Ciudad Rodrigo: una grata sorpresa en el campo salmantino

Alzándose sobre una llanura de dehesas sin final aparente, uno de los enclaves estratégicos más importantes de la España medieval y moderna se ofrece al visitante como un preciado destino

El coche cruza rápido la Autovía de Castilla. Una dehesa tras otra se suceden coloreadas de un amarillo desgajado, mientras las encinas que sirvieron de parapeto para valientes y cobardes de todos los estilos, desde las guerras civiles castellanas hasta hoy, aportan las tonalidades verdes necesarias para descansar la vista. Son las llanuras de Salamanca. Una tras otra se confunden hasta crear un único y maravilloso paisaje.

Al cruzar cierta curva, el horizonte descubre un regalo. Así es el horizonte, ya lo conocemos, esconde debajo de cada una de sus capas una sorpresa nueva, ahora las dehesas, de lejos se adivinan las montañas azuladas y desprovistas de detalles, pero hablamos de una sorpresa nueva en lo alto de una colina y enmarcada por el río Águeda. Es el castillo de Ciudad Rodrigo que nos señala la ciudad, como lo haría un enorme dedo de piedra parda. En torno a este dedo se cierra, igual a un puño, la muralla que construyó Fernando II de León, son 2.250 metros prácticamente impenetrables, solo accesibles a través de las siete puertas repartidas estratégicamente por su perímetro.

La variedad de la ciudad es sorprendente. Igual que cuenta con un patrimonio histórico envidiable y una población hospitalaria como solo se encuentra en los campos de Castilla, cuenta con el famoso Museo del Orinal, el cual, una vez recorridas las partes más icónicas del casco antiguo, merece una visita. Y esta solo se termina tras degustar un plato de su excelente farinato.

Un patrimonio que se remonta hasta la prehistoria

Quiero pensar en esta ciudad como un velo por encima del otro, cada velo perteneciente a una época diferente, a un mundo diferente, incluso, desde los años de la Edad de Bronce en que la poblaron los primeros hombres hasta hoy. Cada uno fue tejido con técnicas diferentes y nuevos patrones. Con el paso de los años, el velo se desgasta hasta desaparecer. Por eso apenas quedan vestigios de los primeros habitantes de Ciudad Rodrigo, los vetones - denómino utilizado por romanos y griegos para designar a los pobladores celtas de la Península -, y su velo ya casi se ha deshecho. Como recuerdo se mantiene muy quieto y pensativo, erosionado y descornado, la escultura de un verraco de piedra situado en la plaza exterior a su castillo.

El velo de la época romana también está muy castigado, apenas quedan de valor tres columnas de lo que hace siglos fue un esplendoroso templo, pero ocurre con ciertos velos que fueron trenzados con una fuerza y una pasión que los años no les afectan. Se han impregnado en la tierra hasta echar raíces. En el caso de Ciudad Rodrigo, este es el velo de la Edad Media.

La Catedral de Ciudad Rodrigo

Cogemos el velo con dos dedos por una esquina y recorremos la mano con cuidado. Entrando la muralla por el noroeste, un visitante despistado se encuentra de bruces con uno de los mejores ejemplos de arquitectura románica de transición gótica que guarda nuestro maravilloso país. Es la Catedral de Santa María. El friso, representando 12 figuras del Antiguo Testamento, encaja con una sencillez exquisita con un tímpano de la Edad Moderna, en el cual se sitúan cinco figuras románicas: San Juan, San Pedro, Cristo Pantocrátor, San Pablo y Santiago. Merece la pena palpar la piedra, deleitarse con ella, enloquecer durante unos minutos al descubrir que este edificio recio y de apariencia imbatible fue construido hace casi siete siglos. Imaginar las llamas napoleónicas golpeando sus muros.

¿Por qué insistieron los muros en proteger la catedral frente al fuego? Se mezclan como el acero fundido con pedazos de la muralla. ¿Qué habrá dentro que sea tan valioso? Haría falta cruzar la puerta, guardada por los santos, para responder estas cuestiones. Habría que abrir los ojos hasta su máxima extensión y acostumbrarlos a la luz tibia entrando por las cristaleras. Afinar el olfato. Aprender a asombrarse. La belleza de las catedrales radica en que divide la tierra en dos mundos: uno, fuera, en las calles ajetreadas y estridentes y manchadas; otro en su interior, de calma y silencio y paredes impolutas. Este segundo mundo protegían los muros. Seis capillas, tres sepulcros y dos altares son los países y las ciudades de este nuevo mundo de piedra gris. El retablo de la Capilla de los Dolores, el retablo de la Capilla de la Virgen de la Faja y el altar de alabastro o de la Quinta angustia son sus ríos, sus llanos y sus montañas. Atrévete a explorarlos.

El Castillo de Enrique II

Tres años después de asesinar a su hermano (Pedro I) a puñaladas, Enrique II de Trastámara, fundador de la dinastía Trastámara, ordenó construir una serie de fortificaciones que vigilasen la frontera del reino vecino de Portugal. Para el emplazamiento de Ciudad Rodrigo quiso utilizar el alcázar que ya construyó Fernando II junto a sus murallas. La base era sólida y de fiar. Traidor para unos, héroe para otros, Enrique el Fraticida quiso señalizar su dominio sobre Castilla a la manera de los antiguos reyes: levantando este colosal edificio de piedra compacta que pusiera en sobreaviso al invasor. Inexpugnable desde cualquiera de sus esquinas.

Todavía pueden verse los cuervos entrando y saliendo de su lado de la muralla, son un símbolo del medievo que pervive, como si esperasen con la paciencia que les caracteriza a que regresen los tiempos oscuros. El velo medieval de Ciudad Rodrigo es uno moteado por cuervos negros y catedrales, traiciones y dinastías inmortales. Y es cierto que al entrar en el Castillo, que desde 1929 forma parte de la red de Paradores Nacionales, una extraña sensación sacude al visitante. Quien estudió su historia antes de penetrar el portón, puede ejercitar las piernas de la imaginación y olfatear la sangre en las almenaras, o escuchar con oído atento el tintineo de las cotas de malla.

Codiciada, de una forma u otra

La belleza de Ciudad Rodrigo y su posición estratégica junto a la frontera portuguesa la han vuelto un enclave codiciado por cada uno de los velos que la cubren en deliciosa armonía. Navegando el río de la Historia hasta las guerras napoleónicas, encontramos vestigios escritos de las fechas en que los franceses tomaron la ciudad tras un tozudo asedio de veinticuatro días. Tozudo porque no fue hasta que los franceses abrieron una brecha en las murallas que la ciudad se rindió.

Dos años después, el duque de Wellington acudió para liberarla de las tropas francesas, y tras diez días de asedio consiguió la victoria antes de proseguir su paso hacia Badajoz. Como agradecimiento fue nombrado duque de Ciudad Rodrigo por Fernando VII.

Con el paso de los años, la ambición cobra una nueva forma, más pacífica y bondadosa con la valerosa ciudad. Viejas ideas son desechadas y se manejan nuevos conceptos, se desecha la guerra, se maneja el turismo, y localidades con una Historia tan rica como Ciudad Rodrigo se convierten rápidamente en un objetivo codiciado por turistas de todo el mundo. La invasión es silenciosa y beneficiosa. A los franceses ya no les hace falta el mordisco de la pólvora para entrar en la ciudad, cruzan las puertas de la muralla sin derramar una sola gota de sangre, y caminando por sus calles me hice algunas de las preguntas que suelo divagar.

Me gusta imaginar las ciudades como criaturas vivas y palpitantes. ¿Qué pensará Ciudad Rodrigo al sentir los pies franceses y aragoneses y portugueses transitando por ellas? Antes fueron peligrosos. ¿Se le erizará la piedra por la tensión? ¿Seguirá alerta, a la espera de una traición que considera inevitable? Espero que sí. Aunque nunca volvamos a recurrir a esta violencia, vivimos en un mundo demasiado débil para menospreciar sus partes más resistentes. Y Ciudad Rodrigo es resistente como pocas ciudades en España.