Lope de Aguirre, la Cólera de Dios y el explorador más demente de España

Esta es la apasionante historia de uno de los más salvajes exploradores que ha conocido el mundo.

Fotograma de "Aguirre, la cólera de Dios". La película de 1972 narra sus desventuras.
Fotograma de "Aguirre, la cólera de Dios". La película de 1972 narra sus desventuras.Werner HerzogHerzog

De Guipúzcoa a Perú

Todas las semanas nos gusta recordar a algún explorador de la vieja escuela. Son los clásicos que todo viajero debe conocer, algo parecido a los griegos en la filosofía. Ellos caminaron un mundo radicalmente diferente al nuestro, más espeso, más violento, y aun así se las apañaron para gestar grandes hazañas. La mayoría incluso mantuvieron la cordura durante sus turbulentas vidas. Pero no todos lo consiguieron. Lope de Aguirre, conocido como el Loco, el Traidor, o la Cólera de Dios, no consiguió aguantar el peso del misterio que rondaba por estas tierras.

Nació en Guipúzcoa a comienzos del siglo XVI, en el seno de una familia noble empobrecida con demasiados hijos por alimentar. En estos casos, cuando el patrimonio familiar no daba para mantener a todos los hijos, solo cabían dos opciones: el clero o la guerra. Y a Lope de Aguirre nunca se le ocurrió pensar en Dios, como no fuera para enfurecerle. La elección del joven vasco parecía clara, vivía una época donde nobles de baja alcurnia como Cortés y los hermanos Pizarro habían encontrado gloria y fortuna al otro lado del Atlántico. En el Nuevo Mundo no parecía importar a nadie la sangre de cada uno, apenas el valor. Cegado por la propaganda de aquellos años, pensó que él también podría alcanzar los honores de estos conquistadores, por qué no, era un hombre valeroso y entrenado en las artes de la guerra, y en 1534 salió del puerto de Sevilla rumbo a las tierras desconocidas del sur americano.

Pero no fue tan sencillo como imaginó en un principio. A su llegada al actual Perú, nadie salió a recibirle con flores blancas en las calles, recibió el silencio, y debió pasar sus primeros años de gloria restringida trabajando como domador de caballos. Un oficio humillante para él, que solo pensaba en un lugar, en dos palabras, en una meta que por entonces taladraba las mentes de los hombres de su casta: El Dorado.

Las rebeliones contra la corona y el destierro

La brutal expansión de los españoles en el continente nuevo llevó a una situación de poder alarmante a manos de los comandantes conquistadores, el cuál hubo de ser limitado mediante las conocidas como Leyes Nuevas. Algunos conquistadores, entre los que se encontraban Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal, no vieron con buenos ojos esta restricción de su poder, y se sublevaron contra el virrey Blasco Núñez de Vela en las conocidas como Guerras Civiles de Perú. Lope de Aguirre no dudó en alistarse del bando de los realistas en contra de los sublevados, una decisión que a la zaga pareció inteligente (nadie pensaría que el mayor imperio de la tierra sería derrotado por un puñado de insurrectos), pero que terminó por costarle un destierro al vencer Pizarro y su cuadrilla. Cinco años desterrado por las tierras altas del Perú. A su regreso, Dios sabe por qué pecados exactamente, fue acusado de quebrar las leyes de protección de los indios y ordenado azotar en público.

Lope de Aguirre remontó parte del Amazonas para llevar a cabo su rebelión. FOTO: Zeedo (nombre del dueño)

Su orgullo, ya paliado por los años de penurias y las desilusiones, la derrota y el destierro, se quebró definitivamente tras esta condena. Juró venganza mientras la sangre de su espalda todavía se secaba y cuenta la leyenda que recorrió cerca de 6.000 kilómetros a pie (Lope de Aguirre pensaba que un caballero deshonrado no tenía el derecho a cabalgar hasta recuperar su honor) para alcanzar a Francisco Esquivel, el juez que dictó su sentencia. Lo asesinó mientras dormía, clavándole una fina daga en la sien.

Lope de Aguirre se sentía profundamente engañado. Él derramó su sangre por el rey de España y el rey le había recompensado con una humillante azotaina en público. Por esta razón participó desde entonces, siempre como fugitivo de la ley, en diferentes sublevaciones contra la monarquía española en el Nuevo Mundo. Cambiaba de bando según sus propios intereses, así era el Loco, y llegó el día que por fin eligió correctamente. Durante la sublevación de Hernández Girón se alistó nuevamente del lado realista y fue perdonado de sus crímenes. Rondaba los cincuenta años.

La búsqueda de el Dorado

Inocente, al fin, a ojos de la ley, consiguió enrolarse en la enésima expedición en busca de El Dorado, capitaneada por Pedro de Ursúa en 1560. La expedición se conformaba por 500 españoles (incluyendo mujeres y sacerdotes) y 600 indios nativos, además de un puñado de esclavos africanos. La propia hija de Lope de Aguirre, Elvira, les acompañaba. Como es de suponer, como era habitual, la expedición pronto tornó en fracaso. El liderazgo de Ursúa, profundamente influenciado por su amante que les acompañaba, traía en descontento a los nobles que le seguían, y Lope de Aguirre encontró en este momento su oportunidad de oro. De las que solo ocurren una vez en la vida, en ocasiones ni eso. Maleó las mentes de sus compañeros y tres meses después del inicio de la expedición consiguió asesinar a Ursúa y sus principales colaboradores.

Pese a haber sido él quién orquestó esta traición, eligió para ostentar el nuevo mando de la tropa a Fernando de Guzmán, una jugada muy inteligente por su parte. Guzmán era joven, inexperto, un títere fácil de controlar para el Loco. Cuando llegó la hora de firmar el acta que concedía el mando de la expedición al joven sevillano, Aguirre firmó sin remilgos: Lope de Aguirre, traidor. Su leyenda ya se había forjado, bastó esta floritura para sellarla.

¿Qué cruzaría la mente de el Loco en estos momentos? Debió ser terrible sucumbir definitivamente a la maldad, ya intachable en ese pergamino. Si no estaba escrito en su destino ganar la gloria de Pizarro, se aseguraría de que su nombre quedase impreso en el gran libro de la Historia, sin importar el precio. Aunque su alma estuviera en juego. Así de terrible es la ambición cuando domina el espíritu de un hombre débil.

Uno de los muchos crímenes de Lope de Aguirre fueron los que cometió contra los indios americanos.

Abierta la puerta de las conspiraciones, el viaje continuó su marcha dejando tras de sí un reguero de sangre. Paso a paso, Aguirre eliminó a los nobles que pudiesen suponer algún problema, a la amante de Ursúa, al propio Guzmán. Tras el asesinato del sevillano, arrancada ya la máscara, se alzó como líder de la expedición bajo el título de “Príncipe de la libertad de los reinos de Tierra Firme y las provincias de Chile”. Abandonó la búsqueda inútil de el Dorado y regresó a Perú para conquistarlo. La Corona española, al conocer la rebelión de Aguirre, prometió el perdón real a quienes le abandonasen, y así fue perdiendo el Loco los pocos apoyos que le quedaban. Gota a gota, como la sangre derramada de sus enemigos, el vasco quedó con apenas 160 hombres que apoyasen su causa.

El fin de Aguirre

Enfurecido por la que él consideró la mayor traición de todas, Aguirre escribió una carta a Felipe II confesando sus crímenes y acusándolo de desagradecido, ya que mientras los conquistadores sufrían y sangraban por concederle mayores territorios, el rey apenas les arrebataba sus derechos. Él mismo firmó su sentencia al escribir su nombre en aquella carta. Felipe II, ya molesto por este rebelde sin causa, mandó aplastarlo, y a continuación Lope de Aguirre se encontró abandonado por todos sus aliados en Barquesimeto, en octubre de 1561. Viendo próximo su final, el Loco se dirigió a los aposentos de su hija y la apuñaló mientras decía: “Para que nadie te llame hija de un traidor”.

Murió a manos de sus propios hombres, los pocos que le quedaban, que buscaban acallarle por si, en caso de ser hecho prisionero, denunciaba a la Corona los crímenes que todos ellos habían cometido. Felipe II prohibió mencionarlo en todo el imperio, buscando borrar su nombre de la Historia. Pero no fue posible. Lope de Aguirre, el Loco, el Traidor, la Cólera de Dios, había escrito con sangre su nombre en la Historia, y la Historia respetó su parte del trato.