El cielo en la tierra: aquí viven los dioses según sus religiones

No todos los dioses han habitado el cielo, numerosas religiones situaron a sus deidades en regiones terrenales, posibles de visitar en la actualidad y dueñas de una espiritualidad embriagadora

Los viejos dioses han muerto. Su final vino dado por las herramientas de la palabra y del acero, lenta pero inexorablemente empujados a una esquina del mapa, hasta que su término fue inevitable, y de ellos apenas queda el recuerdo que historias viejas quieran narrar. Pero resulta sorprendente, pese a todo, visitar los lugares que una vez habitaron estos dioses aniquilados, las zonas sagradas del mundo que civilizaciones enteras adoraron a lo largo de los siglos. Siglos o incluso milenios sirviendo de morada para estos dioses, los antiguos lugares sagrados todavía se desenvuelven cargados con algún tipo de espiritualidad indescifrable, se siente en el aire y en la tierra, se siente en nuestra fantasía caprichosa. Estos son los lugares sagrados dentro de lo sagrado, el culmen de la espiritualidad religiosa.

Algunos dioses resisten en estos lugares, sin embargo. No todos se han derrotado. Yahvé se mantiene fuerte, también Shiva o los dioses africanos. Del resto quedan sombras pululando por sus viejas moradas, esperando al momento adecuado en que les permitan volver a despertar. Durante milenios controlaron la voluntad de los hombres y ahora... por fin reconocen que la fe del ser humano era la única fuerza que los mantenía vivos.

Monte Olimpo

La cumbre más alta de Grecia y la segunda entre los Montes Balcanes. Esta montaña de 2919 metros de altura y situada entre las regiones griegas de Macedonia y Tesalia fue, desde tiempos de Homero hasta la desaparición de la religión griega, el lugar de residencia de sus dioses. Zeus, Hera, Atenea, Apolo, Afrodita, Artemisa, bellos y poderosos habitaban los palacios situados en este monte que, según la tradición, estaban hechos de puro cristal. A esta reunión de fuerzas naturales se le llamó el Concilio de los Dioses, presidido por el padre Zeus.

Existen dos teorías en lo que respecta al origen del Olimpo: la primera afirma que se trata de uno de los hijos de Gea, la madre tierra y considerada la diosa más anciana por los antiguos griegos, uno de sus hijos porque era ella quien había alumbrado a todas las montañas del mundo. Una segunda historia, quizá más lóbrega, dice que el Olimpo se formó a sí mismo, surgiendo por voluntad propia de las profundidades del inframundo. Tomando ambas leyendas para nosotros, si visitamos este precioso monte griego podríamos considerar que viene creado por los dos polos de la vida, como debe ser cuando hablamos de la morada de los dioses inmortales: viene por la madre creadora y la muerte destructora.

Teotihuacán

El nombre de esta sorprendente ciudad mejicana, hoy ruinas, puede traducirse como “ciudad de los dioses” o “lugar donde los hombres se convierten en dioses”, según fue llamada por los mexicas al descubrirla tan hermosa como es, ya deshabitada por alguna razón que ellos desconocían (nosotros suponemos que fue abandonada en el siglo X, durante un periodo de sequías, aunque no puede comprobarse). Así pensaron que esta maravilla, hoy declarada Patrimonio de la Humanidad, no podía ser sino obra de seres superiores a los hombres, de dioses o de hombres transformados en dioses. Se ignora qué nombre tuvo en sus inicios.

Aunque se decía de los dioses mesoamericanos que vivían en el cielo, las sagas aseguraban que esto ocurrió después de una brevísima estancia en la tierra al inicio de los tiempos. Esta idea hizo pensar a los mexicas que de haber habitado realmente la tierra en algún momento de su existencia, esta debía ser su morada. Posteriormente se creó una leyenda explicando que el lugar en que el Sol y la Luna comenzaron a ser dioses fue precisamente esta ciudad, idea sustentada por la impresionante Pirámide del Sol de Teotihuacán que todavía hoy puede visitarse.

Monte Kailāsh

Conocido bajo el sobrenombre de “la montaña más sagrada de Asia”, en el Tíbet, se trata de la única cumbre conocida que jamás ha intentado ser escalada. Esto se debe a la importancia religiosa que el monte tiene para las religiones budista e hinduista, que le señalan a su vez dos leyendas bien diferenciadas para denostar su importancia espiritual. Aunque el monte se encuentra en una región alejada del Himalaya tibetano, seguidores de ambas religiones peregrinan hasta aquí si el tiempo y su bolsillo se lo permiten, en un largo trayecto a pie entre las montañas. Solo hay una norma a seguir si visitas el monte: está prohibido pisarlo.

La religión hinduista asegura que Shiva, uno de sus dioses supremos y relacionado con la destrucción y la renovación del Universo, habita en la cumbre de esta montaña. Los Puranas (un tipo de literatura mitológica hindú) describen el Kailāsh como un monte cuyas laderas están hechas de rubí, oro, cristal y lapislázuli, considerándolo el centro del mundo espiritual por el dios que lo habita. La montaña en sí se supone el falo de Shiva, conocido como linga, y el lago Mana Sarovar que reposa en su valle es considerado la vulva de su amante, la diosa Párvati.

La rama tántrica del budismo supone que en la cumbre no habita Shiva, sino el buda Demchog, representación máxima de la dicha. A esta creencia se le añade una leyenda un tanto peculiar. Parece ser que hace varios cientos de años, Jetsun Milarepa, uno de los mejores budistas tántricos de la región, peregrinó hasta el monte para retar al sacerdote de la religión Bön, Naro-Bonchung, y llevar de esta manera el budismo al Tíbet. Fue un combate espiritual sin precedentes. Tras días, puede que incluso meses de enfrentamiento sin que ninguno superase al otro, acordaron que el primero en alcanzar la cumbre del Kailāsh sería el ganador. Cuál sería el asombro de los espectadores al ver a Naro-Bonchung subir a su tambor mágico y ascender volando a toda velocidad. Cómo de afectados debieron ser los gritos de estupefacción al ver a Jetsun Milarepa sentarse a meditar, alcanzar un estado de conciencia superior y cabalgar los mismos rayos de sol hasta la cima, adelantándose al sacerdote Bön y extendiendo el budismo por todo Tíbet.

El Jardín del Edén

“Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado”. Así describe el libro del Génesis la formación del jardín donde más tarde serían creados Adán y Eva. Aunque este nunca fue lugar de residencia para dios alguno, sí que se considera una región sagrada, posiblemente habitada por ángeles además de los primeros humanos, y según explica el Antiguo Testamento también podía ser el mismo Dios quien bajaba cada cierto tiempo para pasear entre sus frutales.

Se desconoce dónde podía encontrarse el Edén, pero al escribirse en el Génesis que se trataba de un huerto situado al oriente, se ha supuesto que existió realmente, y que estaba localizado al oriente de Israel, esto es, en Oriente Medio. Las teorías son dispares. Matthias Sulz señaló una región al este de Turquía, donde se descubrieron evidencias arqueológicas de 11.000 años de antigüedad en las que se mostraba una civilización adoradora de serpientes. El arqueólogo Klaus Schmidt situó el Paraíso en una colina de Urfa, actual Sanliurfa, basándose en un centro arquitectónico religioso con una morfología espiritual similar a la de Stonehenge. Pero la teoría más aceptada por los expertos parte de David M. Rohl.

Este egiptólogo británico ubicó el Paraíso en el norte de Irán, cerca del lago Urmía y regado por cuatro grandes ríos, entre los que se encuentran el Tigris y el Éufrates. Y debe reconocerse que sus argumentos se sustentan en la historia más que en la leyenda: se conoce que los habitantes de esta región fueron los primeros en crear la civilización tal y como la conocemos ahora, aquí se levantaron las primeras ciudades, y milenios atrás se trataba de una región rica en recursos y de una exuberante naturaleza. Pero hay más, todavía más asombroso. Basta una visita al Museo Británico para observar un sello encontrado en esta región, datado de hace 4.000 años, en el que se pueden observar a un hombre y una mujer sentados junto al árbol de la vida de siete ramas. Tras la mujer aparece enroscada una serpiente. ¿Será esta imagen el recuerdo de una vieja historia, tan vieja como el hombre, reinterpretada o transmitida siglos después por los primeros escribientes de la Biblia?