Eurovisión abandona el "mamarracheo" y se vuelve indie en su primera semifinal

  • Australia fue, con claridad, la que más impacto generó.
    Australia fue, con claridad, la que más impacto generó.

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20 de mayo de 2019. 10:06h

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Pedro del Corral Madrid. 15/5/2019

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¿Se imaginan a Vetusta Morla cantando aquello de “dejarse llevar suena demasiado bien” en el escenario de Eurovisión? ¿O a Zahara recordando a 200 millones de espectadores que hoy la bestia va a cenar a su casa? ¿Quizás a Miss Caffeína gritando el manido “thank you Europe” al final de su ‘Merlí’? Pues algo parecido es lo que Grecia, Portugal, Eslovenia, Bélgica, Australia y República Checa experimentaron anoche en cada una de sus propuestas. Con ritmos alternativos y voces peculiares conquistaron a una audiencia cansada del “petardeo” y “mamarracheo” que siempre ha girado en torno al Festival de la Canción. Fueron la apuesta cultureta de esta LXIV edición, la ficha clave para que baladas balcánicas descafeinadas (Nevena Božović, Serbia) y los ritmos latinos refritados (Zena, Bielorrusia) pasaran a un segundo plano y no colapsaran un concurso cada vez más abierto a la minoría y la diversidad.

Como si del Sonorama, el Primavera Sound o el Azkena Rock se tratase, las candidaturas más indies fueron sucediéndose encima de unas tablas acostumbradas a “hits” insustanciales. Sin duda, la griega Katerine Duska hizo de su ‘Better love’ la oportunidad perfecta de llevar a Florence & The Machine a la televisión. Sus voces y sus acordes recordaron tanto a la intérprete de ‘Shake it out’ que pareció más una versión que una original. Algo así como cuando Virginia Maestro canta ‘Make it alright’ y suena al ‘Mr Rock & Roll’ de Amy Macdonald. Dos opciones que beben de la misma matriz, pero que cuentan con su particular chispa. Porque, si de lo que se trata es de prender, la chipriota Tanta contó con todos las facilidades para hacerlo: desafinada, sofocada y trasnochada. En definitiva, una mala copia de su predecesora, Eleni Foureira, que bien podría transformarse en Lola Índigo en mitad del Arenal Sound para cantar ‘Mujer bruja’. Incoherente, pero efectivo.

El caso portugués dolió en todos los sentidos. El ‘Telemóveis’ de Conan Osiris resultó estridente, teatral, abrupto, confuso, implacable. La “canción imposible” hizo las delicias de los más underground y provocó un shock anafiláctico a los más puritanos. La misma descargar que provocaron Las Ketchup cuando pasaron de cantar el exitoso ‘Aserejé’ a berrear el olvidable ‘Bloody Mary’. Finalmente, no se clasificó, aunque el placaje fue interesante.

Todo lo contrario que las intentonas de Polonia (Tulia), Finlandia (Darude y Sebastian Rejman) y Montenegro (D-Mol). Apenas unas horas después, nadie recuerda qué cantaron y cómo lo hicieron. Simplemente, se esfumaron nada más apagarse las luces.

En cambio, Eslovenia sí merece una pequeña reflexión. Son los Amaia y Alfred de la antigua Yugoslavia. Igual de sosos e igual de inocentes. Aquí no hubo grandes despliegues, pero sí una cierta magia que revoloteó por el Expo Tel Aviv y que, a algún que otro fan de Anni b Sweet, pudo haber conquistado.

La apuesta de Australia fue, con claridad, la que más impacto generó. A golpe de hashtag recibió tantos halagos como reconocimientos: efectista, cuidada y trabajada. Es cierto que no es común encontrar en el certamen una actuación cómo esta, pero quizá ahí radique su gran virtud. Acostumbrados a consumir siempre lo mismo, el mérito oceánico residió en explotar la diferencia.

Como hizo San Marino que, por segunda vez en su historia, pasará a la final con una canción de dudosa calidad. Fue la más pop de la noche y eso se notó en el momento de votar. Básica y efectista, sin mayor intención que entretener. Serhat fue el único que consiguió convertir un tema de segunda en otro agradable. Incluso, necesario entra tanta intensidad musical. A veces, lo más esencial resulta lo más atractivo. Como también les ocurrió a los representantes de República Checa, Lake Malavi. Con su ‘Friend of a friend’ protagonizaron la mejor propuesta de la noche, propia de un garito de Malasaña y en la que tan solo basta con dejarse llevar. Del resto, mejor olvidarse.

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