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La gota que colmó el vaso

¿En qué momento se comenzó a hablar de cambio climático o de calentamiento global? ¿Cuándo llegará el punto de no retorno? Llevamos más de un siglo viendo y registrando los efectos de la actividad humana en el clima

  • La formación de losas de hielo por el aumento de temperatura en Groenlandia es una amenaza para el nivel del mar / Ap
    La formación de losas de hielo por el aumento de temperatura en Groenlandia es una amenaza para el nivel del mar / Ap

Tiempo de lectura 8 min.

22 de septiembre de 2019. 04:51h

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Juan Scaliter 22/9/2019

Dos siglos han pasado desde el momento en el que empezamos a comprender las primeras señales de que el matrimonio entre la actividad humana y el planeta se había convertido en una relación mal avenida. Fue en la década de 1820, cuando el científico francés Joseph Fourier se dio cuenta de que la atmósfera de la Tierra retiene la radiación de calor. El hallazgo partió de una pregunta sencilla: ¿qué determina la temperatura promedio de un planeta? Cuando la luz del Sol golpea la superficie de la Tierra y la calienta, la superficie calentada emite radiación infrarroja invisible, que transporta la energía térmica al espacio, así si no tuviéramos una atmósfera, el calor no se «quedaría» en nuestro planeta y el frío haría la vida inviable. La prueba, descubierta años después, fue que una roca desnuda a la misma distancia de la del Sol, pero sin atmósfera, tendría una temperatura muy por debajo de la de congelación. Era un equilibrio perfecto: el Sol nos daba calor, pero la Tierra guardaba solo lo necesario para hacer posible la vida. El resto se iba al espacio. Entonces llegaron los gases. En 1859, John Tyndall comenzó a estudiar cómo los gases pueden bloquear la radiación de calor y afectar el clima global. Ya llevábamos cien años de Revolución Industrial y las nubes negras hablaban de un futuro sombrío. En el equilibrio antes mencionado hay que agregar un detalle: antes de que el calor se escape al espacio, hay gases en la atmósfera que pueden absorberlo y evitar su salida. La consecuencia de ello es obvia: la temperatura aumenta. Y uno de los gases que retiene el calor es el dióxido de carbono (CO2). La ecuación no es compleja: a más CO2, más calor. Y los océanos y la vida vegetal tienen un límite para absorberlo. En 1751, según datos del Global Carbon Project, las emisiones acumuladas de CO2 eran «apenas» de 17,8 millones de toneladas. Era el año de inicio de la Revolución Industrial y todas las emisiones nos llegaban desde Gran Bretaña. Medio siglo más tarde, la cifra llegaba a los 770 millones de toneladas. Y cuando se inició el siglo XX, el total acumulado era de 45.000 millones. Demasiado como para que pasara desapercibido. Uno de los primeros que se percató de ello fue el sueco Svante Arrhenius, en 1896. Arrhenius fue el primer que calculó el efecto del aumento de las concentraciones de CO2 en la atmósfera y predijo que si las emisiones se duplicaban el resultado conduciría a un incremento en las temperaturas globales de 5 a 6 °C... Una proyección que coincide con los datos actuales. Solo había un problema: para este experto eso no era necesariamente malo: «Por la influencia del creciente porcentaje de ácido carbónico en la atmósfera, podemos esperar disfrutar de épocas con climas más equitativos y mejores, especialmente en lo que respecta a las regiones más frías de la Tierra, épocas en que nuestro planeta producirá cosechas más abundantes que en la actualidad en beneficio de la rápida propagación de la humanidad». Sin embargo, y aquí erró por mucho, estimó que se necesitarían otros 3.000 años de quema de combustibles fósiles para duplicar el CO2. En las dos décadas siguientes pasamos de las de 45.000 millones de toneladas en 1900, a las 103.000 millones en 1920. El total casi se triplicó. La época que va de 1914 a 1945, años entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, no fueron muy propicios para investigar en cualquier cosa que no tuviera aplicaciones bélicas, aunque los niveles de CO2 siguieron aumentando (1930: 140.000 millones de toneladas, 1940: 180.000 millones y 1950: 231.000 millones). Hubo que esperar a 1957 para que llegara un nuevo toque de atención. Ese año, Roger Revelle y Hans Suess del Instituto Scripps de Oceanografía publicaron un estudio científico que hoy nos resultaría sorprendentemente actual. «Los seres humanos – explicaban– estamos llevando a cabo un experimento geofísico a gran escala de un tipo que no podría haber sucedido en el pasado ni podrá reproducirse en el futuro. En unos pocos siglos, devolveremos a las atmósferas y océanos, el carbono almacenado en rocas sedimentarias durante cientos de millones de años y no podemos prever las consecuencias».

Antes de llegar a la Luna

Sí, era 1957, aún no habíamos llegado a la Luna y ya estaba bastante claro el panorama. De hecho, ese mismo año, Charles Keeling (del Instituto Scripps de Oceanografía) comenzó a medir el CO2 atmosférico en el volcán Mauna Loa en Hawai. Sus conclusiones mostraron lo que más tarde sería conocida como la «Curva de Keeling» el registro del aumento de CO2 en la atmósfera entre 1958 y la actualida. Para muchos expertos, esta curva fue lo que les estrelló contra la realidad del cambio climático, ya que hasta ese momento la mayoría de los científicos creían que los océanos absorbieron todo el carbono emitido por el uso de combustibles fósiles. Los hallazgos de Keeling demostraron que el CO2 se acumulaba en la atmósfera más rápido de lo que los océanos u otros sumideros de carbono (por ejemplo, las selvas y bosques) podían absorber. Dos décadas después que Keeling comenzara sus mediciones (y 40 años atrás), la comunidad científica ya estaba en gran parte convencida de la situación y decidió trasladar sus preocupaciones a quienes toman las decisiones. En 1979 un grupo de investigadores destacados se presentó ante el Consejo de Calidad Ambiental del por entonces presidente estadounidense James Carter con la siguiente advertencia: «Estamos poniendo en marcha una serie de eventos que provocarán un calentamiento significativo del clima mundial a menos que se tomen medidas atenuantes de inmediato». Nuevamente: era 1979 y se trataba del tercer aviso de la comunidad científica. Una comunidad que estaba más unida de lo que se cree. Ese mismo año, otros científicos publicaban en «Nature» un editorial en el que señalaban que «la liberación de dióxido de carbono en la atmósfera por la quema de combustibles fósiles es, posiblemente, el problema más importante en el mundo actual». Aún así hubo que esperar otros diez años más para que comenzáramos a ser un poco más conscientes del problema. Fue en 1988 cuando se estableció el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Pero no fue por las advertencias de científicos sino por el miedo. Ese año hubo una fuerte sequía y olas de calor en EE UU y grandes incendios en la selva amazónica y en el Parque Nacional de Yellowstone. En total, dependiendo de las fuentes, las olas de calor fueron la causa de la muerte de entre 10.000 y 17.000 estadounidenses.

Protocolo de Montreal

El esbozo de una solución se había forjado solo un año antes, cuando casi todos los gobiernos del planeta acordaron el Protocolo de Montreal, que establecía los pasos para eliminar ciertos compuestos sintéticos que ponían en en peligro la capa protectora de ozono de la atmósfera. De hecho el punto de inflexión fue, una vez más, un científico, James E. Hansen, experto en climatología, que se presentó el 23 de junio de 1988 ante el Congreso de EE UU y concluyó que «el efecto invernadero se ha detectado y está cambiando nuestro clima. Ahora mismo». Aquí comenzó a ser obvio para casi todos que había un problema. Pero, ¿qué explica la falta de decisiones vinculadas al cambio climático hasta esa fecha? Se podría hablar de la falta de fondos para la investigación básica, la influencia de la industria en la política, la escasa cobertura de los medios y la siembra de dudas por parte de quienes invirtieron en combustibles fósiles o se opusieron a la intervención del gobierno. También hay que destacar que el cambio climático no es algo que se pueda «arreglar» como se hizo con la capa de ozono y la prohibición de usar ciertas sustancias. Aquí aparece una desigualdad que sitúa a una parte del planeta que puede darse el lujo de convertirse a las energías limpias y otra que está luchando por obtener los beneficios económicos básicos que hemos obtenido al quemar combustibles fósiles. El momento de no retorno para enfrentarse al cambio climático llegará en 2030. Si para entonces no tomamos las medidas necesarias, el sistema climático del planeta colapsará. ¿Cuáles son estas medidas? Las formas renovables de energía, como la eólica y la solar, deberían constituir al menos el 30% del suministro mundial de electricidad (hoy es del 17%). Las centrales eléctricas de carbón deberían cerrarse. Al menos el 15% del parque automovilístico debería ser eléctrico y las ciudades deberían duplicar el uso del transporte público. Deberíamos dejar de talar bosques y plantar árboles. Y los gobiernos, bancos y organismos internacionales como el Banco Mundial deberían movilizar al menos 1 billón de dólares al año para la acción climática. Esas son las acciones, según los expertos, que deberíamos tomar. Y solo quedan 10 años.

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