Demostrado: La victoria sabe dulce...y la derrota amarga

Pau Gasol ha saboreado en multitud de ocasiones la dulce victoria
Pau Gasol ha saboreado en multitud de ocasiones la dulce victoria

Un experimento con seguidores de un equipo de hockey revela que las emociones positivas aumentan la capacidad para detectar el dulce

La victoria es dulce; la derrota, amarga. Aunque algunos acontecimientos recientes de la política patria pusieron de moda la paradójica expresión de «amarga victoria». ¿Pero qué fundamento tiene realmente esta creencia? ¿Por qué se adjudican estos sabores a las emociones del triunfo y el fracaso? ¿Es que realmente estas sensaciones nos producen un sabor en la boca?

Una curiosa investigación ha querido responder a estas preguntas. Y el resultado no sólo es sorprendente, porque confirma científicamente lo que la sabiduría popular intuía, sino porque puede tener importantes aplicaciones médicas.

El autor de esta investigación es Robin Dando, jefe del departamento de psicología del gusto en la Universidad de Cornell, que ha reunido a un buen número de seguidores de un equipo de hockey para analizar cómo les afecta al paladar el desempeño del club de sus amores en la cancha.

Hasta hoy, muchos estudios han demostrado que nuestro sentido del gusto no está solamente marcado por los genes o por la capacidad fisiológica de nuestro paladar. Muchos factores biológicos, ambientales y emocionales modifican a diario el modo en el que percibimos los sabores, desde un resfriado a un olor potente en la sala hasta un momento de depresión. Sabemos mucho sobre los factores físicos que influyen en la sensación pero no tanto sobre los emocionales.

Como es difícil reproducir emociones en un laboratorio, Dando utilizó de conejillos de indias a los seguidores del equipo Big Red de hockey de la universidad. Durante la temporada 2013-2014 reclutó a varios fans cada vez que terminaba un partido. En todas las ocasiones, les hacía un test para conocer el grado de satisfacción con el resultado del encuentro. Acto seguido, el investigador ofrecía dos tipos de helado para que cada participante definiera su sabor. En concreto se traba de una bola uno de caramelo y pretzel y otro de limón. Los voluntarios tenían que describir la intensidad con la que sentían los diferentes componentes del sabor de estos postres: dulce, salado, amargo, ácido y cremoso (una variable que tiene que ver con la textura grasa). Por último tenían que puntuar en una escala del 0 al 10 cuánto habían disfrutado del sabor.

Después de hacer la prueba a 550 seguidores, Dando ha descubierto que las emociones positivas aumentan nuestra capacidad para detectar el dulce en los alimentos y reduce la sensación de amargor. Las emociones negativas, al contrario, bloquean la percepción del dulce y aumentan la sensibilidad hacia lo amargo. Cuando el equipo de hockey empataba, curiosamente, ninguno de estos dos fenómenos se hacía tan evidente.

El resultado más espectacular tenía que ver con el helado de limón. Tras una victoria, los voluntarios lo consideraban mucho más agradable que tras una derrota. Según Dando, es probable que cuando nuestras emociones son negativas, el cerebro opte por buscar experiencias gustativas más agradables que la media, para compensar el malestar. O quizás que se potencie la necesidad de incluir un aporte extra de glucosa para levantar el ánimo.

Este tipo de investigaciones puede tener su aplicación en la práctica médica. Muchas personas con problemas de sobrepeso, diabetes o trastornos de la alimentación experimentan peores resultados en sus terapias cuando se sienten anímicamente decaídas. Además, es sabido que algunos trastornos psicológicos tienen como efecto secundario la necesidad compulsiva de comer.

Quizás si conocemos mejor el nexo entre la psique y el gusto podrá mejorar la atención de estas patologías.

O quizás aprendamos algo más del sentido del gusto... uno de los más difíciles de entender aún. Porque el mundo de las papilas es más complicado de lo que puede parecer. Cada una de ellas envía información a través de varios circuitos nerviosos. Dos son especialmente importantes: primero una rama de la cuerda del tímpano envía señales gustativas al cerebro. Segundo, el nervio trigémino capta sensaciones de dolor, temperatura y textura dentro de la boca. Es decir, cuando saboreamos un alimento, también lo estamos tocando con la lengua. El gusto y el tacto funcionan al unísono. Y esto lo saben bien los que padecen el síndrome del gusto fantasma. Estas personas padecen un daño en la cuerda del tímpano por ingestión de alguna droga, por una infección vírica o por un tumor. Pero el sentido del gusto también puede tener que ver con nuestro desarrollo personal hasta extremos antes insospechados. Así se desprende de otro bloque de estudios que se centra más en el aspecto teórico y pretende dar respuesta a una sencilla pregunta: ¿Por qué hay gente a la que le privan las coles de bruselas mientras otras personas simplemente las detestan? Parece ser que nacemos equipados con un arsenal de papilas gustativas determinado por los genes. Y que éstas están diseñadas para ejercer un trabajo específico. Se sabe que algunas sustancias dividen a la humanidad en dos clases: los que pueden saborearlas y los que no. Pero todavía no sabemos cómo afecta el estado de ánimo a esta curiosa división.