Una ruta de una semana por la Vía de la Plata

Recorrer la vieja calzada romana, hoy asfalto, permite conocer más íntimamente las bases que conformaron nuestro país

Calzada Romana.
Calzada Romana.Melrosepixabay

La deliciosa diferencia entre viajar en avión y hacerlo por medio terrestre consiste en que, cuando se hace con los pies cerca del suelo, al llegar a nuestro destino lo comprendemos mucho mejor. Me explico. Atraviesas cada clima hasta llegar al núcleo mismo de tu curiosidad, cada estilo arquitectónico que termina por converger en aquella catedral, el propio lenguaje adopta nuevos matices y acentos; desde el hogar hasta el destino, observamos la evolución que ha llevado a nuestro hogar a convertirse en esa meta extraña. Comprendemos mejor, saboreamos cada capa que protege este núcleo con recelo.

Así se vuelve cierta la frase de que el destino está en el camino, por estas razones son tan apasionantes las rutas por carretera. Aunque no hace falta atravesar medio mundo para obtener sensaciones de este estilo. Ni siquiera necesitamos salir de España. Así de rico es nuestro país en cultura, cada kilómetro aporta un nuevo matiz que incorporar a la pirámide de nuestra experiencia. Una de las mejores rutas para recoger estos detalles se consigue recorriendo la Vía de la Plata.

Mérida

MÉRIDA, 19/08/2020.- Las actrices españolas Belén Rueda (d) y María Galiana participan en el ensayo general de la obra "Penélope" en el ámbito de la 66º edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, anoche en el Teatro Romano de la ciudad extremeña. La obra se representa del 19 al 24 agosto. EFE/ Jero Morales FOTO: Jero Morales EFE

El punto de partida en nuestra aventura. Recuerdo al lector que la Vía de la Plata es el recorrido que seguía la calzada romana desde dicha ciudad extremeña hasta Astorga - conocida en tiempos del Imperio como Asturica Augusta -, y no la autovía contemporánea que cruza el país entre Gijón y Sevilla. Por esta razón comienza la aventura en Mérida, donde palpita el corazón de la Hispania romana. A las puertas de su Teatro. En el mes de agosto se están celebrando funciones teatrales en este mismo lugar, imagínalo, en el mismo escenario en que se carcajeaban los moradores de la ciudad hace dos milenios. Es un reducto mágico. Guarda entre sus muros una serie de sensaciones que desatan las palabras, los gestos de los actores, todos los años desde hace veinte siglos.

El Museo Nacional de Arte Romano es otro imperdible en la visita. Expone con sencillez los elementos que rodeaban la vida cotidiana de los emeritenses antiguos, desde la grandeza de sus dioses recogidos en estatuas hasta el delicado tacto de sus vasos de vino. Ningún detalle se nos escapa entre sus muros. Un paseo posterior por los restos del foro, el acueducto resquebrajado y el Templo de Diana completan este primer paso por la calzada.

Cáceres

Preciosa vista de Cáceres desde el mirador de la Concatedral. FOTO: Alfonso Masoliver

Una vez asentadas las bases, son de mármol blanco, podemos proseguir el camino a lo largo de los años. Asfalto sobre piedra, carne sobre hierro, zigzagueamos hasta posar los dedos en una nueva ciudad cincelada por la Historia. Pero hemos saltado un puñado de siglos y el escenario ha cambiado con ellos, los edificios blancos se han teñido de colores más oscuros. Rojizos, marrones, se apiñan en calles más estrechas que las romanas. El aire entero se siente cargado con un sabor religioso.

Es el medievo calcado en las paredes de Cáceres, escondiendo secretos a cada ladrillo. Se podrán descifrar unos pocos en el caso de pasearse su casco histórico, bien delimitado por la muralla que lo rodea. Pero sorpresa, silencio. No es este un bastión cristiano en exclusiva. Se descubre un nuevo cimiento de España en sus torres musulmanas, algunas de ellas todavía guardan grabados con los 99 nombres de Alá el Absoluto, entremezclados con la Iglesia de San Francisco Javier y la Concatedral de Santa María, en continuo equilibrio por la supervivencia. El Museo Provincial, también en el casco histórico, supone a su vez un recorrido de dos horas por la sociedad cacereña, desde el ensortijado neolítico hasta los primeros avances de la Revolución Industrial.

Candelario y Mogarraz

Cuadros de los habitantes de Mogarraz en la Iglesia Parroquial. FOTO: Alfonso Masoliver

Entre ciudades, nunca sobra un descanso en reductos más pequeños, menos ruidosos que estos impresionantes templos de tradición y saber. Mi recomendación es aparcar el coche en Candelario, coger habitación en un precioso hotel rural escondido bajo el nombre de La Casa de la Sal y aprovechar un par de días para investigar el pueblo y sus alrededores (Béjar y Hervás son dos indispensables). Candelario, salpicado de cuestas pedregosas y vigas de madera, concentra todas las experiencias recogidas durante el viaje. Aporta además un golpe de frescor, su clima es más amable que el de otras zonas de nuestro camino durante los meses de verano, volviendo el sueño más liviano.

Volviendo a la lupa en el ojo y el dedo en la huella, nuestros deberes en este recorrido fantástico, Mogarraz saluda desde la Sierra de Francia a menos de 40 minutos de Candelario. Sus casas, algunas rondando los 300 años, guardan grabados entremezclados de dos religiones, la judía y la cristiana. ¡Una nueva base, la Estrella de David estampada! En una de las juderías convertidas más antiguas de España probamos un sabor del que parten el musulmán y el cristiano, quizá más sufrido que los siguientes pero igualmente importante a la hora de determinar los hilos que tejen nuestra cultura. Un redoble de magia arcaica circula por sus aceras. Los cuadros de los residentes del pueblo en la década de los 60, colgados en los muros exteriores de las casas, nos miran con intensidad. En este rincón rodeado de naturaleza, salpicado de miradores capaces de robar el aliento y no devolverlo, añadimos una pizca de sal indispensable en nuestro camino.

Salamanca

Plaza Mayor de Salamanca

Hogar de la sabiduría española. Un paso más en la Historia. Partiendo de su Plaza Mayor somos capaces de saborear algunos de los platos más característicos de la cocina castellana, aderezada con ingredientes propios de la época romana y de la musulmana, confluyendo así las tres culturas en la brevedad de un mordisco. Los amantes de la gastronomía nos maravillamos al olfatear el turbante, la túnica y la cota de mallas en pleno siglo XXI.

La Universidad, hogar de las últimas letras de Unamuno, todavía se mantiene firme frente a las embestidas de lo nuevo. Su biblioteca se trata de una de las mejores de España y merece la pena echarle un vistazo si eres fanático de la literatura, no sin antes pasear por el fresco jardín de Calixto y Melibea, esos dos zopencos enamorados. En esta ciudad de sabiduría se sazona la literatura con arquitectura, en la Casa de las Conchas o la Catedral Vieja de Salamanca, también en la Plaza de Anaya y el Palacio de la Salina. Todo ello recubierto por una espesa capa de leyendas que hace de esta ciudad, junto con Toledo, una de las antiguas capitales de la magia en nuestro país.

Astorga

Carteles de las fábricas de chocolate en Astorga. FOTO: Alfonso Masoliver

Una sensación de nostalgia nos invade al entrar en la última parada de nuestro camino. Pero no hay razones por las que preocuparse. Aquí comenzamos el principio de una nueva visión de nuestra tierra, más completa de la que podíamos tener antes de salir de Mérida, y de improviso nos percatamos de que, pese a los devaneos políticos que insisten en separarnos, hoy amamos el suelo que pisamos con mayor intensidad. Luchando contra los huracanes del tiempo, hemos triunfado.

Tras visitar su Catedral y el Palacio de Gaudí, existen dos maneras de terminar esta aventura inigualable. O bien podemos reservar plaza en el tour que se realiza a través de la ciudad, incluyendo un breve paseo por el alcantarillado romano que todavía se sigue utilizando (la zona que se visita ha sido previamente desparasitada); o nos abandonamos al deseo y visitamos el Museo del Chocolate. En este espacio de aromas conoceremos la intrigante historia del chocolate en nuestro país, sus formas de elaboración artesanal y, aquí nuestros ojos se abrirán de puro apetito, al final de la visita seremos obsequiados con una deliciosa cata de chocolates.