200 años de excusas: El dodo no era tonto y nosotros lo extinguimos

Desde la extinción del dodo hemos buscado exculparnos acusando de “bobo” al ave e incluso negando que pudiera haber desaparecido por completo. Hoy sabemos la verdad.

¿Conoces al dodo? Ese ave gigante, torpe y tonta que se hizo popular en el cuento de Alicia en el País de las Maravillas. Durante mucho tiempo lo hemos visto así, como paradigma del fracaso evolutivo, de un animal tan zote que no supo cómo sobrevivir. Una pena, pero así es la cruel madre naturaleza ¿no? En realidad, no. Por supuesto que hay especies que se extinguen porque su entorno cambia y estaban súper especializadas, otras desaparecen por alguna catástrofe, por simple "mala suerte y hay veces, que esa catástrofe somos nosotros.

Nos ha costado mucho reconocerlo, pero la extinción del dodo fue en gran medida nuestra culpa. Por supuesto que aparecer en su entorno fue un cambio para el que no supo adaptarse, pero es que la evolución no funciona así, de sopetón. No podemos esperar que surja una adaptación a nuestra presencia en cuestión de pocos años, los cambios en la naturaleza suelen ser mucho más lentos, dándole tiempo a los seres vivos para que los mecanismos de la evolución puedan tener lugar.

Durante los últimos 300 años le hemos tratado de “bobo”, le hemos culpado de su propia muerte y, por si fuera poco, hemos negado que estuviera extinto. Entonces ¿cuál es la verdad?

Una paloma descomunal

Antes que nada, sería bueno hacer justicia al dodo, contar lo que realmente sabemos sobre él. Era un ave enorme incapaz de volar, medía un metro de altura y podía llegar a pesar unos 18 kilos, algo más que un pavo. Sus parientes más cercanos del dodo (Raphus cucullatus) son las palomas, concretamente la paloma de Nicobar (Caleoneas nicobarica), lo cual es interesante porque nos da pistas sobre la verdadera historia del dodo. Algunos expertos sostienen que sus antepasados pudieron ser palomas como estas que migraban cruzando el océano Pacífico, pero que en un momento dado decidieron posarse en la Isla Mauricio, a 900 kilómetros de Madagascar.

Allí encontraron un lugar tranquilo donde prosperar, sin depredadores ni competidores y con tanta comida como podían desear. Ya no necesitaban volar, por lo que los individuos más pesados ya no estaban en inferioridad de condiciones. Poco a poco fueron acortándose sus alas y adaptándose a vivir en tierra, en un edén en medio del océano. De hecho, el pariente extinto más cercano al dodo es Pezophaps solitaria más conocido como “el solitario de Rodrigues” por ser una especie muy territorial y vivir, precisamente, en vecina Isla de Rodrigues. Esto apoya que una bandada pudo encontrar su hogar en estas islas, aislándose poco a poco y tomando caminos evolutivos separados.

Este fenómeno se conoce como gigantismo insular y es relativamente frecuente. En Tenerife existió una rata de 1,4 metros superaba el kilo (Canariomys bravoi), en Madagascar llegó a haber lémures de 140 kilos (Megaladapis) y en Nueva Zelanda águilas de 3 metros de envergadura (Harpagornis moorei). Eso es lo que ocurre cuando una especie vive en un paraíso terrenal, como fue el caso del dodo, al menos hasta 1574, momento en que llegamos nosotros.

Expulsión del paraíso

Algunos expertos sostienen que el dodo ya estaba pasando por un mal momento cuando llegamos a la Isla Mauricio. Pero que su población fuera escasa no es lo mismo que que fuera a extinguirse. Tan pronto como los colonos pusieron un pie en tierra comenzó la cacería. Aquellas grandes aves eran confiadas, tanto que apenas podía llamarse caza a aquello. La mansedumbre de haber vivido tanto tiempo en paz hizo del dodo una presa perfecta y, al parecer, suculenta. Si a esto le sumamos las capturas con fines comerciales para enviar ejemplares por todo en mundo, podemos hacernos una idea de la situación.

Es más, había algo más que hacía del dodo un animal especialmente vulnerable. Solo dejaba un huevo en cada puesta. Tener solo una cría por vez significa que, como ocurrió con la megafauna australiana, con cazar pocos de vez en cuando ya estamos encaminando la especie a su extinción, porque es fácil matar más de los que nacen. Es lo que se llama “exterminación imperceptible”.

Sin embargo, esto no es todo. Ahora sabemos que, aunque la caza directa supuso un factor decisivo en la extinción, no fue ni mucho menos el único, porque con los colonos viajaban otros animales. Y puede que las ratas no supusieran un problema, ya que se cree que los dodos estaban acostumbrados a defender a sus huevos de los cangrejos de la isla, sin embargo, no tenían nada que hacer contra cerdos de 300 kilos.

Se calcula que, aunque el último avistamiento del dodo fue en 1662, pudo haber ejemplares vivos hasta 1690, tan solo 116 años después de atracar en la Isla Mauricio. Por mucho que lo hayamos presentado como un ave tonta incapaz de cuidar de sí misma, la culpa de su extinción fue nuestra, eso está claro. No hay más que pensar en los miles de años que sobrevivió la población desde que aterrizaron las primeras palomas en Isla Mauricio para sospechar que un agente externo tuvo que ser clave en su desaparición.

Ni una pluma de tonto

Sin embargo, el mito de la estupidez del dodo se sigue extendiendo. Se le ha llegado a llamar pájaro bobo y, de hecho, aunque la etimología de “dodo” es controvertida, se cree que puede venir del portugués antiguo coloquial “duodo”, que significaba “estúpido”. Pero ¿lo era realmente? Independientemente de quién tenga la culpa de su extinción ¿cómo de inteligente era este ave?

Lo cierto es que sus parientes vivos más cercanos (las palomas) muestran una elevada inteligencia entre los pájaros. Algunas son capaces de reconocer patrones de forma magistral, ya sea diferenciando estilos pictóricos o la malignidad de un tumor a través de radiografías. Merecía la pena plantearse que el dodo pudiera ser, como poco, avispado. Al estudiar sus cavidades craneales, los científicos descubrieron que sus canales semicirculares (relacionados con el equilibrio), su bulbo olfatorio y su propio cerebro en conjunto eran relativamente grandes, guardando este último proporciones similares a las que presentan las palomas actuales.

Estas no son las características de un animal especialmente “tonto”, aunque no podemos asegurar nada en base al tamaño del cerebro, entre otras cosas porque no sabemos si su densidad neuronal (el número de neuronas apretujadas en un espacio concreto) era comparable al de las palomas, por mucho que fueran parientes.

¿Extinción? ¿Dónde?

No obstante, hay otro nivel totalmente distinto en cuanto a esta negación de la culpa: decir que la extinción no fue tal. Cuando el dodo fue visto por última vez Darwin todavía no había nacido, quedaban 147 años para eso, así que la idea de que las especies no fueran eternas era algo difícil de aceptar. En aquella época la gente sencillamente no concebía la idea de “extinción” y se negaban a creer que el dodo pudiera haber desaparecido por completo. Estaría escondido en algún lugar de la isla, que, por otra parte, tiene poco más de 2000 kilómetros cuadrados.

Las negativas continuaron durante décadas y los restos fósiles eran galimatías que no disparaban las preguntas adecuadas. Hasta que llegó George Cuvier, claro. Uno de los padres de la anatomía comparada y a quien consideramos fundador del concepto de “especie extinta”. El cambio de paradigma fue clave, porque, aunque muchos lo sospecharan, la idea no tomo cuerpo hasta 1796, cuando Cuvier publicó su obra "Notas sobre el esqueleto de una gran especie de cuadrúpedo hasta ahora desconocida encontrada en Paraguay y depositada en el Gabinete de Historia Natural de París”.

En aquel manuscrito y en los que lo siguieron, Cuvier estudiaba los restos de algunos parientes de los elefantes, proboscídeos como el mamut (género Elephantidae) y el mastodonte (familia Mammutidae), así como de un perezoso gigante de seis metros de largo (género Megatherium). Aquellas bestias del pasado ciertamente no podían seguir pastando entre nosotros. Sus desmesurados tamaños habrían sido difíciles de ocultar a los numerosos exploradores que llevaban décadas recorriendo sabanas y taigas, por lo que si no se tenía constancia de ellos quería decir que, de un modo u otro, habrían desaparecido. Cuvier era un genio, por mucho que renegara de las teorías evolutivas de su época, y aquella observación marcaría un antes y un después en la paleontología.

Uno de muchos

En cualquier caso, no pocas personas mantuvieron su negativa, siendo incapaces de reconocer que el ser humano había extinto a una especie. Vendarse los ojos nunca es buena idea, hace difícil aprender de nuestros errores. Tras el dodo hicimos lo propio con la suculenta vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas) un pariente de los manatíes de 8 metros y 10 toneladas. La paloma migratoria (Ectopistes migratorius), el lobo marsupial (Thylacinus cynocephalus), o el bucardo (Capra pyrenaica pyrenaica). Son solo una pequeña fracción de las muchas especies que hemos segado.

Los seres humanos somos especialistas en mirar hacia otro lado y hemos demostrado ser capaces de negar la realidad durante cientos de años, hasta ser demasiado tarde. Lo que ha ocurrido con el dodo es solo uno de los muchos episodios en los que no hemos sabido calcular las consecuencias de nuestros actos. Ahora que tenemos más información científica que nunca y modelos capaces de predecir catástrofes naturales estamos igual de ciegos que entonces. La pregunta es ¿por cuánto tiempo más?

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Las especies se extinguen y no hay nada antinatural en nosotros. Sin embargo, somos tantos que nuestro impacto es muy significativo y alteramos los ecosistemas más rápido de lo que las especies pueden adaptarse. Es nuestra responsabilidad ponerle freno.
  • Aunque lo más probable es que el dodo fuera relativamente inteligente, su tamaño cerebral no dice demasiado porque no podemos asegurar que tuviera la misma cantidad de neuronas por milímetro cúbico que sus parientes vivos. Les separan demasiados miles de años de evolución.

REFERENCIAS (MLA):