Somos polvo de estrellas despertado por un rayo

Un nuevo estudio respalda la hipótesis de que los rayos fueron determinantes en la aparición de la vida en la Tierra.

Foto de stock de un rayo
Foto de stock de un rayoPexelsCreative Commons

La chispa de la vida podría ser realmente una chispa. Hubo un tiempo en que una afirmación como esta se habría dado casi por sentada. A principios del 1800 la humanidad experimentó una suerte de fiebre de la electricidad. Durante el siglo anterior Benjamin Franklin había estado experimentando con ella, acercando a los seres humanos a un nuevo tipo de energía. Kant vio en él a un moderno Prometeo, que una vez nos trajo el fuego para ahora volver a revolucionarnos con un nuevo truco. Volta acababa de construir la primera pila de la humanidad y Galvani reveló la naturaleza eléctrica de la información que recorre nuestro cuerpo desde el cerebro hasta los músculos. Era una época de promesas electrizantes y la nueva tecnología no solo fue fértil para el progreso humano, sino para la imaginación.

Así fue como en un año sin verano, Mary Shelley dio a luz a Frankenstein. Era 1818 y bajo el apodo de “el moderno Prometeo”, Shelley había redefinido la leyenda hebrea del Golem, un ser de barro al que podía infundirse vida escribiendo en su frente la palabra emet (verdad). Para Frankenstein, el barro eran retales de diferentes cadáveres y la palabra se convirtió en rayo. La electricidad era el ingrediente final para dar vida a lo inerte y, aunque Shelley no pudiera siquiera sospecharlo, podía no estar tan equivocada como parece.

Hace mucho, mucho tiempo

El origen de la vida en la Tierra siempre ha sido un misterio. Ahora que conocemos la evolución de las especies y entendemos que no nuestro planeta no siempre ha estado ahí, podemos deducir que, en algún momento, lo inorgánico debió de volverse orgánico y lo muerto empezó a vivir. La pregunta no es si sucedió algo así, sino cómo ocurrió. Podríamos decir que aquí hay dos puntos clave.

Por un lado, está el momento en que empiezan a aparecer compuestos químicos en los que el carbono es fundamental, aportándoles una gran variabilidad de estructuras y propiedades. Este punto consiste, en términos científicos, en pasar de lo inorgánico a lo orgánico, pero todavía no podemos hablar de vida. Lo que tenemos en este momento es química prebiótica (antes de la vida) un requisito indispensable para nuestra existencia, pero que no equivale a hablar de seres vivos. El segundo paso es tomar esa química prebiótica y organizarla formando seres vivos tremendamente rudimentarios. Tal vez hablemos de pequeñas cápsulas de lípidos (grasas) envolviendo una molécula capaz de copiarse a sí misma, el ARN.

Uno de los problemas a los que se han enfrentado los científicos con esta hipótesis es cómo justificar que pudieran formarse compuestos con fósforo, como el ARN, cuando este elemento estaba mayormente encerrado en minerales incapaces de disolverse. Durante algún tiempo se sospechó que los meteoros pudieran habernos traído el fósforo necesario para la aparición de la vida, concretamente en forma de un mineral llamado schreibersita, el cual sí es soluble. No obstante, los estudios calculan que, hace 3.500 o 4.500 millones de años, cuando apareció la vida, las colisiones de meteoros no eran suficientemente frecuentes como para aportar el fósforo requerido.

Todas las cosas las gobierna el Rayo

Claro que este contratiempo no significa que la shereibersita de los meteoritos no fuera clave en la aparición de la vida. Tan solo quiere decir que, como mínimo, necesitó ayuda. Había que encontrar otros minerales con fósforo y que fuera solubles y así es como apareció el rayo en la historia. Cuando un rayo impacta en un suelo con alto contenido en sílice (como la arena) lo calienta tanto que cambia su estructura, dando lugar a un mineral que penetra en la tierra como si fueran raíces petrificadas. Se llaman fulguritas y son sílice hecho vidrio cuyo interior puede estar hueco al haber sido vaporizado por el rayo. Este vidrio no solo afecta a la sílice, sino a sus compuestos y a las impurezas que pueda haber. Eso significa que las fulguritas de algunos suelos contienen elementos como el fósforo y mediante este proceso los vuelven solubles.

La pregunta, ahora, es si en la Tierra primitiva caían suficientes rayos como para generar el fósforo que precisaba la vida. Un nuevo modelo informático de la Universidad de Leeds ha calculado que hace 4.000 millones de años (aproximadamente) nuestra atmósfera era atravesada anualmente por entre 1000 millones y 5000 mil millones de rayos, de los cuales habrían alcanzado el suelo entre 100 millones y 1000 millones. De hecho, hay que entender que algunas zonas del mundo reciben más impactos de rayos que otras, haciendo que el fósforo estuviera incluso más concentrado en esas ubicaciones. Con tal cantidad de tormentas eléctricas, podemos sospechar que estas tuvieran algo que ver con la aparición de la vida, liberando fósforo. Tal vez no fueran el único aporte, pero si se confirman estos resultados podremos decir que hicieron algo más que ayudar.

Hace 269 años que Franklin demostró que los rayos eran eléctricos y desde entonces, de un modo u otro, hemos seguido soñando con el moderno Prometeo.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Este estudio no demuestra la hipótesis de que la vida fuera originada por un rayo. De hecho, la ciencia no formal (ni matemáticas ni lógica) no demuestra nada, pero nos da una gran certeza sobre qué sucede en el mundo. En este caso, el estudio de la Universidad de Leeds apoya la hipótesis del rayo, concretamente en el papel de liberador del fósforo atrapado en las rocas, pero harán falta más estudios independientes para reforzar esta hipótesis.

REFERENCIAS (MLA):