
Opinión| "Méritos e infamias"
Narco con patatas
"Cuando las lanchas planeadoras entraron por los meandros y canales de la desembocadura del río por primera vez, sus pilotos lloraban de emoción porque allí son imbatibles"

Hace bastante tiempo, quizás demasiado, que el narcotráfico mutó en un ser más complejo que aquel que habitaba frente a las costas del Estrecho. Los últimos alijos y las actuaciones policiales recientes demuestran que el modus operandi de estas organizaciones criminales se sostiene en cimientos más sólidos y mejor organizados, por lo tanto más preparados para defender su territorio de la Guardia Civil y la Policía Nacional. Eso lo saben, si no que se lo pregunten a la familia de los guardias asesinados en Barbate. No sé si me explico. La aparición de armas de guerra no es nueva, pero los detenidos hace diez días en La Puebla del Río (Sevilla) contaban con formación paramilitar, lo que demuestra que en el negocio de la droga no sólo están los de siempre, no se trata de los puntos y la guardería del hachís. Se acabó el contrabando de rostro amable. Si se confirman los indicios que aseguran que los clanes sudamericanos controlan ya el narcotráfico en el sur de España podemos estar seguros de que Andalucía en menos de una década comenzará a sufrir los gravísimos problemas de inseguridad que asolan buena parte del continente americano. Es cierto, y no es una novedad, que al amparo del bajo Guadalquivir la delincuencia ha encontrado desde hace mucho tiempo el ecosistema perfecto para reproducirse y cada vez tiene mayor tamaño. Cuando las lanchas planeadoras entraron por los meandros y canales de la desembocadura del río por primera vez, sus pilotos lloraban de emoción porque allí son imbatibles. Controlar la marisma significa dominar una gigantesca área de territorio perfectamente conectada con el Atlántico, a pocos minutos de la capital andaluza y salpicada de poblaciones donde el desempleo manda entre los más jóvenes. El gobierno central, de quien dependen las competencias, debe esforzarse por erradicar de una vez la implantación y consolidación de nuevos focos de delincuencia organizada. Tenemos en el ejemplo del Campo de Gibraltar el modelo a no seguir si queremos que el Estado falle en sus competencias más esenciales.
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