Muere Santiago Grisolía, el científico ejemplar

Discípulo de Severo Ochoa, impulsó los prestigiosos Premios Rei Jaume I, que reúnen en sus jurados hasta una veintena de Nobel

El próximo mes de enero iba a cumplir los 100 años de edad, pero Santiago Grisolía, médico y bioquímico, uno de los científicos más eminentes del siglo XX en España, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1990, no pudo superar las complicaciones en su estado de salud tras contraer la covid y falleció este jueves en el Hospital Clínico de Valencia.

Discípulo de Severo Ochoa, con quien trabajó en Estados Unidos, fue a su vez maestro de varias generaciones de investigadores y un gran divulgador. Entre sus investigaciones más destacadas figuran las bases moleculares del envejecimiento, los efectos del alcohol en el ser humano o los mecanismos de recambio y transporte de las proteínas. No obstante, una de sus mayores contribuciones al mundo de la ciencia, y por la que estuvo nominado al Premio Nobel en varias ocasiones aunque finalmente no cayó en sus manos, fue completar el ciclo de la urea (el proceso por el cual los desechos líquidos -amoníaco- se eliminan del cuerpo).

Nacido en Valencia el 6 de enero de 1923, se licenció en Medicina con matrícula de honor por la Universidad de Valencia en 1944 y sacó por oposición la plaza de interno en Bioquímica. Después de obtener su doctorado en Madrid en 1949, amplió sus estudios en Estados Unidos en la Universidad de Nueva York, bajo la supervisión de Severo Ochoa, a quien le unió una fuerte amistad. Fue el primer alumno graduado del profesor Ochoa en el Departamento de Química de dicho centro, donde trabajó en la fijación del anhídrido carbónico, materia que ya no abandonaría nunca.

Durante muchos años fue profesor de Bioquímica y Biología molecular en la Universidad de Kansas, así como en las de Chicago y Wisconsin, realizando, en esta última, descubrimientos clásicos en el ciclo de la urea, que tuvo importancia tanto básica como práctica.

En EE UU conoció a la que fue su esposa, la investigadora Frances Thompson, con la que tuvo dos hijos y a quien conoció en el laboratorio de Kansas City en el que ambos investigaban, y que falleció hace cinco años, en 2017. Según quienes le conocían su pérdida le afectó profundamente.

Establecido en Valencia desde el año 1976, aquí dirigió el Instituto Valenciano de Investigaciones Citológicas y creó, junto a un numeroso grupo de empresarios valencianos, la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados, que daría más tarde pie a la creación de los Premios Rei Jaume I, que reúnen en sus jurados hasta una veintena de premios Nobel y son los de mayor dotación económica de España, con 100.000 euros para cada una de sus categorías. Los premiados adquieren el compromiso de reinvertir parte del importe en investigación y emprendimiento en España.

Un ejemplo del carácter integrador de la figura de Santiago Grisolía y de su reconocimiento generalizado en nuestro país fue su presencia al frente del Consejo Valenciano de Cultura (CVC) durante 26 años, cargo en el que se mantuvo independientemente del partido que estuviera en ese momento al frente de la Generalitat Valenciana. Desde este organismo apoyó la declaración de la fiesta de los toros como Bien de Interés Cultural (BIC) o pidió que los incendios forestales fueran considerados como crímenes contra la Humanidad.

Su amor por la Ciencia le llevó a recibir en el año 2014 el título de Marqués de Grisolía «por su prolongada y encomiable labor investigadora y docente y su contribución al conocimiento científico».

A lo largo de su trayectoria publicó más de cuatrocientos trabajos científicos, y alrededor de treinta artículos divulgativos, desarrollando, asimismo, una ingente labor docente investigadora en diversos países europeos y americanos. También se atrevió con la novela, y fue autor de «El enigma de los grecos», en la que abordaba la figura de los templarios, así como de «Dalí y la ciencia».

Las amistades de Grisolía iban más allá del círculo científico. Conoció al torero Manolete en el barco de ida a América en 1945 gracias a una beca, y ya en Nueva York se codeó con Dalí y el propio presidente americano Harry Truman le felicitó por la puesta en marcha del nuevo centro de investigación médica que iba a dirigir.

A su regreso a España en 1976 con la Transición coincidió en el CVC con Juan Gil-Albert, Enrique García Asensio, Luis García Berlanga, Enrique García Asensio, Andreu Alfaro, Manolo Valdés, José M. López Piñero, Vicente Aguilera Cerni o Xavier Casp. Asimismo, destacó que tenía «la fortuna» de conocer al arquitecto valenciano Santiago Calatrava, a quien definió como «un genio, pero un genio que nos ha costado mucho dinero».

Fiel a la máxima «si no pedaleas, te caes», Santiago Grisolía seguía manteniendo hasta hace pocos días una vida activa con una agenda imparable. Así, hace apenas una semana clausuró de forma telemática una jornada sobre Bioeconomía Forestal, organizada por la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados, y en junio presidió el pleno del CVC. Tampoco quiso perderse la entrega de los premios del concurso escolar que organiza esa institución, el pasado día 16. Al ser preguntado por el secreto para envejecer de forma tan activa, el profesor lo resumió con dos premisas: «Optima alimentación y mantener la ilusión y el optimismo». «En mi generación nos hemos negado a que la vejez sea el final de las cosas buenas de la vida», aseveró.

El Gobierno valenciano ha declarado tres días de luto oficial por el fallecimiento de Santiago Grisolía, cuya capilla ardiente estará instalada este viernes en el Salón Dorado del Palau de la Generalitat, de 10:30 a 11: 30. El funeral se celebrará en el tanatorio de Valencia, según indicaron fuentes de la Generalitat.