Epidemias de la historia: Lo que consiguió el miedo

La propagación de enfermedades, como la peste, que dejaba una elevada mortalidad, aventó toda clase de temores y condujo a un incremento de las medidas de prevención y contención. Fueron el antecedente de la revolución médica.

Para bien y para mal, el miedo es uno de los grandes motores de la historia, agente de acción colectiva y conducta individual. En pocos ejemplos queda plasmado ese «sufrimiento que produce la espera de un mal» –así definía Aristóteles al miedo– como en el de las grandes epidemias y pandemias que han azotado a la humanidad.

Durante el pasado medieval y los primeros tiempos modernos, este miedo se concentraba en el fantasma de la Peste, un verdadero cataclismo que mostraba la fragilidad de la existencia individual, pero también la de las estructuras sociales destinadas a asegurar un frágil y precario bienestar. La más cruel y atroz de las calamidades, que con frecuencia era aludida simplemente como «el Mal», paralizaba a los ciudadanos y desarticulaba a los gobiernos, como explica en detalle Delumeau en su gran estudio sobre «el miedo en Occidente».

Parece de rigor recordar, cuando una nueva pandemia se extiende por el mundo, esos otros episodios históricos, pavorosos y desesperantes, pero también fuente de reacciones constructivas para el individuo y la sociedad, son en algunos casos palancas del progreso civilizador. Y analizar de qué manera el miedo a esas plagas y a sus efectos ha espoleado el ingenio y la capacidad de organización. Adelanto que de ese análisis cabe extraer claras conclusiones: la amenaza no es nueva, ni tampoco sus consecuencias. Existen claros paralelismos con la situación actual, pero la humanidad indudablemente ha aprendido a controlar ese «mal».

En primer lugar, es necesario establecer un marco comparativo. La peste podía explotar en cualquier momento y llevarse en pocas semanas a buena parte de la población entre sufrimientos atroces. Ningún mal de nuestra época, ni siquiera el cáncer o el sida –decía Jean-Noël Biraben– ofrecen una idea del terror intenso que oprimía entonces a ricos y pobres, niños y ancianos, poderosos y siervos. La peste trastornaba la economía y la sociedad, en largas y dolorosas pruebas que duraban meses, que a veces se repetían pocos más tarde, y que forzaban al enclaustramiento o a veces al exilio, al abandono de los amigos y familiares, y a dificultades de suministro.

Extender el contagio

El miedo impulsaba reacciones de desesperación individual y pánico colectivo. Por ejemplo, favorecía la propagación del mal y su gravedad la frecuente huida de la población previa al cierre de las puertas de las ciudades, o en sentido contrario la de los campesinos de aldeas apestadas que acudían a la ciudad. La movilidad descontrolada de población errática, en búsqueda de aislamiento y subsistencias, contribuía sin duda a extender el contagio. De todo ello da cuenta, entre otros muchos, Daniel Defoe en su conocido relato de la epidemia londinense de 1665.

Testimonio inequívoco del temor ante la epidemia son también las reacciones iniciales de mandatarios y autoridades médicas, que tardaban en reconocer la naturaleza y gravedad de la enfermedad, no sólo para evitar el pánico colectivo y sus imprevisibles consecuencias, sino ante todo para retrasar la interrupción del tráfico y de los intereses comerciales. Huelga entrar en detalles acerca del paralelismo con algunos de los posicionamientos actuales, pero la evidencia histórica pone de manifiesto cómo esta parálisis inicial dificultaba la adopción de medidas de contención del contagio, y mermaba su eficacia cuando inevitablemente debían implantarse. Lo que también han demostrado episodios pandémicos posteriores como el de la «gripe española» de 1918, según explican en un reciente trabajo Sergio Correia, Stephan Luck y Emil Verner.

Paradójicamente, la aceleración de las medidas tendentes a garantizar un nivel mínimo de suministros podía contribuir a agravar los problemas. Era habitual que aumentase el riesgo de infección con la llegada de alimentos, normalmente muy encarecidos por el transporte, y procedentes muchas veces de sitios lejanos de dudosa o desconocida salubridad. Por otra parte, el abastecimiento de las urbes afectadas propiciaba la escasez –aun en épocas de buenas cosechas– en las regiones de donde se detraían esas reservas, y aparecía así la carestía incluso antes de que la enfermedad impusiera la paralización del ciclo productivo y del libre tránsito de mercaderes y mercancías.

La funesta intervención del miedo no se circunscribía a los peligros ciertos, pudiendo tener el mismo efecto destructivo la anticipación del peligro. También el miedo exagerado, o incluso el miedo fingido o inventado, fruto de simples rumores o noticias falsas. Miguel Martínez de Leyva, galeno de finales del Quinientos, cita un curioso caso que ilustra el poder de esas tempranas formas de «Fake News». En medio de ridículas cuitas en torno a quién debía acompañar a Felipe II en una visita a la ciudad de Burgos en 1565, el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla decidió sugerir a Su Majestad que no entrase en la ciudad para evitar la exposición a una inexistente peste incipiente. Ante la cancelación de la visita del monarca, el pánico hizo huir a todo el que pudo, y la ciudad quedó sumida en el caos y la hambruna, consecuencia esta última del cordón sanitario que se implantó a su alrededor.

Enemigos extranjeros

No deben olvidarse, por otra parte, las manifestaciones de violencia que surgían en esos momentos. La Peste Negra de 1348 ya había desencadenado oleadas de agitación contra brujas, judíos u otros colectivos marginados, y parece que las reacciones contra supuestos «enemigos extranjeros» se pusieron de manifiesto tras la Peste de Milán de 1630, cuando el Consejo de Castilla habla de una epidemia «artificial», supuestamente provocada. Toda una «guerra bacteriológica en pleno siglo XVII», como afirma Juan Reglá, que tuvo como consecuencia un complejo plan de control de viajeros, comerciantes y clérigos (sobre todo franceses), y el establecimiento de «matrículas de todas las naciones» en los establecimientos públicos de las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona. En realidad, medidas de proteccionismo agresivo frente a la competencia mercantil del vecino del norte.

Sin embargo, los ejemplos más vívidos de violencia se concentran en las epidemias de cólera morbo del siglo XIX, posiblemente porque en las de peste apenas se apreciaba «mortalidad diferencial» entre ricos y pobres, mientras que el cólera afectaba principalmente a los grupos sociales más humildes. En algunas de las ciudades europeas más castigadas en 1831-32, la reacción inicial de las clases populares fue de escepticismo e incredulidad: ¿por qué se daba importancia a una epidemia lejana? ¿No se trataría de bulos del gobierno para alejar al pueblo de los vaivenes de la política? Cuando la enfermedad se mostraba ya inevitable y cruel, la ira se dirigía contra médicos y boticarios, considerados «agentes del exterminio» al servicio del poder. En Londres y París sufrieron serios ataques, y algo parecido aconteció en Prusia o en la Rusia zarista. En Hungría se les acusó de emponzoñar los pozos con cloruro de cal, obligándoles luego a ingerirlo, como relata Richard J. Evans.

En España, desatada la grave epidemia de cólera de 1834, la furia popular se dirige contra el clero, que se había posicionado a favor de la causa carlista en la gran disputa entre liberales y absolutistas. También entre acusaciones de «cosas malas en el agua», estallaron los violentos sucesos de julio de ese año contra los conventos madrileños, fielmente relatados por Pérez Galdós en uno de sus Episodios más famosos.

“Anticontagionista”

Pese a los efectos indudablemente positivos de las medidas tradicionales de contención, que dotaban a las autoridades sanitarias de competencias especiales, una corriente «anticontagionista» encabezada por médicos, científicos y políticos a lo largo del siglo XIX rechazaba la eficacia de esas medidas. La razón de fondo no dejaba de ser su efecto desestabilizador sobre el comercio, que afectaba a núcleos del capitalismo liberal europeo de la primera mitad del Ochocientos como Londres, Hamburgo o Lübeck, o a Estados Unidos – donde se llegó a negar el carácter contagioso del cólera. O a ciudades como Barcelona o Cádiz, de larga tradición y experiencia en la práctica médica y especialmente castigadas por la fiebre amarilla.

Además, existían en el caso español motivos de índole política que explican ese rechazo de los liberales a la implantación de drásticas medidas militares en la sanidad terrestre y marítima, o a cuarentenas férreas y cordones sanitarios bajo el mando supremo de la autoridad médica. Sin duda, el cordón de más de 15.000 soldados impuesto en los Pirineos por las autoridades (absolutistas) francesas tras la epidemia de fiebre amarilla que sufrió Barcelona en 1821, y la posterior conversión de esos «vigilantes sanitarios» franceses en los «Cien Mil Hijos de San Luis», pudo alentar estos posicionamientos, como dejan entrever Mariano y José Luis Peset o Josep Fontana. De hecho, la oposición liberal a las teorías de la transmisión por contagio interpersonal del cólera se mantuvo incluso después de haber sido identificado por Koch el agente patógeno y tras el descubrimiento de la vacuna por Ferrán en 1884.

Sin ignorar todas estas reacciones negativas, sujetas a un mismo patrón secular y conectadas con otras motivaciones como la carestía, el derrumbamiento del tejido familiar o la débil cobertura social, no deben dejar de abordarse las múltiples consecuencias positivas del miedo ante la epidemia. La previsión ante el peligro ha permitido controlar de forma progresiva el contagio y la mortalidad, y puede resultar una fuente de inspiración ante la actual pandemia de la COVID-19. No en vano el cólera del siglo XIX fue, según algunos de sus historiadores, «el principal motor de los grandes avances sanitarios» en el segundo tercio del siglo XIX.

El miedo a las epidemias propició una serie de medidas precautorias en Europa, aplicadas por las autoridades municipales ya desde antes del Renacimiento, y con el paso del tiempo por los gobiernos de los distintos países. Muchas de esas medidas se implantaban ante la previsión de un riesgo inevitable y destructor –pero no inminente– y trataban de suavizar sus terribles secuelas en el individuo y en el conjunto de la arquitectura social.

Clemencia divina

La peste se convirtió de forma muy temprana en objeto de atención pública. A las prácticas religiosas dirigidas a implorar la clemencia divina pronto se añadió toda una serie de medidas preventivas o curativas: para dotar de alimentos y medicamentos a las poblaciones, organizar la huida, o impedirla reemplazándola por el aislamiento; se construyeron hospitales de apestados, se implantaron cuarentenas, exigiendo certificados de salud; se procedió a la desinfección de locales contaminados y de mercancías y a la destrucción de objetos sospechosos. Se crearon, además, instituciones para decretar y coordinar estas medidas, y cuerpos armados para ejecutarlas.

Muchas ciudades italianas –como nos recuerda Massimo Livi Bacci– contaban ya antes de 1348 con una compleja legislación municipal relativa a cuestiones sanitarias (incluyendo una incipiente reglamentación de la profesión médica), de abastecimiento público (comercio, precio y calidad de los alimentos), o policía de higiene (recogida de basuras, prohibición de la cría de animales domésticos, o control de manufacturas contaminantes). Así que la Peste Negra, con toda su violencia y su recurrencia periódica en los decenios siguientes, golpeó a una sociedad que no era insensible a los problemas sanitarios, y favoreció el desarrollo de esa sensibilidad, con importantes implicaciones institucionales. Poco más tarde se fueron adoptando en varias ciudades medidas para reducir el caos urbano en tiempos de epidemia y para contrarrestar los efectos del contagio: prohibiendo la movilidad de personas y mercancías, insistiendo en la limpieza de las vías públicas, o imponiendo reglas de control de los enterramientos. Algunas de esas medidas llegaron a ser permanentes, y se renovaron y aplicaron por medio de los Consejos de Sanidad, auténticos observatorios epidemiológicos introducidos en Florencia y después «exportados» a otras ciudades italianas como Lucca, Venecia o Milán, como detalla Carlo Cipolla. La consolidación de estas instituciones (de donde surgirá en España la Junta Suprema de Sanidad en 1720, ante el temor a la peste de Marsella), la multiplicación de controles, los contactos entre las autoridades de diferentes ciudades, regiones y países y los crecientes medios de información y prevención de alcance internacional ayudaron a crear, del siglo XV en adelante, una red de vigilancia cuya eficacia en la lucha contra la mortalidad epidémica es difícil de evaluar, pero probablemente no desdeñable. La prevención y control de las epidemias se extendieron por territorios cada vez más amplios por medio de las cuarentenas y los cordones sanitarios, los lazaretos en las ciudades portuarias, y la exigencia de «boletines o patentes de sanidad» –certificados que atestiguaban el origen no sospechoso y el itinerario de personas y mercancías, con los que podía realizarse un seguimiento del avance de la epidemia y anticipar medidas de protección.

El miedo –especialmente ante circunstancias tan dramáticas como las de una pandemia– puede ser una importante fuente de abatimiento e inactividad; es, como dijo Edmund Burke, «el más ignorante, el más dañino y cruel de los consejeros». Pero también puede y suele suscitar reacciones positivas, convirtiéndose en «garantía contra los peligros» (J. Delumeau), y en catalizador de voluntades, esfuerzos y progreso. Por miedo al desempleo, o a la indefensión ante la invalidez o la vejez, se crearon los seguros sociales; por miedo a la carestía y al hambre recurrente se crearon las alhóndigas, pósitos y otras instituciones similares; por miedo a las múltiples consecuencias del pánico bancario se adoptaron los distintos mecanismos integrados en las denominadas redes de seguridad financiera. Y fue el miedo al contagio, a las epidemias y pandemias y sus dramáticos estragos, el que aceleró el descubrimiento de las vacunas e impulsó el desarrollo de la acción preventiva, profiláctica y terapéutica, de la medicina en general y de la sanidad pública en particular.

El riesgo real y constante de repetidas epidemias, y el temor constante al contagio y sus devastadores efectos, impulsaron una política sanitaria que representa el antecedente histórico de la revolución médica, de la moderna higiene pública y de los progresos en la salud que se han conocido desde finales del siglo XVIII y sobre todo en el siglo XX. Pero también fue un motor acelerador de la organización administrativa, sanitaria e institucional en defensa de la colectividad. ¿Por qué no podría ser esta pandemia del siglo XXI un nuevo propulsor de cambio científico, económico y social?