gravemente) y lo que la sociedad asustada está dispuesta a aceptar son enormes. En el bando de los críticos, algunos expertos en salud pública se han quejado de la falta de ensayos clínicos suficientes que puedan avalar la continuidad de uso de mascarillas en las aulas. Entre otras razones, porque la estadística demuestra que ese espacio se ha revelado como uno de los que menos transmisión experimenta en la mayoría de los países. Pero incluso los más escépticos creen que, en lo peores momentos de la pandemia, la idea de obligar a los pequeños a dar clase tapados no fue del todo mala. La diferencia reside en que ya no estamos en el peor momento de la pandemia. De manera que es hora de empezar a actuar en direcciones alternativas. El epidemiólogo de la Universidad de Emory Carlos del Río defiende que “con la mayoría de la población vacunada o inmunizada por el contagio es necesario pasar de las medidas obligatorias a las medidas opcionales”.

La herida social

En el futuro de “convivencia” con el virus parece que no hay demasiadas reglas fijas y sí muchas incertidumbres. Desde el punto de vista epidemiológico la covid va camino de convertirse en la nueva gripe. Pero desde el punto de vista social la herida es demasiado grande como para darnos de alta.

Algunos expertos consideran que pasaremos algunos años manteniendo de manera espontánea algunas actitudes de protección. Aunque las leyes no lo impongan, la mascarilla seguirá llevándose en el bolsillo, mantendremos ciertas distancias y seguiremos temerosos. ¿Cuánto vamos a tardar en volver a besar a un extraño que acaban de presentarnos?

Para recordarnos lo sufrido, quedarán las secuelas sociales que siempre son las últimas en curarse. Es aquí donde entra la herida laboral del estudio con el que abríamos este artículo. El 90% de los trabajadores europeos ha notado de pleno las consecuencias del desastre en alguno de estos factores: pérdida de ingresos anuales, depresión, ansiedad, estrés o pérdida de recursos de protección sanitaria (por ejemplo, coberturas de seguro sanitario menores) Entre los afectados, los que han reportado mayores pérdidas han sido los trabajadores esenciales y las mujeres.

El trabajo, liderado por la Universidad de Nueva York (Facultad de Salud Pública) determina que han de pasar varios años para que estos efectos sociales de la crisis empiecen a desvanecerse.

Convivir con el virus puede que sea más fácil que rehacer la vida después de la peor pandemia de la historia reciente.