Etxegana, esencia indonesia en la montaña vasca

Hotel Etxegana, Resort & Spa presume de la acreditación de «Relais du Silence», lo que garantiza la desconexión del viajero en plena naturaleza

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Vizcaya.

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18 de mayo de 2018. 07:38h

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Mónica de Miguel .  Vizcaya. 18/5/2018

Tras la lectura de este artículo va a quedar un viaje pendiente, una escapada que llenará al viajero de emoción al conocer uno de los tesoros que alberga el País Vasco: el Parque Natural de Gorbeia. Este paraíso se encuentra entre Vizcaya y Álava. Hablamos de más de 20.000 hectáreas de robles, hayas, brezos, helechos, encinas, sauces... y, por supuesto, la montaña y todo lo que regala al visitante, como la imagen de los caballos salvajes pastando entre la niebla. Se trata de los pottoka o los ponis vascos, pacíficos y hermosos. Dando un paseo en silencio, no será difícil verlos. La imagen es de película. Las opciones son muchísimas, desde rutas de senderismo, pasando por una visita a la cascada de Goiuri, un salto de agua de más de 100 metros; hasta subir al monte Gorbeia a ver su inmensa cruz de hierro.

Dentro de este marco nos encontramos con un refugio inesperado. A las faldas del monte más alto de toda Euskadi aparece Etxegana, que en euskera significa algo así como «subir a casa». Y eso es exactamente lo que proponen Luis Orcera y Begoña Fernández de Caso en su hotel. Aquí hay algo que llama la atención poderosamente: la fusión arquitectónica y decorativa del mundo vasco e indonesio está presente y lo hace con armonía, sin estridencias y acompañándose. Nada más llegar, a la izquierda del caserío, nos encontramos con un jogló, un cenador clásico abierto, donde se pasa gran parte de la vida cotidiana en Indonesia; en el interior del hotel, hasta siete grandes puertas nos van pasando de estancia... talladas en madera de teka con filigranas y encajes imposibles. Además, encontraremos camas con dosel hechas en Java, telas italianas, tallas de madera de animales de diferentes tamaños y motivos... y múltiples vitrinas con miniaturas lacadas rusas y otros tesoros de diferentes países. Es como un museo donde el sudeste asiático es el tema preferido.

Y pasamos a la cocina. El restaurante ha cogido tanta fama que ya tiene nombre propio, Oneko, y casi siempre está lleno. Las vistas a la montaña en su comedor panorámico y su propuesta se han hecho un buen hueco. Ya en la mesa, nos ofrecerán platos como las vieiras asadas con verduritas y suero de Idiazábal ahumado, lomo de merluza asada sobre carpaccio de gambón o la chuleta de vaca vieja madurada a la brasa, con guarnición de patata, tomillo y pimientos del piquillo.

Un spa exterior con un circuito amplio completa la oferta, que además, se reserva de forma privada, algo muy especial y poco habitual.

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