
Blogs
La Democracia te lo da, la Democracia te lo quita

Hace pocos días, Luis Almagro, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), dijo, refiriéndose a Venezuela, que de una dictadura se sale con elecciones. A mí me gustaría añadir, con mucho pesar, que también con elecciones se entra en ella.
Me explico. No hay nada de confuso en reclamar urnas para acabar con una dictadura si la dictadura está clara y se viste de lo que se han vestido las dictaduras: de militares, de tanques en las avenidas, de eliminación de libertades fundamentales. Todos sabemos de qué hablo. Entonces sí, nadie duda.
Pero ¿qué ocurre cuando –como en Venezuela- las elecciones se han utilizado democráticamente para convertir la democracia en una dictadura? ¿Cómo se distingue lo que está por llegar si no hay tiros al inicio? ¿Qué se hace cuando son las urnas las que ponen en bandeja el camino para perpetuar un Gobierno a la fuerza, transformar el sistema para que favorezca al que ha elegido ‘el pueblo’ (la gente) y seguir llamándolo democracia si no lo es? En esos casos, debemos mirarnos en otros. Y en esta Historia que quiero contar, esos otros nos avisan de lo que los autoproclamados ‘amigos de la gente’ y sus confluencias quieren hacer en este país nuestro que no es Venezuela, ni Cuba, ni la URSS de otros tiempos.
Voy por partes.
Con una Cuba comunista asentada tras una revolución –el nombre bonito de un simple golpe de Estado que elevó a los altares del poder al difuntísimo Fidel Castro-, los tentáculos del ‘soviet’ (círculos) dejaron poso y virus latentes por doquier. Esas mismas miasmas llegaron a Venezuela en forma de golpe de Estado (también), en 1992, de manos de un joven militarizado Hugo Chávez que ansiaba convertirse en nombre del pueblo (de la gente), en el Castro venezolano. Tras su fracaso, le bastaron dos años de cárcel y cuatro de reflexión para darse cuenta de que los tiempos habían cambiado. Que su ‘golpe’ debía perpetuarse en un proceso en el que todos confiaban: las elecciones democráticas.
Y así fue. En diciembre de 1998 comenzó el fin de una Venezuela libre. Chávez ganó las presidenciales y todo empezó a cambiar. A peor y hasta derrumbarse.
Primero fue la Constitución (1999). Los venezolanos respondieron SÍ a reformar el texto Magno sin conocer los cambios. Aquel beneplácito le permitió al comandante aumentar su mandato de cinco a seis años, establecer la cámara única (Asamblea Nacional de hoy), permitir la reelección inmediata y cambiar el nombre al país. Casi nada.
Con la nueva Norma en la mano, al pueblo (la gente) enardecido por el triunfo de las urnas en la otra y con un sistema electoral a medida, Chávez ahondó en la transformación de las instituciones. Un año después, tras unas elecciones presidenciales para cambiar a todos los cargos del país –incluidos alcaldes-, ya tenía a los suyos donde él quería. Y el país, a su merced.
En 2002, el propio Chávez es víctima de un golpe de Estado que le mantiene alejado del poder apenas dos días. Una pantomima, dijeron muchos, que Chávez supo utilizar muy bien para anclarse aún más en el mando.
El socialismo de Chávez se abría paso en una Venezuela a la cubana que entre 2005 y 2012 celebraría todo tipo de procesos electorales –legislativos, presidenciales, regionales- para fijar más el sistema chavista, a falta de una vuelta de rosca más: en 2009, un nuevo referéndum constitucional eliminaba los límites a la reelección de cargos públicos. Otra vez, un Chávez perpetuo. De no haber sido por el cáncer, seguiría gobernando con el favor de las urnas aunque no tanto con el del pueblo (la gente), al que el hambre poco a poco despierta. Un despertar de miles de voces en las calles que piden libertad y pan entre las balas del chavismo.
Lo que sabemos ahora de Venezuela se encarama a los titulares de los medios de comunicación del mundo: hundimiento, pobreza, represión, presos políticos y desabastecimiento. Ya ni la patria cura, ni se puede comer –tan nutritiva en otros tiempos- a falta de la Harina Pan para hacer las arepas. El mundo conoce el mal a través de las largas colas en los supermercados controlados y vacíos y de la celda del opositor Leopoldo López.
Y Venezuela nos avisa. Lo hace a su manera, diciéndonos que la simiente de Chávez y su “común ismo” tiene nombre, apellidos y color: Pablo Manuel Iglesias y su Podemos morado.
✕
Accede a tu cuenta para comentar