He encontrado Tarragona en el sótano de nuestra mente

Jugamos a encontrar las similitudes que se mantienen entre Tarraco y Tarragona.

Carl Jung solía referirse a la estructura de nuestra mente considerándola como un edificio. El psiquiatra suizo aseguraba que la planta superior fue levantada en el siglo XIX, mientras que la baja databa del XVI, aunque un examen detallado de la mampostería revelaba que había sido reconstruida a partir de un torreón del siglo XI. El sótano estaba construido con cimientos romanos y bajo este, una caverna sellada guardaba utensilios de piedra y capas inferiores de la era glaciar. Entonces me gusta pensar que viajar supone, en ocasiones, una excursión por este edificio, quizá añadiendo algún piso intermedio de influencia musulmana en la península y el ático del siglo XX. Quiero creer que visitar un viejo castillo navarro supone algo así como desbrozar recovecos de mi propia mente.

En Tarragona podríamos encender una linterna y revisar los cimientos que mencionó Jung. He querido visitar la que fue capital romana para encontrar estas bases, no solo en su expresión más evidente como son las ruinas conservadas en excelente estado, sino también con la intención de comprobar cómo la cultura romana todavía sobrevive por las calles estrechas de su casco histórico.

Las ruinas

La parte más salvaje de mi mente, secretos que ni yo mismo soy capaz de confesarme, encuentran espacio para correr con libertad feroz en el anfiteatro romano. Es un lecho de violencia justificada. Muy ruidosa. Lo que hoy son gradas corroídas por la edad y un foso abierto, por el que se descubren los pasadizos que recorrían bestias y esclavos antes de ofrecer su vida al clamor de la plebe, todavía guarda la forma exacta, ovalada, de esa violencia animal que parece no tener principio ni final. La aplicación Imageen permite ver con el móvil cómo se mostraba este circo durante sus años dorados, aunque no hace falta. Todavía puede escucharse el saludo obligado de los gladiadores, la piedra ha guardado el eco con mucho mimo durante los últimos siglos. Basta rascar con la uña para salpicarnos unas esquirlas de su derrota carmesí.

Subiendo hacia el Hotel Imperial (un nombre muy apropiado para mantener vivo el espíritu de la imaginación) de Tarragona, es posible encontrar un nuevo espasmo de pensamiento, tiene una forma alargada y dos pequeñas ventanas saludan desde arriba. Es el Pretorio Romano, también conocido como Palacio de Augusto, Torre de Pilatos o Castillo del rey, un edificio medieval construido a partir de un palacio romano del siglo I. Deseos de poder manan de la piedra compacta, de palparla y llevarnos con nosotros algunos de los adjetivos que atesora. Está situado junto al Museo Nacional Arqueológico de Tarragona y forma parte del Museo de la Historia de la Ciudad. Desde lo alto de las escalinatas que suben paralelas al palacio, puede divisarse el mar junto a una estatua de César Augusto, y charlar con él para preguntarnos cuándo llegarán los refuerzos que le permitan someter a la tierra rebelde de los cántabros.

Ahora estamos en el museo. Es un momento muy importante. Nos permitirá destapar pequeños detalles de este sótano que hemos convertido en una ciudad, no solo miedos sino también ilusiones, avances que hemos conseguido, este tipo de detalles que nos permitieron construir el piso siguiente. Es maravilloso. Mira, aquí, en esta pared aparentemente ordinaria, está colgado un mosaico de Medusa, criatura fantástica con una cabellera de serpientes furiosas y capaz de convertir a los hombres en piedra, por el mero hecho de mirarles a los ojos. Mantenemos la mirada y retomamos triunfantes el camino. Destellos de infancia se acumulan en una pequeña muñeca articulada de marfil, datada en el siglo III d. C y que perteneció al ajuar funerario de una chiquilla. Pequeños restos de hilo de oro desvelaron que las muñecas de la época se vestían como las personas reales, a semejanza de lo que se hace ahora.

Cántaros, dioses, estatuas. Hay más pero prefiero que seas tú quien lo descubra y quien consiga hilar su mente con estos fragmentos de casi dos mil años. Por eso vamos al teatro. Queda poco de él. Las construcciones modernas han devorado el amplio espacio que llegó a ocupar, apenas quedan en pie un pedazo de las gradas y otro del escenario, este pedazo de nuestra mente parece estar maltrecho. ¿Por qué está tan castigado el teatro? Me obligo a buscarle un significado. En un principio pienso que se trata de una forma de expresar el triunfo de la televisión o de Internet sobre el teatro per se, pero no, demasiado sencillo, tiene demasiados agujeros cuando el teatro podía ser el Netflix de la época. ¿Y podrá ser que, cuando los sabios hablan de una deformación del arte contemporáneo a partir de una vulgarización de la belleza, hablan de esta mutilación que se me presenta bajo una apariencia física en Tarragona? Podrá ser. Pero siendo como soy un aficionado incondicional a las tonterías de Jim Carrey, no creo que pueda juzgarlo.

Lo de ahora

Una vez he acostumbrado mi imaginación a esta fusión entre lo romano y lo actual, me siento preparado para salir a visitar el resto del casco histórico, ya posterior al Imperio, y terminar la unión por la que paseo. Es una experiencia increíble. Por ejemplo, descubro que la enorme Catedral de la ciudad, que en sus inicios fue una fortaleza construida para prevenirse de ataques musulmanes, fue durante los años romanos un edificio con usos similares; en el Foro Provincial se adivina un bullicio semejante al de cualquier Plaza Mayor que pueda encontrarse en cualquier ciudad. Carteles exigiendo la libertad de los políticos presos de Cataluña permiten adivinar una naturaleza política en el ser humano ya palpable durante los mandatos de Roma. De diferente contenido porque los años así lo exigen pero a su vez, con una misma forma porque el hombre no parece haber cambiado tanto como tendemos a pensar.

Copas de vino tintineando en las terrazas, mejillones al vapor, panes con mucha miga rebañando los restos de salsa en cada plato. Se adivinan raíces latinas en muchas de las palabras.

Mi linterna pierde fuelle. La agito para que vuelva a alumbrar mi sótano-ciudad. Los palacios, ahora cubiertos por una capa de pintura con tonos pastel, representan una riqueza y un poder que no pasará de moda. Y luego están los graciosos murales de arte urbano que se desparraman con una gracia exquisita por toda la ciudad, desde bolardos de hierro pintados con colorines hasta pequeñas muescas artísticas de nombres desconocidos. Sabemos encontrarle un símil con Roma. Allí también se representaban ideas en las paredes de las vías públicas, de una forma muy parecida a la que se hace ahora, a partir de una mano desconocida pero expresando un pensamiento que pueden compartir un buen número de ciudadanos. Es el anonimato más común, tanto que casi ni se considera anonimato. Los pensamientos enclaustrados en las paredes han cobrado una fuerza que escapa de la mano que los dibujó, revolotean por Tarragona y entran y salen de otras personas, suben los escaleras de nuestra mente de cuatro en cuatro para llegar hasta el ático.

Pueden considerarse el punto de unión definitivo entre el presente y el pasado. Cualquier dibujo. Tan fugaz en comparación con las ruinas romanas que casi no merece la pena pararnos a observarlo, aunque resulta asombroso comprender que los impulsos que empujaron a la mente creadora son tan arcaicos como la piedra del teatro. Es en este impulso donde he encontrado la última unión. Motivó también a las manos que diseñaron las gradas, cargaron la piedra, cincelaron las estatuas, organizaron las leyes. Pasando de generación en generación y de una sociedad a otra con estas ruinas como portadoras.