Lita Cabellut, una superestrella “destroyer”

Presenta un libro de artista en una edición limitada y exclusiva de 1.998 ejemplares editado por Artika en el que recrea “Bodas de sangre” de Lorca a través de 90 obras creadas ex profeso

Lita Cabellut presenta su "Bodas de sangre", una oda a la libertad individual
Eduardo Muñoz ÁlvarezEFE

Es tan menuda que uno, en este caso una, tiene la sensación de poder despistarla para llevársela a casa de manera distraída. Lita Cabellut es una larga melena azabache, los ojos igual, vivísimos. Habla con ellos. No para un minuto quieta. Te agarra, para que no te vayas, se cuelga de tu brazo.

Es una mujer cercana que tuvo un golpe de vida que le cambió la suerte (¿o fue quizá al contrario?). Un día pasó de dar palmas en la calle cuando era cría (nació en Huelva en 1961) a tener calefacción y cama asegurados cuando una familia de Barcelona la adoptó. No ha olvidado sus orígenes, duros. Tampoco el Museo del Prado, a donde va siempre, «aunque sea solo para poner el pie allí» y continuar esa relación de enamoramiento que mantiene con Goya, (“mi amante perpetuo”) y Velázquez (”mi novio terno"). Y Zuloaga. Y tantos. “Ahí están mis maestros". El museo al que siempre siempre vuelve. Su casa. Su refugio.

La tragedia de Lorca

Ayer pasó por Madrid y todos querían llevarse un pedazo de Lita a su casa. Como si fuera un peregrinaje se arremolinaban a su lado y ella, con ese pelo azabache, les regalaba una sonrisa y besos en tiempos de plagas casi bíblicas, y mucho cariño. Cabellut tiene una obra que al espectador le puede resultar un «punch». Pasó por ARCO como una exhalación para presentar un libro de artista editado por Artika dentro de esa colección de obras bellísimas, tan cuidadas, casi perfectas. Esta es una joya, aunque las anteriores también. Ahí está su interpretación del «Romancero gitano» y su visceralidad al hablar de Lorca, al que leyó con 17 años y no le caló del todo. “No lo entendí bien. Me pareció muy brutal, muy grotesco, muy triste. Aquella tragedia me dio que pensar muchísimo”. Y lo volvió a leer antes de mancharse las manos de pintura. Y ya fue otra cosa. Vio que era un reflejo de la realidad. del ahora mismo.

«Mis brochas son más grandes que mis manos», dijo cuando le propusieron que embridara sus cuadros de tres metros largos en las medidas habituales de un libro. Una frase de lo más elocuente. Gráfica. Lo hizo y sacó todo el jugo a la obra. A sus cuadros inmensos que hizo mucho más pequeños. Concentró el arte. Lo explicaba mientras un vídeo la hacía más protagonista aún, más cercana. Dice que el texto y la imagen se encontraron, crecieron y se han entrelazado como una enredadera. “Ahí están mis momentos de gloria y de fracaso. He puesto mi alma, mi corazón y mis manos”, explica.

Nosotros, no yo

No quiere figurar y huye del yo. Se esconde. “Ha sido un trabajo de equipo muy intenso y solidario, un camino mano a mano en el que han participado 100 personas, todas ellas cómplices”, dice satisfecha. ¿Y cómo ha sido viajar a Lorca? “Es como si te dice que vayas hacia el sol y traiga un trocito. Se trataba de acercarse a Lorca y seguir viva”. Y ella lo está. Y coleando. Dice que su admiración hacia el poeta inmenso es tan grande como el temor que siente. “Él me ha cambiado. Su palabra tiene mucho color y matices. Nunca me hubiera atrevido a hacer esto", desvela. Y ahí está el libro. 1.998 ejemplares firmados por su mano menuda.

Ella, Lita Cabellut, una de las artistas que figuran en las listas de más influyentes, revistas de arte en las que los creadores españoles aparecen siempre de modo residual, no quiere agasajos. Sabe que hoy tiene que posar, que no puede saludar cuando quiera y a quien quiera, aunque lo hace porque es así. A Cabellut la descubrimos cuando el fenómenos eclosionó. Supimos de su pasado, que era pura carne de titular, y decidimos quedarnos con la piel de su pintura.

Ahora cuenta que está rompiendo sus cuadros, los deja con heridas en la tela, los abraza, los golpea. Es una manera distinta de acercarse a ellos. Un nuevo paso en su trabajo. Es la Lita Cabellut «destroyer» que muestra las manos trabajadas y la piel curtida de tanta tela que habrá pintado y rasgado y dejado con las carnes abiertas y las tripas colgando. «La miseria y la virtud son gemelas. La luz y la oscuridad, novios. No se pueden separar», repite mientras la llevan de aquí para allá y ella se resiste sin poder hacer nada.

Da gusto escucharla cuando habla y mira a los ojos, como clavándotelos. Y lo agradeces. «Me da una vergüenza», deja escapar al tiempo que se lleva a la boca un bocado mínimo para ir tirando la mañana. «Ahora rompo mi obra. Es lo que está me saliendo». Y se pierde entre un barullo de gente que la reclama y una televisión que pide paso. La antiestrella es una «superstar». A pesar suyo.