Medellín, España: una historia más interesante que cualquier bandido

Conoce uno de los pueblos con mayor riqueza histórica de nuestro país, hogar de Hernán Cortés, colonia romana, enclave musulmán y deseo de Napoleón

¿Qué determina que sea una historia y no otra la que corra de boca en boca por todo el globo? ¿Por qué la historia de Medellín, Colombia, ha conseguido catapultarse al estrellato por mediación de las tropelías de un bandido, mientras la historia del Medellín español apenas es conocida por sus propios paisanos? Lo pensaba mientras tarareaba algunas estrofas de Rodrigo Amarante y paseaba por el castillo del pueblo, todavía en pie después de un puñado de asedios, dos meses de saqueos franceses y cuatro años desastrosos de Guerra Civil. Dos mil años de locura humana, mil disparos contra sus muros. Pensaba que, al fin y al cabo, apenas bastaron tres disparos para terminar con el hombre que hizo una leyenda del Medellín colombiano.

Aunque podría decirse que el Medellín pacense se trata de algo parecido a las geodas que uno mira sin saberlo durante un paseo por el campo. En apariencia suponen piedras sencillas, algo deslustradas por la edad, de poca importancia y agazapadas bajo algún arbusto; sería necesario inclinarse para recogerlas, resquebrajarlas y mirar en su interior hasta descubrir una sinfonía de tonalidades que brillan como la plata. Son pequeños tesoros cuya luz se esconde a quien no esté dispuesto a buscarla. Y quizá sea este camuflaje de humildad el que las hace tan valiosas y, a su vez, desconocidas al ojo que no ande atento.

Hogar de ancestros

Ya hemos hablado alguna vez de la sagacidad de nuestros antepasados, los más lejanos que podamos encontrar si tiramos del hilo de la vida, que siempre andaban merodeando los llanos castellanos en busca de zonas amables a la supervivencia. Los asentamientos que eligieron estos antepasados son los más fiables porque son lugares que ya andan acostumbrados al bullicio de los seres humanos, la tierra parece haberse amoldado a nuestros pasos. La tierra confía en nosotros y nosotros confiamos en ella.

Ideas del estilo hacen que Medellín, habitada desde tiempos del Paleolítico por tribus de cazadores y recolectores, sea un refugio incondicional para el ser humano, una localidad amable enmarcada por el siempre alegre río Guadiana y relajados montes bajos moteados de vegetación. Este pacto entre la tierra y los hombres dio un paso más durante el Neolítico y la Edad de Cobre, cuando comenzaron a cultivarse los primeros terrenos a las orillas del río, dio otro paso al crearse las primeras rutas comerciales durante la Edad del Hierro. ¿Podríamos imaginar que la tierra hizo de madre para los habitantes de esta región, y que igual que hace una madre, observó con orgullo emocionado a sus chiquillos crecer?

Los primeros visitantes en la península no tardaron en dar con este enclave privilegiado. Fenicios y griegos extendieron sus rutas comerciales hasta llegar a la antigua Conisturgis, ciudad de conios, donde comerciaron valiosos bienes (huevos de avestruz, orfebrería, escarabeos egipcios, marfil) por metales y productos agrícolas.

Colonia Romana

El poderío de la región durante la ocupación romana de la península consistió en una vigorosa ascensión en torno al año 79 a. C, al fundar el cónsul Quinto Cecilio Metelo la colonia de Metellinum (ahora sabemos que el nombre del pueblo procede de este fundador) para controlar uno de los puntos de vadeo del Guadiana; y en una decaída lenta, casi sufrida, cuando el emperador Augusto ordenó construir la ciudad que hoy conocemos como Mérida. La proximidad de esta última con la creciente Vía de la Plata terminó por relegar Metellinum a un segundo plano.

Pero no por ser Madrid capital, sería menos hermosa Salamanca. De la misma manera podemos encontrar hoy en Medellín un elegante teatro romano, conservado en excelente estado, con 800 de los sillares originales que lo conformaron todavía a la vista. Esta maravilla arquitectónica se trata del primer golpe en la geoda, el golpe que permitirá resquebrajar su apariencia humilde para abrir espacio a los primeros rayos de luz. Un primer golpe en 1970, durante las excavaciones llevadas a cabo por Mariano Del Amo; un segundo golpe, contundente, entre 2007 y 2013, cuando el teatro terminó de sacarse a la luz y fue premiado con el European Union Prize for Cultural Heritage.

Brilla con un tono blanquecino, muestra cierta impaciencia. Se descubre junto a la iglesia de Santiago (que se piensa fue en tiempos pasados un templo romano y actualmente hace de museo arqueológico) y posee esta forma que tienen los teatros romanos, como si las gradas fuesen dos brazos abiertos recibiendo a los visitantes. A lo largo del año se celebran diferentes actividades culturales y recibe entusiasmado al público.

Territorio musulmán

Entraron años convulsos en Medellín. Diferentes pueblos comenzaron a sospechar que se trataba de algo más que una piedra en el lateral del río, su luz comenzaba a dilucidarse entre las grietas de los cultivos y las obras romanas y el color de su vegetación. Sucedieron años de guerras y el barro del río se barajó con el de la sangre. El río lloró porque no era esto lo que buscaba cuando quiso regar la tierra con su agua dulzona.

Tras un breve periodo de abandono en la etapa visigoda, Medellín conoció una nueva época de esplendor durante la conquista musulmana. Supieron destapar su brillo único y quisieron agasajar a la localidad, adornarla con nuevos edificios, espolvorear mejores colores sobre su colina. En lo alto de la misma levantaron la primera fortaleza, que sería ampliada a lo largo de los años, y en las faldas reutilizaron las viviendas romanas o construyeron las suyas propias, de simplicidad arquitectónica pero cubiertas con bonitas tejas curvas.

Las ruinas de un barrio musulmán pueden verse junto al teatro romano, aunque basta subir al castillo y asomarse a las murallas para dibujar la población con los pinceles de la imaginación. Allá abajo, fluyendo desde el castillo hasta el Guadiana como un gracioso afluente, ¿ves los colores saltones de las telas? ¿Escuchas el murmullo del mercado? No fue hasta la toma del pueblo por Fernando III el Santo, en 1234, cuando Medellín formó parte del reino de Castilla. El mismo rey que recuperó Sevilla, Jaén y Córdoba de manos musulmanas cabalgó con su decisión habitual por las callejas de Medellín, subió el monte que lleva hasta el castillo y mandó hacer profundas reformas. En su interior se levantó la Iglesia de Santa María del Castillo y a sus pies, las iglesias de San Martín y Santiago.

Desde Cortés hasta Napoleón

El visitante que vaya a conocer Medellín no podrá evitar chocar contra una estatua de hierro oscuro sobre base blanca, ni leer el nombre que viene escrito en ella: Hernán Cortés. El conquistador de Méjico.

¿Y cómo, por qué, cuándo se decidió poner en este pequeño pueblo una estatua del importante personaje? Supongo que nadie lo sabía por entonces, pero la decisión ya estaba tomada desde que el temido conquistador lanzó su primer llanto en una de las casas de Medellín. De hecho, a pocos metros de la estatua, un escueto monumento recuerda la habitación donde nació en 1485. La razón de por qué el monumento se encuentra en plena plaza pasa porque, entre los meses de marzo y mayo de 1809, los ejércitos napoleónicos decidieron hacer de Medellín su escenario de furia y arrasaron con la localidad, incluyendo la casa donde nació Cortés.

La batalla de Medellín, así la conocen los libros de Historia, enfrentó en una salvaje refriega a 23.000 españoles contra 18.000 franceses y terminó con una apabullante derrota de nuestros compatriotas. Hasta 8.000 buenos combatientes perdió España en la batalla, arrancando lágrimas al río y obligando a la mayoría de la población a abandonar sus hogares. Fue triste, sigue siendo triste de imaginar. Después de decenas de miles de años de feliz convivencia entre los hombres y esta tierra, moldeando con un mimo exquisito los ricos terrenos de cultivo, apareció el estruendo del cañón, la mordida áspera del acero, y tantos años de esfuerzo terminaron en una huida aterrada. Que se repetiría durante la Guerra Civil española al ser Medellín un punto clave para cruzar el Guadiana, cuando los continuos bombardeos de la aviación obligaron a evacuar a la población civil.

Pero volvieron, siempre vuelven. Los lazos que unen a los metelinenses con su tierra son más fuertes que cualquier disparo, son demasiados años rascando la geoda para coger prestado su brillo. Hoy la localidad parece una de estas piedras partidas, ya está disponible con todo su esplendor: se puede jugar a los soldados en el castillo, rezar en la Iglesia de Santa Cecilia, disfrutar en el teatro romano o soñar como lo haría Hernán Cortés. Será al alcanzar su núcleo, cuando la visita esté a punto de terminar, el momento en que un visitante realice el último descubrimiento. Que esta piedra supone una representación en miniatura de la cultura, las reyertas y las proezas de esta gran roca que llamamos España.