En caso de explosión nuclear, beba cerveza

Un antiguo informe revela los bajos índices de radiación en bebidas enlatadas y embotelladas tras una explosión nuclear, siendo ideales para el consumo de emergencia.

Se despierta una mañana con una gran sacudida. Algún país malévolo o un grupo terrorista ha dejado caer una bomba atómica en su ciudad. Todo el centro está completamente arrasado, y la sacudida de la onda expansiva que le ha despertado retumba y sacude todo el edificio, que consigue aguantar a duras penas en pie. Por primera vez, se alegra de vivir en la periferia de la ciudad, por muy mal comunicada que esté.

Sale corriendo de casa para comprobar que el hongo nuclear aún permanece en el cielo. El calor es asfixiante, y los gritos y alarmas son ensordecedores. Pero no es lo peor. Aunque no pueda verlo, sabe que el mayor peligro sigue ahí: la radiación. La bomba atómica ha emitido tal cantidad de energía que se han liberado partículas capaces de chocar contra los átomos de su cuerpo y volverlos inestables. Al despertar ha recibido la cantidad de radiación equivalente a miles de radiografías al mismo tiempo. Ahora se siente bien, pero probablemente su esperanza de vida haya disminuido de manera incierta. La mayor parte de los japoneses víctimas de las bombas de Nagasaki e Hiroshima no murieron por la explosión, sino semanas después por culpa de la radiación.

Aunque su cuerpo ya ha sufrido daños por la radiactividad, debe concentrarse en evitar empeorarlo. Aléjese de la zona de la explosión, y rápido. La bomba atómica ha liberado varios átomos radiactivos, presentes en el aire y en el suelo, y que pueden empeorar aun más su salud simplemente por el hecho de estar al lado.

Mientras escapa de la multitud para evitar recibir más dosis de radiación, se da cuenta del mayor problema de todos: no ha desayunado. Su día se ha resumido en levantarse y escapar en pijama, pero no ha comido ni bebido nada desde anoche, y su estómago empieza a quejarse. Ve un bar cercano con el cristal reventado de la onda expansiva y le asalta la duda. ¿Realmente podrá comer algo expuesto a una explosión nuclear?

Curiosamente tenemos una respuesta a esta duda, a través de un informe bastante completo. Eso sí, no verá el informe en ninguna publicación científica, ya que el experimento fue organizado por el gobierno de Estados Unidos.

Sobrevivir a base de refrescos

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos estaba realmente preocupado por recibir un ataque nuclear por parte de la Unión Soviética. Era una época de miedo y planes de evacuación. Las escuelas practicaban simulacros mensuales de planes de evacuación en caso de ataque nuclear (consistía básicamente en situarse debajo del pupitre y rezar por estar suficientemente lejos de la explosión). Bajo esta premisa, el escenario de arriba se vuelve suficientemente interesante como para buscar una respuesta adecuada a la pregunta.

En principio, la respuesta es sencilla: no comer ni beber nada. Toda la comida y bebida que encontremos habrá sufrido la misma radiación que nosotros, y no debemos consumir comida radiactiva. Aunque hayamos recibido tanta radiación, la mayoría de células de nuestro cuerpo se renuevan con facilidad. Tenemos mecanismos capaces de reparar el daño del ADN provocado por la radiación, y nuestras células se dividirán usando como materiales los compuestos químicos que ingerimos. Poco a poco, la radiación total de nuestro cuerpo ira bajando a medida que reparamos el daño. En cambio, si los compuestos químicos que ingerimos son radiactivos o inestables no lograremos nada y tendremos peores efectos secundarios a la larga.

Eso no significa que debamos morirnos de inanición en nuestra huida post-apocalíptica, podemos probar a beber algo envasado. En 1955, la Administración de Defensa Federal Civil de Estados Unidos elaboró un detallado informe para comprobar el efecto de una explosión nuclear en las bebidas envasadas. Si estos envases lograban soportaban la radiación, sus contenidos podrían ser consumidos por los supervivientes o ser recogidos por los equipos de rescate en la ciudad evacuada.

La respuesta a esta pregunta puede obtenerse de manera teórica, pero lo ideal es comprobarlo experimentalmente. Los investigadores tenían acceso al campo de pruebas de prototipos de bomba atómica en Estados Unidos, y antes de las explosiones, situaban diferentes bebidas comerciales, dentro de sus propias latas y botellas. Paradójicamente la única bebida no incluida es el agua; ya que no existía el agua embotellada en esa época. Tras la explosión nuclear, sus principales recursos serían la cerveza, los refrescos, y el agua con gas. No es la mejor dieta del mundo, pero es mejor que morir de sed.

El informe consiste en diecisiete páginas con tablas de mediciones de radiactividad tras la explosión nuclear en una gran variedad de bebidas y situaciones. Las bebidas se situaban a diferentes distancias de la explosión, y se incluyeron bebidas metidas en neveras, enterradas bajo tierra (simulando un sótano), o simplemente al aire libre. Incluso probaron a apoyar las botellas en diferentes ángulos para tratar de buscar la mejor manera de apilarse ante un desastre nuclear.

Tras recibir la onda expansiva de la explosión algunas botellas del exterior salieron volando por los aires o reventaron ante el choque de la metralla, pero el resto permanecieron sorprendentemente intactas. Tenemos bebidas intactas a partir de los cuatrocientos metros del impacto, candidatas ideales para comprobar si pueden ser consumidas o no.

Para sorpresa de los investigadores, la radiactividad de las bebidas era muy baja en todos los casos. Lo suficiente como para ser consumidas con seguridad. Las latas de metal y las botellas de vidrio se habían vuelto radiactivos, pero habían actuado como escudos para su contenido. Paradójicamente, ya que el recipiente es radiactivo, los líquidos de su interior se volverán cada vez más radiactivos a medida que pase el tiempo, pero en el escenario de un uso de emergencia inmediato se convierten en el recurso perfecto.

Como último detalle, hicieron una cata a ciegas con las bebidas sometidas a la bomba atómica, comparándolas con las bebidas normales. El sabor había cambiado ligeramente, pero no demasiado. Los refrescos habían perdido algo de gas debido al calor de la explosión, y la cerveza fue más afectada ya que el choque térmico de la radiación descompuso parte del lúpulo que le da sabor. Sin embargo, en palabras del propio informe, el cambio de sabor de la cerveza se consideró “insuficiente como para desaconsejar su consumo tras la explosión de la bomba atómica”.

En resumen, en su huida de la explosión puede detenerse unos segundos en el bar y buscar algo de beber, siempre y cuando esté en una lata o botella de vidrio. Las botellas de plástico no han sido evaluadas, pero seguramente el choque térmico las funda y no sean muy aconsejables. Hoy en día, la bebida que podemos encontrar más frecuentemente en botellas de vidrio es la cerveza, así que ya puede disfrutar de una en su desayuno post-apocalíptico. Eso sí, recuerde que le sabrá un poco rara.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque tenga unos índices de radiación seguros para su consumo de emergencia, las bebidas sometidas a la explosión atómica siguen teniendo radiactividad. Sigue siendo una prioridad mayor obtener suministros no radiactivos y escapar de la zona radiactiva.
  • La radiación aumenta el daño en el ADN de nuestras células, favoreciendo la aparición de tumores, células que crecen y se multiplican descontroladamente. Estar cerca de una explosión nuclear es un escenario poco probable, pero recibimos también radiación cuando tomamos muchas horas el sol. Mejor ponerse protección solar y evitar el cáncer de piel.
  • No obstante, recordemos que la radio, la telefonía, los microondas el Wifi o el 5G son radiación no ionizante, la cual no es capaz de alterar nuestro ADN y por lo tanto, resulta inocua.

REFERENCIAS: