Oviedo, la sirena del norte

Desde que sus primeros edificios asoman por la carretera hasta el centro mismo de su casco histórico, la ciudad está vestida para enamorar a cualquier visitante

TIEMPO EN OVIEDO
Alberto MoranteEFE

Atraviesa los tejados de los edificios el graznido de una gaviota. Está inquieta, no encuentra el mar. Presa de un hechizo fue arrancada de las olas, empujada a través de montes y riachuelos, sus alas batían el aire como la espuma. No descansó hasta aterrizar en el centro mismo del aullido que la llamaba. Meneó las plumas, confundida, y buscó ansiosa el mar. Puedo verla mientras paseo por la Calle Conde de Toreno, boqueando al percatarse del engaño, salta de tejado en tejado a la espera de que alguno de ellos la devuelva al hogar.

No es la primera gaviota que veo en Oviedo, tampoco será la última. Ya he descubierto que se trata de una ciudad encantada, todavía existen algunas en nuestro mundo electrificado que son pura madera, piedra, historias y estrellas. Con sus susurros atrae a gaviotas y extraños, como haría una sirena, canta sus susurros, y nosotros no podemos resistirnos al merodear por la niebla que la rodea, nos dirigimos como la gaviota ciega a sus muros coloreados. De paso por lo eterno nos detenemos a escuchar la melodía y descubrimos la ciudad, en el punto exacto donde termina la bruma. Vestida con elegancia, coqueta, nos espera esbozando una sonrisa encantadora. Oviedo, la ciudad sirena. Su dulce voz atrae desde hace siglos a guerreros y poetas.

El vestido de la sirena

Ya hemos caído de lleno en los brazos suaves de la sirena. Los próximos momentos serán claves, determinarán si somos capaces de liberarnos de su voz o si sucumbiremos definitivamente a ella. Los párpados pesados se niegan a resistirse, cada movimiento parece dirigido a la entrega. Impulsados por la tentación de sus curvas suaves y brillantes, decidimos dar un paseo por su cintura de intrigas, quién sabe, quizá merezca la pena dejar de luchar para extraviarse. Perdernos en su cuerpo de callejuelas será la mejor manera de decidirlo.

Iglesia de San Juan el Real en Oviedo.
Iglesia de San Juan el Real en Oviedo. FOTO: realfaketraveler pixabay

¿Viste los edificios de Oviedo? ¿La larga cola de escamas? Son los azulejos que decoran las calles que rodean su casco histórico, de colores verdes, azules y amarillos apagados. Brilla cada esquirla de forma independiente frente al sol asturiano. Porque una primera zancada en nuestra decisión pasa por pasear con cautela sus calles, por ejemplo atravesando la Calle Fruela, donde se levanta imponente el Palacio Regional, sede de la Junta General del Principado de Asturias. Su estilo neoclásico se desenvuelve con soltura por los bandazos de la Historia, como una carcasa sempiterna en cuyo interior se cuecen asuntos tan fugaces que, para este edificio magnífico, apenas duran un parpadeo. Como ocurre con cualquier sirena, todos los asuntos del hombre nos parecen pequeños al encontrarlas.

Sigue el roce por la piel de la criatura. Nuestros pasos náufragos nos llevan tambaleando a la Santa Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de San Salvador de Oviedo. Acortando, la Catedral de Oviedo. La analogía de nuestra sirena no se desgasta porque en su interior descubrimos todos los botines que ha conseguido por mediación de su canto a lo largo de los años, que digo los años, un año no es más que un guiño para nuestra ciudad de cuento; los siglos, siglo tras siglo ha cantado. Reliquias, botines como podría ser el Santo Sudario, el Arca Santa o la Cruz de la Victoria - la leyenda asegura que en el interior de su cubierta de oro se encuentra la cruz de madera que enarboló Don Pelayo durante la Batalla de Covadonga - se esconden en el escondrijo seguro que supone la Catedral.

Los que no escaparon

Yo conseguí escapar del hechizo de Oviedo a duras penas, tapándome los oídos y vendándome los ojos, pero antes tuve tiempo de ver a los afortunados que no lograron huir a tiempo. Están allí, paralizados en forma de estatuas. La historia real trata de que, al ser la ciudad donde se entregan los Premios Princesa de Asturias, a lo largo de los últimos ciento y pico años se han anclado esculturas de personajes con gran relevancia artística y cultural. Pero vamos a aferrarnos a la metáfora durante unos segundos más. ¿Por qué no iban a ser los hechizados?

La estatua de Mafalda observa con curiosidad a los paseantes.
La estatua de Mafalda observa con curiosidad a los paseantes. FOTO: Comorebi

La estatua de La Maternidad, obra del inmortal Botero, sujeta fuerte a su chiquillo para que no se le escape. Josefa Carril, fotógrafa junto con su marido de la burguesía de ovetense, se mantiene inmóvil en el Campo San Francisco. Mafalda, la caricatura de Quino, descansa aliviada de sus preocupaciones políticas. Woody Allen mantiene la mirada confundida tras las gafas, todavía preguntándose cómo ha podido terminar tan lejos de su país natal. Leones, Santiago Apóstol, la bella Lola, vacas, Afrodita, incluso Isabel II consiguió regresar a España para anclarse en Oviedo. Son los hechizados, bronce, mirada ausente, entregados sin resistencia al bello canto que murmulla la ciudad a través de las montañas asturianas.

El Museo Bellas Artes de Asturias es la retención definitiva. Cuadros de Sorolla, Dalí y Miró, junto con sus personajes amañados por la magia de la pintura, cayeron primero en la trampa de estos genios y más tarde en la de Oviedo. Doblemente engañados, por doble partida están encerrados. Merece la pena hacerles una visita (la entrada es gratis) y entretenerse con ellos. Pero no esperes demasiado, no seas como ellos que lo abandonaron todo por seguir viendo - aunque solo fuera desde su esquina - este cuerpo de roca y arrullo. Ten cuidado. Tú también podrías acabar petrificado.