FILE PHOTO: A woman holds a small bottle labeled with a "Coronavirus COVID-19 Vaccine" sticker and a medical syringe in front of displayed Pfizer logo in this illustration taken, October 30, 2020. REUTERS/Dado Ruvic/File Photo
FILE PHOTO: A woman holds a small bottle labeled with a "Coronavirus COVID-19 Vaccine" sticker and a medical syringe in front of displayed Pfizer logo in this illustration taken, October 30, 2020. REUTERS/Dado Ruvic/File PhotoDADO RUVICREUTERS

¿Puede volvernos transgénicos la vacuna de Pfizer contra la COVID? La clave para entenderlo

La famosa vacuna de Pfizer es diferente a todas las que han sido comercializadas hasta ahora: emplea una estrategia basada en la genética, pero ¿significa esto que modificará nuestro ADN?

Estamos viviendo un momento donde la población entera puede asomarse a la puerta de los laboratorios y, gracias a los medios de comunicación, ser partícipe de cómo se desarrolla un fármaco en vivo y en directo. Estamos viviendo todos los baches y contratiempos, los visos de buenas noticias que no llegan a término y, sobre todo: la incertidumbre. A poco que hayamos abierto un periódico sabremos que hay varias empresas farmacéuticas compitiendo por sacar la vacuna cuanto antes y, posiblemente, estemos al tanto de que hay una con una propuesta algo peculiar.

La vacuna de Pfizer (una de las más prometedoras hasta donde las notas de prensa permiten saber) emplea un mecanismo diferente al de cualquier otra vacuna aprobada para su uso en humano. De hecho, algunos se refieren a este tipo de vacunas como “genéticas”, lo cual ha despertado un revuelo entre ciertos sectores de la población, preocupados porque la vacuna de Pfizer pudiera alterar nuestro genoma y desencadenar todo tipo de efectos secundarios inesperados. ¿Qué hay de cierto en todo esto? Vamos a analizarlo por partes, pero antes, dejemos claro en qué contexto están teniendo lugar estas afirmaciones tan alarmantes.

Un campo de batalla

Algunos ya han bautizado estos últimos meses como “la guerra de las vacunas”. Los símiles bélicos no son siempre lo más acertado, sobre todo cuando estamos en plena pandemia, no obstante, este refleja bastante bien lo que está sucediendo. Unas cuantas farmacéuticas están empleando todos sus recursos en perseguir un objetivo claro: obtener la vacuna que nos ayude a frenar la COVID. Aquella que lo consiga, no solo mejorará su imagen pública, sino que conseguirá acuerdos muy jugosos con países de todo el mundo.

Claro que, más vale que funcione como prometen. Sabemos que el tiempo es un factor decisivo para conseguir esos acuerdos multimillonarios, pero no a toda costa. Si una farmacéutica se apresura más de lo que debe (y le dejaran comercializar una vacuna de validez cuestionable) podría arriesgarse a que la buena publicidad de haber ganado la carrera se tornara en su contra unos pocos meses después, al descubrir que su efectividad es poco mejor que nada. Así pues, las distintas empresas implicadas están tratando de reducir los tiempos dentro de lo considerado oportuno por las instituciones reguladoras, sin que por ello se comprometa la calidad del producto, por lo que el verdadero juego, ahora mismo, está en la publicidad.

Estructura externa e interna del 2019-nCoV que traducido significa (Espícula glicoproteica, Proteína M, Hemaglutinina esterasa, Envoltura, ANR y proteína N, Proteína E)
Estructura externa e interna del 2019-nCoV que traducido significa (Espícula glicoproteica, Proteína M, Hemaglutinina esterasa, Envoltura, ANR y proteína N, Proteína E)www.scientificanimations.com

Para embarcarse en un proyecto de este calibre, estas empresas necesitan una sustanciosa inversión de dinero, y para mantenerlo a flote durante la investigación requieren de inyecciones periódicas y nada desdeñables. Una forma de obtenerlas es mediante la publicidad. Si consiguen presentar los datos de tal forma que muestren su mejor cara (lo cual no implica necesariamente mentir) posiblemente encuentren inversores interesados en apostar por el caballo ganador de esta carrera de las vacunas. Del mismo modo, exponer los puntos débiles de otras vacunas puede disuadir a otros inversores de poner dinero en la competencia y, por supuesto, retrasar así el resto de las investigaciones.

Este es el marco en el que está teniendo lugar la guerra de las vacunas, un entorno infoxicado hasta el punto de hacerlo impotable para el lego en desarrollo de fármacos. Lo que no tiene tanta excusa es que haya voces (aparentemente autorizadas) que desde sus licenciaturas se dediquen a sembrar el miedo con afirmaciones absolutamente infundadas. Vaya por delante que no debemos aceptar cualquier afirmación de la industria farmacéutica (ni de nadie) que no venga con las pruebas que la respalden. Hemos de ejercer el pensamiento crítico, pero eso también significa aceptar que, a veces, hay pruebas más que suficientes para confiar en según qué afirmaciones, por ejemplo: que la vacuna de Pfizer no cambia nuestro ADN.

Por sus espículas los conoceréis

Pongamos las cartas sobre la mesa, lo que la vacuna de Pfizer propone es lo siguiente. Normalmente las vacunas inoculan en una persona un microorganismo debilitado, muerto o inactivado. El sistema inmunitario de este individuo no tendrá problemas luchando contra el microoragnismo que hemos dejado indefenso, y podrán cumplir su función con total normalidad: buscar al intruso, adaptarse a él para así diseñar una respuesta inmunitaria “personalizada” que permita eliminarle con rapidez y, finalmente, formar una memoria inmunitaria para plantarle cara con premura la próxima vez que aparezca en nuestro cuerpo.

Distintas conformaciones que adopta la espícula del SARS-CoV-2.
CNB-CSIC
  (Foto de ARCHIVO)
01/01/1970
Distintas conformaciones que adopta la espícula del SARS-CoV-2. CNB-CSIC (Foto de ARCHIVO) 01/01/1970 CNB-CSIC

Pues bien, la de Pfizer plantea algo ligeramente distinto. En lugar de inocular el virus en su totalidad, propone utilizar tan solo algunos fragmentos. Imaginemos que, para aprender a identificar a criminales, en lugar de soltarnos en una sala con ellos para que los memoricemos, nos enseñan directamente una fotografía de sus caras. Sería mucho más seguro y, posiblemente, más eficiente. En este caso ocurre algo parecido, la idea es llenar el cuerpo del vacunado con las estructuras que utiliza el virus para unirse a nuestras células, las famosas espículas o proteínas S. Esta estructura es una gran elección para la vacunación por varios motivos. El primero: que, siendo tan importante para la supervivencia del virus, no la mutará a la ligera volviéndola irreconocible para nuestro sistema inmunitario. El segundo: Es suficientemente característica de este virus para que sea un rasgo distintivo por el que reconocerlo, como si eligiéramos identificar a Gérard Depardieu por su nariz.

Y, por supuesto, no hay riesgo de infección al solo estar presente esta proteína. Temer que podamos infectarnos con esta vacuna es como creer que el gatillo de un revolver desmontado puede, por sí solo, dispararnos en el pecho. Aclarado esto es cuando entra en juego la genética, porque la vacuna no inocula directamente la dichosa proteína S, ni mucho menos, hará que sean tus células quienes la construyan.

La biblioteca de tu ADN

La vacuna no contendrá la proteína S, sino un tipo de molécula que almacena información y a la que llamamos ARN mensajero. A partir de la información codificada en eses ARN tus células serán capaces de construir la inocua proteína del coronavirus. De aquí que algunos teman que, esa información genética en forma de ARN mensajero pueda integrarse en nuestro ADN, quedándose para siempre y transformándonos en seres transgénicos. Quienes creen esto piensan que, para actuar, el ARN mensajero tiene que unirse de alguna forma al ADN que atesoran nuestras células en su núcleo, donde está toda la información genética que nos define. Por suerte, esto es absolutamente falso.

Cabe decir que, si fuera como estas personas afirman, la bioética y la legislación no consentirían tal atrevimiento. Existen multitud de límites en cuanto a investigar con edición genética y un virus como el SARS-CoV-2 no supone una excepción. Sin embargo, el motivo por el que esto es imposible no se debe a nada relacionado con la ética o las leyes, es mucho más fundamental y, para entenderlo, solo tenemos que conocer tres sencillos conceptos de biología molecular.

Todos conocemos al ADN, ese conjunto de moléculas donde se encuentra la información que modeló nuestro cuerpo, diferenció nuestras células en tejidos y órganos diferentes y la que nos permite producir todas esas sustancias sin las cuales moriríamos en cuestión de minutos. Y aquí está la clave, porque para producir esas dichosas sustancias, no basta con tomar el ADN como una perfecta guía de instrucciones, tenemos que imaginarlo de otro modo.

Ilustración del llamado "dogma central de la biología molecular". El ADN se copia en un proceso denominado replicación, esta copia se transforma en ARN en la transcripción y finalmente, el ARN se traduce en proteínas ya fuera del núcleo con la ayuda de los ribosomas.
Ilustración del llamado "dogma central de la biología molecular". El ADN se copia en un proceso denominado replicación, esta copia se transforma en ARN en la transcripción y finalmente, el ARN se traduce en proteínas ya fuera del núcleo con la ayuda de los ribosomas.apuntes.educ.arCreative Commons

Imaginemos que el ADN es una guía escrita en papel para construir esas sustancias, sí, pero está custodiada en una gran biblioteca, que es el núcleo de nuestra célula. Si quieres usar lo que en ella hay escrito necesitarás seguir una serie de pasos. En primer lugar, te percatarás de que está escrito en un lenguaje extraño que no entiendes, tendrás que descifrarlo antes de comprender sus instrucciones, así que puedes hacer una fotocopia para estudiar sus símbolos en detalle. Esto en la célula equivaldría a un proceso llamado “replicación” en el que se hacen copias del ADN.

Ahora que tienes tu copia ya puedes sentarte a descifrarla y, como no se permite sacar ningún papel de la biblioteca, vas garabateando en tu mano lo que interpretas que dice la parte de la guía que ahora mismo te interesa. En la célula esto también tiene un nombre: transcripción. Consiste en transformar el ADN en una molécula ligeramente distinta llamada ARN. Ahora, el ARN podrá abandonar el núcleo celular conteniendo la información para producir una proteína y, así, llevar esas instrucciones hasta las estructuras celulares encargadas de construirlas.

Solo hay un inconveniente: el ARN es muchísimo menos estable que el ADN y se degradará pronto, por eso la información genética se almacena en el núcleo como ADN, para darle estabilidad, igual que ocurría en la analogía con los textos donde estaban escritas las instrucciones y el garabateo que nos habíamos hecho en la mano para sacar información de la biblioteca, que en cuanto pasen unas horas y sudemos un poco quedará ilegible.

En cualquier caso, aquí llega el tercer concepto. Una vez fuera de la biblioteca, tendremos que llevar las instrucciones a un constructor que sepa seguirlas para que cree lo que queremos. En la célula este papel lo hacen los ribosomas y el proceso se conoce como traducción: el paso de ARN a una proteína. Bien, ahora que ya está claro qué es cada cosa, podemos entender lo que está haciendo Pfizer.

Este mensaje se autodestruirá: el ARN mensajero

La vacuna inocula ARN mensajero, como hemos dicho. En nuestra analogía estaría introduciendo gente con apuntes escritos en la palma de sus manos. Siguiendo lo que acabamos de explicar, podemos intuir que este ARN irá a los ribosomas, los constructores de nuestras células, para que lean esa información y forjen lo que allí esté escrito: en este caso, las espículas de un coronavirus. Y ya está.

No hay ADN de por medio, ni siquiera hay actividad dentro del núcleo (esa biblioteca donde guardamos nuestra información genética). El ARN es por naturaleza inestable y, como es lo único que hemos introducido en la célula, se deteriorará rápido, como los trazos de bolígrafo en la palma de la mano. Así que, si no queremos violar nuestros conocimientos más fundamentales de biología, debemos decir con gran seguridad que ese ARN se agotará y las proteínas resultantes también acabarán deteriorándose. En ningún momento se altera nuestro genoma, no se introduce nada en nuestro ADN y, por supuesto, no nos convierte en nada remotamente parecido a un transgénico.

Esto no quita que una vacuna como esta, que plantea un nuevo mecanismo de acción, no deba ser testada antes para asegurar que no presenta efectos secundarios que desaconsejen su administración. La clave está en que, si estos efectos secundarios existieran, serían debidos a procesos tremendamente complejos y difíciles de predecir antes de la experimentación. No deja de ser algo petulante que, personas sin conocimientos en ciencias biológicas, crean ver un peligro tan pavoroso en el que los científicos no hayan reparado antes. Quienes investigan son seres humanos, con familias, padres, madres, hijos y parientes en población de riesgo. Buscando la seguridad de sus productos también persiguen sus propios intereses y eso es una salvaguarda a tener en cuenta. Por lo que no, no existe tal peligro genético y, en ese aspecto, la vacuna de Pfizer es segura.

Esto no significa que el desarrollo de fármacos sea infalible. Los científicos pueden equivocarse y no ha de aceptarse todo lo que digan solo porque vistan impolutas batas de laboratorio. El mensaje es otro algo más sutil: que, si no tenemos formación en un campo en el que creemos haber visto un error garrafal, es más probable que se nos esté pasando algo por alto a nosotros que a los profesionales que dedican su vida entera a estudiarlo en profundidad. Dudemos, pero con criterio.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Toda esta información es independiente a la viabilidad de dicha vacuna. No solo hay conflictos éticos que puedan interponerse en el desarrollo de este fármaco, sino que algunos problemas pueden venir de la mano de la gestión. Precisamente, debido a la inestabilidad del ARN, es necesario que la vacuna sea transportada en unas condiciones de frío extremas (70 grados bajo cero) que requerirán desarrollar una red de distribución inexistente por ahora.
  • Por otro lado, los pocos datos que tenemos sobre su eficacia vienen a través de notas de prensa que omiten la mayor parte de los datos y, por supuesto, todos los detalles científicos necesarios para valorar cuan robustos son sus resultados. Para tener un análisis serio necesitaremos esperar a que sus resultados (ya sean finales o parciales) sean publicados en alguna revista científica.
  • Es cierto que existe una molécula llamada transcriptasa inversa que puede transformar el ARN en ADN e integrarlo en nuestro genoma. Suele estar presente en retrovirus como el VIH e incluso en algunos organismos más complejos (como nosotros), pero no es esperable que juegue un papel en este caso. Se trata de una situación controlable.

REFERENCIAS (MLA):