Ali Bey, el espía español que entró en La Meca y se hizo amigo de Napoléon

Hoy recordamos a uno de los personajes más apasionantes del siglo XIX en España, que comenzó sus días como simple oficinista y acabó siendo uno de los espías más codiciados de Europa

Pocos sabrán qué historia se esconde detrás del nombre de Domingo Badía y Leblich, nacido en Barcelona en 1767 y asesinado en Damasco en 1818. Una historia que haría palidecer a Lawrence de Arabia, también a Livingstone o Percy Fawcett, cualquier explorador británico que el cine haya tenido a bien subir a su pedestal. Domingo Badía, también conocido bajo el sobrenombre de Ali Bey el-Abbassi, pudo ser el aventurero más astuto, temerario, útil y frío que ha tenido España, quizá Europa entera. Es una lástima que la propaganda española se haya atrancado en cualquier suceso que ocurriese durante el Imperio porque, lectores y lectoras, a este hombre habría que hacerle una película. O una serie, incluso.

De momento nos contentaremos recordando sus aventuras.

El espía menos esperado

Nacido en el seno de una familia acomodada, hijo del secretario del Gobernador Militar de Barcelona y con una madre de origen belga, a los 14 años ya era considerado como un experto en Geografía, Matemáticas, Física y Astronomía, Historia, Dibujo y Cartografía. Lo que hoy llamamos un pequeño genio. Todavía era un adolescente cuando su padre fue trasladado a la costa granadina, que era a su vez la zona de España con un mayor contacto con la cultura musulmana, y fue aquí donde comenzó a interesarse por sus tradiciones y su cultura. Rápidamente aprendió el idioma que hablaban los pescadores berberiscos y lo añadió a su lista de lenguas conocidas, entre las que se encontraban el latín, francés, inglés, italiano, castellano y catalán.

Con semejante hoja de estudios no podía dedicarse a pequeñas empresas. Comenzó su carrera profesional como Comisario de Guerra en Vera y tras su matrimonio con María Luisa Berruezo, se trasladó a Córdoba para ser nombrado Administrador de la Fábrica de Tabacos. Una vida aparentemente sencilla, con preocupaciones sencillas. Su curiosidad académica le llevó a escribir diferentes ensayos relacionados con la higometría (parte de la física que mide y estudia el nivel de humedad, especialmente de la atmosférica) y la banca, al igual que un Plan de Campaña para la conquista de Portugal que nunca llegó a producirse.

Puedo imaginar a Domingo Badía durante estos años. Enamorado de los libros, de talante reflexivo y pausado, demasiado ocupado entre sus escritos y su empleo para mirar más allá de la costa mediterránea. Quizá surcaba rápido algún sueño sus deseos, aunque no tenía tiempo para atraparlo, tenía demasiado que trabajar y escribir y estudiar. Puedo imaginarlo como uno de esos hombres apagados que planean un futuro excitante pero sin llegar a comenzarlo jamás. Y un hombre como estos salió de la ciudad de Córdoba en 1793, medio arruinado por una inversión errónea en globos de aerostato, en dirección a la corte de Madrid.

Misión a Marruecos

Pero resultó que los libros terminaron por serles insuficientes a Domingo, ya había memorizado demasiadas letras y ahora necesitaba dibujar paisajes, apuntar nuevos olores, conocer con los cinco sentidos todo aquello que había imaginado en la comodidad de su escritorio. La llamada de la aventura, que tiene aromas y colores propios, se hizo tan insistente que en 1799 comenzó a preparar un viaje a África con intenciones científicas. Pero un viaje a este continente en esta época, además realizado por un hombre con las capacidades del catalán, no podía pasar por alto ante las máximas autoridades españolas. De científico a económico, de económico a político, el viaje cayó en las manos de Godoy (hombre fuerte de Carlos IV), y el ministro decidió que este proyecto sería uno para la Historia.

Las órdenes eran claras. Aparentando tratarse de un médico de Alepo llamado Ali Bey, Domingo debía infiltrarse en la corte del sultán de Marruecos, Mulay Sulaymán, y convencerle para que aceptase la protección de España a la hora de defenderse de sus enemigos. Si el sultán rechazaba la propuesta, la tarea de Ali Bey sería provocar la inestabilidad de Marruecos, hasta conseguir el estallido de una guerra civil que permitiese a España invadir el maltrecho país.

En su libro Viajes de Ali Bey en África y Asia, Ali Bey explica con un detalle sorprendente la religión islámica, las costumbres sociales de Marruecos, su arquitectura y economía... todo lo que pudiera serle útil a España en el caso de lanzar la esperada ofensiva. Además de opiniones personales, poco románticas aunque necesariamente comprensibles cuando hablamos de un europeo del siglo XIX. En su libro escribe, refiriéndose a su rechazo por una esclava subsahariana que fue obligado a aceptar en su lecho: “No sé en qué consiste no haber podido vencer mi repugnancia a una negra de labios gruesos y nariz aplastada; de modo que la pobre mujer habrá quedado sin duda engañada en sus esperanzas”.

Entre sus aventuras cuenta cómo procuró domesticar a un chacal, sus rencillas con los eruditos de la corte del sultán, dispuestos a descubrir su verdadera identidad, y detalles sobre leyendas y leyes del mundo musulmán que eran desconocidas por los europeos hasta la fecha.

Viaje a La Meca

Trípoli, Grecia, Turquía, Egipto, Palestina, Siria. La gran parada en el viaje de Ali Bey ocurrió en Arabia, que supone a su vez una importante parte de sus memorias. Entre las distintas aventuras que vivió aquí, destaca la de haber sido el primer europeo en entrar en la ciudad sagrada de La Meca para luego salir con vida de ella. Explica con todo detalle el interrogatorio al que fue sometido para poder acceder a la ciudad. En relación con la prohibición de que un infiel entrase en La Meca, escribe, después de descubrir que está siendo vigilado: “Por la más ligera sospecha, el menor capricho, el scherif ordena, y el desgraciado extranjero deja pronto de existir”.

Entraron por la fuerza en su habitación y robaron todos sus documentos, para luego esparcirlos por el desierto. Supo que se había contratado a un experto envenenador con la intención de acabar con él. El hombre reposado que dormitaba entre los libros en Córdoba ya hacía tiempo que desapareció, transmutado en el chacal indomable que conoció en Marruecos, sigiloso, cazador. Fingió no dar importancia a estos sucesos y llegó a dibujar numerosos planos de La Meca, así como tomó sus medidas más importantes. Es emocionante, al leer sus memorias, la precisión con la que escribía, además de la ingente cantidad de información que aportó sobre esta misteriosa ciudad.

Su salud delicada, al igual que la tensión arrolladora que suponía ser el único infiel que pisaba la ciudad en los últimos diez siglos, mermaron el ánimo y el físico de Ali Bey, produciéndole violentos vómitos y fiebres altas. Es comprensible. Incapaz de aguantar un día más de la ciudad, optó por salir de ella.

Últimos años al servicio de Napoleón

Uno espera que cuando un hombre regresa a la patria después de semejante aventura, lo normal es que fuera recibido como un héroe. Algo así. Que se agradeciese que jugase el pellejo por el precio de una bandera. Pero la España que había conocido Domingo cuatro años atrás ya no existía. Godoy se había olvidado de él, demasiado preocupado por salvar su propia vida de la furia del pueblo. Los reyes destronados, Carlos IV y su hijo Fernando, desdeñaron la valiosa información que traía consigo y le aconsejaron que se pusiese al servicio de Napoleón, como ellos mismos habían hecho.

Acudió a presentarse ante el emperador francés y este, maravillado por sus aventuras y su sagacidad, pudo ver en Domingo un hombre necesario para mantener la estabilidad en España. Lo envió con su hermano José I y nombraron a nuestro aventurero alcalde de Córdoba, en 1810. Hoy se sabe que las intenciones de Domingo eran las de paliar la influencia que Francia podría tener sobre la sufrida sociedad española, actuando como mediador entre ambas partes. Pero ya nos conocemos. España se trata de un país complicado, donde apuñalamos corazones y les dedicamos los poemas más hermosos una vez se han secado. Algo parecido ocurrió con Domingo.

Tras la derrota de Napoleón fue tachado de afrancesado y defenestrado por la sociedad española, obligándole a elegir entre la muerte o el destierro. Eligió lo segundo y huyó a París. Allí escribió su libro de viajes y gozó de popularidad entre los intelectuales franceses de la ciudad de las luces, hasta que escuchó otra llamada, otro aullido del chacal en el desierto, e incapaz de resistir a la tentación volvió a calzarse el turbante y desatrancó su lengua en árabe. Partió a Siria bajo el nuevo alias de Ĥãŷŷ ‘Ali Abu ’Uțmãn.

Su rastro se pierde al sur de Damasco, donde fue descubierto por miembros del servicio secreto británico y envenenado hasta morir. Así termina la historia de este peculiar aventurero, made in Spain. Amante de la cultura islámica pero crítico con ella, héroe y traidor, aventurero de las letras y del desierto, hombre de extremos. Un extraño personaje, incomprendido como tantos de su especie y, lamentablemente, olvidado por los detractores de nuestro pasado.