Un recorrido de principio a fin por el río Ebro

Siguiendo el recorrido del famoso río podremos conocer algunas de las zonas más representativas de nuestro país

Flamencos en el Delta del Ebro.
Flamencos en el Delta del Ebro.Gerold Grotelueschen dreamstime

¿Y si probásemos una nueva forma de viajar? O mejor aún, ¿y si probásemos a viajar cómo se hacía antes? Pero escucha lo que te vengo a decir. A día de hoy la mayoría de nosotros viajamos en función de los pueblos, las comarcas, las ciudades, los países, quizá algún que otro camino como el de Santiago, pero en definitiva buscamos algo concreto, tangible, fácil de delimitar cuando les expliquemos nuestras vacaciones a los amigos. Son unas vacaciones, por San Antonio, tampoco queremos complicarnos más la vida. Pero mira lo que te vengo a decir hoy: ¿y si nos complicásemos la vida? ¿Y si te dijera que, como la vida ya es de por sí complicada, al añadir esta nueva complicación ocurre como con las matemáticas, cuando un doble negativo deriva inevitablemente en un positivo, y complicando lo que ya es complicado conseguimos simplificarlo todo? ¿Y si en lugar de viajar persiguiendo ciudades, lo hiciéramos persiguiendo ríos?

Así me lo comentó hace años un viejo amigo, durante un tipo de confidencia sagrada que solo ocurre en las barras de bar de madrugada, y, desde que empezó la pandemia y el mundo se ha vuelto todavía más complicado, pues entonces deberíamos probar suerte y hacer como me dijo Ramón. Complicarnos la vida un poquito más mientras viajamos en paralelo a los ríos. Y este artículo correrá uno concreto: el Ebro.

El río Ebro nace en el pueblo de Fontibre (Cantabria)

Fuentona de Fontibre. FOTO: acongar dreamstime

Y cuando rompe a llorar lo hace muy mansito, apenas si patalea. Lágrimas dulces brotan de la dura roca y ya no pararán hasta que accedan al mar Mediterráneo, 930 kilómetros después. Una figurita de la Virgen del Pilar custodia este recoveco cántabro que es prácticamente sagrado. En la simplicidad de su primer movimiento adivinamos la complejidad del recorrido que vendrá, manoseado continuamente por la voluntad insuperable del ser humano. Hasta 70 presas se interpondrán en su camino hacia el viejo mar pero hoy, cuando el agua ve la luz por primera vez en miles de años, todo es silencioso y manso, todo transcurre con una calma embriagadora que balancea los troncos de los chopos más esmirriados. Estamos en la Fuentona de Fontibre y somos testigos de uno de los milagros naturales más preciados de nuestro país.

Dato curioso número 802 sobre el río Ebro: hay quien dice que su nombre proviene del griego Θεία, que era como llamaban a una titán hija de Urano (dios del tiempo), también conocida como Tía, o Tea, también conocida como Euryphaessa y conocida por ser la madre del sol en la mitología griega.

Tiene sentido que algún griego pensara que la diosa nació allí, tan lejos de sus islas, tan definitivamente próxima al fin del mundo, a pocos kilómetros de Finisterre y del lugar donde moría su hijo cada día…. Quién sabe, podría ser, pero en cualquier caso que merece la pena visitar este paraíso húmedo y rezarle a esa virgen, la Madre de Dios, o a esa madre de dioses (no sólo era del Sol sino que también le decían madre de las diosas de la luna y de la aurora), según las supersticiones de cada uno.

Tras un vaivén de curvas, el río se ensancha a sus anchas y toca con su lengua embarrada los puentes de Logroño

Puente de Piedra sobre el Ebro (Logroño) FOTO: Ebro dreamstime

Esa ciudad ruidosa que bebe directamente de un producto más próximo a la fuente y donde, por tanto, su droga es más pura que la que encontremos más abajo. Más abajo lo contaminarán las porquerías ocasionales de los maleducados y las aguas extrañas de decenas de afluentes, criaturas inferiores al Ebro. El caudal de otoño es jovencito pero el agua, dos partes de hidrógeno y otra de oxígeno milagrosamente concentradas por una aparatosa desviación del azar o la mano perfecta de Dios, la meada de los dinosaurios, el agua es tan vieja que los vaivenes del tiempo y la gravedad le suenan a chino, a sandeces que piensan los chiquillos de ahora, algo así.

En La Rioja hay dos destinos imprescindibles para paladear un poquito de la abundancia del río: la Calle Laurel y una bodega. Y si puedo recomendar una, entonces que sea una visita a las Bodegas de Marqués de Riscal y el intrincado edificio que diseñó Frank Gehry para ellos, algo genial. En una visita donde podremos tocar las uvas rojas a punto de estallar, la tierra roja que es pura arcilla hidratada con la magia del río. Y paladear con una lujuria sofisticada el néctar de un viejo dios que ofreció su vida para luego resucitar (y me refiero a Dionisio), y pasar a la siguiente versión de su sangre, esta vez cosechada en la vendimia del 2002.

Después de nadar este mar de vides destinadas exclusivamente a saciar nuestro apetito de placer, toca una visita a la Calle Laurel. Griterío, pulso, ritmo, setas humeantes y embuchado frito. La senda de los elefantes serpenteando entre garitos. Borrachos, putas, turistas obnubilados. Buenas familias, caricaturas, todo está aquí bañándose en los cosecheros de la Calle Laurel. Es el efecto que provocan en nosotros los condimentos del río. Nos concede un tipo de vida similar al Antiguo Egipto, crecen rascacielos a las orillas, dominamos las matemáticas, por las noches la humedad trae consigo luces y bullicio.

Tudela y Zaragoza son dos ciudades más que van a la alza porque en el Ebro ocurre una jugada graciosa:

Basílica del Pilar junto al río Ebro (Zaragoza) FOTO: Marlee dreamstime

Cuánto más cerca esté una ciudad de su desembocadura, más antigua será su importancia consiguiente en la Historia. Fíjese si no que Tarragona ya la pisaron los Escipiones (210 a. C), Zaragoza fue fundada por el emperador Augusto en el 14 a. C, Tudela fue un importante reducto del reino navarro mientras que Logroño solo hace sesenta años que saca su tajada. ¿Y qué pasará cuando no le queden ciudades para quemar?

Pero, aunque Tudela daría para escribir varias páginas, el espacio de este artículo es limitado y solo da tiempo para hablar de la más importante de las dos, la fierecilla, Zaragoza. Un viento del norte sopla cada pocos años en esa ciudad a medias. Fíjese en la orilla sur de Zaragoza porque también se han fijado en ellas muchísimos hombres más importantes que usted o que yo, así se lo digo, y si no pregúntele a Napoleón o Rodrigo Díaz de Vivar o Alfonso VI o Francisco Franco o Adriano o yo que sé, son muchísimos, en la lista caben hasta varios caudillos visigodos, es una lista larguísima. Una vista sobre otra allí olvidadas, como candados en un puente de París.

Aquí también vive una Virgen, una que ya conocíamos de antes. La llaman del Pilar y es preciosa. Diminuta y belicosa, dicen incluso que una vez evitó que estallara una bomba republicana en el interior de su basílica. En esta ciudad fundada por esos depravados romanos el río lo han domado y las edades retroceden junto con su caudal, es fascinante, y súbitamente nos enfrentamos a una España mucho más conocida, más ajada en sus tradiciones, en esa adoración a su pilar y las calles históricas que soportaron los saqueos de romanos, germanos, árabes, mercenarios, franceses… y de españoles, claro que sí, ¿o que creen ustedes que hicieron las tropas de Alfonso I el Batallador cuando recuperaron la ciudad en 1118? ¿Dar la misa y volverse para casa? Pues teniendo en cuenta que Sancho el Fuerte (que por cierto nació y murió en Tudela) era más alto que Pau Gasol, no te lo pierdas, imagínate cuando hablamos del Batallador, ojito, este tipo con la política de hoy se conquistaba hasta las catacumbas de Tierra Santa.

Tomamos un momento en recuerdo de Agustina de Aragón. Y seguimos con la canoa río abajo.

El cielo se vuelve azul mientras el final sucede con total normalidad

Arrozales en el Delta del Ebro FOTO: Aleksey Anashkin dreamstime

El agua, como haría cualquier criatura viva, saca las garras a la desesperada y se sujeta a los tallos de los arrozales como buenamente puede, se resiste a su final en el Delta del Ebro, se hunde y se hunde en la tierra procurando regresar a las montañas por las grutas subterráneas. No acepta su final que por otro lado es evidente. ¡Y todo esto ocurre en un silencio terrorífico! Los gritos del río no son perceptibles para el oído humano y las cigüeñas y los flamencos picotean en el sedimento, llevándose consigo pedacitos de agua que terminarán siendo mierda, un ingrediente ideal para embarrar el barro donde se aferra.

Punto a favor para ese átomo del río. ¡Hurra!

Es un lugar ideal para visitar y sentirnos románticos. Aquí el pánico del agua lo ocupa prácticamente todo y resulta en un espectáculo fascinante. Todo llano, llano. Pequeños granos de arroz camuflados. Es la dulzura de las montañas que por fin devora el mar. El hambre del hombre exprimiendo los últimos coletazos de este río que muere despistado, acribillado por todas partes, silencioso, rebelde, complicado. Garzas, patos, cigüeñas, cangrejos, pececillos y muchísimos bichos más también se aprovechan. El río, ansioso por no morir, no sabe que le están matando. Que de una forma u otra le matan estos animales nauseabundos, o le matará la sal del mar.

Pero hoy en la parada de autobús nos importa tres carajos cómo muere el dichoso río, a que sí. Y ni oír queremos de que estemos matándolo nosotros.