«La buena suerte»: la elección entre permanecer o huir de nuestras vidas

Rosa Montero enfrenta el sentido de la existencia en una intriga situada en un lugar inhóspito

Rosa Montero (Madrid, 1951) viajaba en un AVE con destino a Málaga, donde debía dar una charla literaria, cuando su tren se detuvo en una estación inhabitual. La escritora, hasta entonces absorta en su ordenador, contempló desde la ventanilla un paisaje desolado y se fijó en un cartel de «se vende», escrito a mano en un cartón, que colgaba del balcón de un edificio «espantoso» donde nadie querría vivir. El convoy retomó la marcha, pero en Montero ya había arraigado la semilla de una novela que comienza reproduciendo aquel trayecto con parada en el sórdido paisaje. Era abril de 2017 y tres años después el protagonista de su último libro, «La buena suerte» (Alfaguara), viaja en un AVE calcado al que lo hizo la autora con el mismo destino, con la diferencia de que él nunca llegaría a dar la charla en la Costa del Sol. En vez de eso, decide bajarse antes, en Córdoba, y desandar el camino hasta Pozonegro, un lugar inhóspito, comprar el piso pagando 42.000 euros en metálico y recluirse en él, dejando atrás una vida que se intuye exitosa, al menos en lo económico. Y en esa «representación perfecta del fracaso» que constituye su nuevo hogar, vacío y mugriento, arranca su siguiente existencia.

«Mi personaje está herido por la destrucción. Cuando se baja del tren se está bajando de la vida. Ha vivido un apocalipsis personal y tiene que reinventarse, que es un poco lo que nos está pasando a todos ahora», analiza al calibrar el impacto del coronavirus y el confinamiento obligado. Los motivos de su huida desesperada son una incógnita para el lector hasta bien avanzado el libro y la expectativa de desvelarlos actúa como un resorte que lleva a consumir en unas horas un relato tan original como intrigante. «El Mal sin sentido, con mayúsculas, nos enloquece, nos deja aterrados. No hay cosa que lo muestre mejor que los sucesos atroces, esos monstruos que matan, torturan y violan a sus propios hijos», casos famosos publicados en la prensa que Montero extracta en el libro y que obsesionan a un hombre marcado por sus experiencias vitales tempranas.

Todo ello le lleva a recalar en «el sitio más feo del mundo, el infierno urbano», apunta, como una reproducción exacta de un interior destruido, en contraste con su imagen pública. «Se compra esa casa, se encierra ahí y desaparece. Esa idea me emocionó», confiesa la autora. Pero si difícil es pasar desapercibido en un pueblo pequeño y recóndito, más lo es desaparecer en un mundo tecnológico donde basta una búsqueda en internet para que la vida propia aparezca expuesta como en un mercadillo. «Todos los seres humanos hemos sentido alguna vez deseos de escapar de nuestra propia vida, de ser otro. Algunos lo llevan a cabo, el impulso es tan grande que realmente desaparecen», y recuerda cómo desde 2010 en España se perdió el rastro a doscientas mil personas y seis mil casos siguen sin resolver. «De todas maneras, en cada vida hay muchas vidas, vas cambiando de alguna manera. Yo voy por la cuarta», asegura, y «las he vivido todas intensamente, no reniego de ninguna». ¿Qué determina ese cambio? «Circunstancias exteriores, algunas tan simples y machacantes como quedarse viuda, que me ha pasado. Pero fuera de eso hay cosas más sutiles, como que te cansas de ver el mundo de una determinada manera o pones otras prioridades».

La novela se va armando «como una especie de cubo de Rubik», donde las caras son unos personajes a los que distingue su capacidad o no de ver al otro, porque es en esa virtud donde radica la esencia de la bondad. Son además una muestra de las distintas formas de afrontar los acontecimientos, grandes o pequeños, que inevitablemente nos suceden y cómo guardan relación con la actitud vital más que con su gravedad. En el mosaico destaca Raluka, una mujer a la que ni siquiera la dureza de sus vivencias logra arrancarle la idea de que nació tocada por la buena suerte, cuya fuerza inherente acaba por «comerse» la historia. Cajera en un supermercado, mala pintora aficionada, vive con una ilusión desbordante su empeño por mejorar las vidas de quienes se cruzan con ella sin perderse de vista: así entra en la de Pablo, el nuevo del edificio, o asiste a diario a su anciano vecino, ambos enamorados de su arrollador empeño por no cerrar los ojos a las dificultades ajenas, contrapeso ideal ante el individualismo generalizado.

Cuenta Montero que en el proceso de escritura le «han atacado inseguridades» propias de la juventud, algo que no sintió con sus últimas tres obras, y lo achaca a que es «una novela muy arriesgada en muchísimos sentidos: en la estructura, en los personajes y en lo que les sucede». A propósito del resultado, recuerda que «Steinbeck decía que lo mejor es siempre lo más simple, lo malo es que para ser simple hace falta pensar mucho», algo que refleja una historia con la que «me he acercado a rozar el sentido de la vida, que es a lo que aspiro al escribir».