Venganza

«Dos Tumbas»: Cuando el duelo pide sangre ajena

Netflix estrena una miniserie breve, sorpresiva y cargada de tensión en la que Kiti Mánver, Álvaro Morte y Hovik Keuchkerian llevan el peso de la historia

«Dos Tumbas»: Cuando el duelo pise sangre ajena
«Dos Tumbas»: Cuando el duelo pise sangre ajenaNetflix

La advertencia viene de lejos: «Antes de empezar un viaje de venganza, cava dos tumbas». Atribuida a Confucio, la frase se convierte en brújula moral de «Dos tumbas», la miniserie española que Netflix estrena este viernes. Tres episodios, ni uno más, ni uno menos. El tiempo justo para dejar que la historia respire y que los personajes carguen con sus culpas, sus pérdidas y, sobre todo, con las decisiones que definen quiénes son cuando ya no queda otra salida.

La historia nos lleva a Frigiliana, ese pueblo blanco que suele estar en postales turísticas y que aquí se convierte en escenario de sombras y silencios. Allí desaparecen Verónica y Marta, dos amigas de 16 años, durante una noche de fiesta. La Guardia Civil investiga, busca, interroga, pero al cabo de dos años lo único que queda es un caso archivado y una herida abierta. Y en ese vacío aparece Isabel, la abuela de una de las chicas, interpretada con fiereza y ternura por Kiti Mánver, que decide que esperar ya no es una opción. Lo que empieza como la búsqueda de una respuesta se convierte en una travesía más arriesgada, la de alguien que, sin nada que perder, se atreve a mirar donde nadie quiere mirar.

El peso de la serie recae en un trío que brilla por contraste.Kiti Mánver no interpreta a la abuela entrañable del imaginario colectivo, sino a una mujer que alterna la dulzura con la contundencia, capaz de sostener una mirada que asusta y al minuto siguiente abrazar como si nada. Álvaro Morte, alejado del traje impecable del Profesor, se pone aquí en la piel de Rafael, un traficante andaluz que arrastra tanto peligro como magnetismo, con un acento trabajado que suena a realmente nació en Fuengirola. Y Hovik Keuchkerian, Antonio en esta historia, aporta calma y desgarro a partes iguales: un padre que, desde su aparente normalidad, carga con un peso tan hondo que cualquier gesto se vuelve significativo. Los tres conviven en un tablero que no les da respiro, donde cada secreto funciona como moneda de cambio.

El guion, escrito por Agustín Martínez junto a Jorge Díaz y Antonio Mercero, el trío que forma Carmen Mola, evita la tentación de alargar. Tres episodios son suficientes para desplegar un relato que no tiene relleno, que se concentra en lo esencial: el amor, la pérdida y esa delgada línea donde justicia y venganza se confunden. La dirección de Kike Maíllo aprovecha bien esa premisa: planos cortos que incomodan, encuadres donde el sol de Málaga contrasta con la pesadumbre de los personajes, y un uso de la música que intensifica lo que no se dice. A veces la trama da un giro brusco, quizá demasiado, pero ese vértigo se convierte en parte del juego, como si la serie quisiera recordarnos que la vida también nos sacude sin previo aviso.

Hay algo casi juguetón en la forma en que se mezclan la belleza de los paisajes y la crudeza de lo narrado. El blanco impecable de las casas, las montañas que parecen eternas, el mar abierto que todo lo traga… todo funciona como un espejo que devuelve la dureza de la historia. Netflix no solo ha apostado por un thriller compacto, también ha dado espacio a una identidad visual que evita lo genérico y se aferra a lo local. El resultado es una pieza que habla de un rincón del sur sin folclore fácil, sino con la textura de lo real.

Otro de los aciertos está en el retrato de Isabel. No es un personaje construido desde la heroicidad, sino desde la contradicción. Su determinación conmueve, pero también incomoda, porque obliga al espectador a preguntarse qué haría en su lugar. No se trata solo de encontrar culpables, sino de descubrir hasta dónde estamos dispuestos a llegar por quienes amamos. Esa tensión, más que los golpes de efecto, es la que se queda resonando cuando la pantalla se apaga.

«Dos tumbas» es, en definitiva, una miniserie breve que no se siente pequeña. Un relato que se sostiene en las actuaciones, en un guion que no se dispersa y en una mirada que sabe equilibrar lo íntimo y lo colectivo. El viaje no es cómodo, pero sí necesario, y ahí radica su valor.

Al terminar, lo que queda es la sensación de haber visto una historia que no se podía contar de otra manera. Tres episodios que bastan para abrir un debate incómodo: ¿la justicia se busca en los tribunales o en el coraje de quien no se resigna? Quizá la respuesta no esté en los códigos legales ni en los manuales de ética, sino en la mirada obstinada de una abuela que entendió que no hay dolor más grande que el de enterrar la esperanza.

La madre de Morte en «Dos tumbas», cameo clave

Entre los atractivos de «Dos tumbas» hay un detalle que pocos esperaban: el debut interpretativo de la madre de Álvaro Morte. El propio productor Toni Carrizosa reveló que esa participación se gestó casi como un juego familiar, un gesto entrañable en medio de una trama áspera. No se trata de un papel central, pero su aparición añade un guiño especial que dialoga con el trasfondo de la serie: la fuerza de los lazos de sangre. El contraste entre una historia de venganza descarnada y la ternura de una madre que se suma al rodaje sirve como recordatorio de que, a veces, la vida regala pequeños actos de justicia poética.