Leopoldo II: la sangrienta memoria histórica de Bélgica

Una de sus esculturas ha aparecido hoy teñida de rojo, el color de la sangre.

La estatua de Leopoldo II manchada de pinturaOLIVIER HOSLETEFE

Aquí lo que pasa es que tenemos una ralea de charreteras y privilegios encumbrada en podios que no se merecerían ni el ornato de una peana. En este mundo se ha hecho nepotismo y dedazo con el pasado para así auparnos a las cimas de algún monumento ecuestre (todos los son, incluso los que no tienen caballo) a unos individuos y aventajados de escaso pelaje moral. Tenemos una historia subida en pedestales que es puro enchufismo palaciego y castrense. Ahora sucede que la universidad y los estudios ha descabalgado mucha ignorancia y ya no contemplamos al condotiero de turno como a un héroe sino como lo que era, un tipo de muy pocos vuelos y anclajes humanos. Nadie ha caído que cuando se revisa el pasado lo hacemos siempre proyectando nuestro presente y con toda su munición ética y de derechos adquiridos, que son lo que nos van ensanchando la tolerancia y nuestro costado democrático. Antes la narrativa de los sucesos provenía de los asalariados del poder y lo que ocurre en estos siglos XX y XXI es que el conocimiento se ha extendido y ahora los hechos los relatan los que saben, que en ocasiones no coinciden con ninguna nobleza o aristocracia pecuniaria.

A Leopoldo II de Bélgica le iba llegando ya la hora de algún ajuste, que hasta hoy había sobrevivido a la infamia de su propio legado desde la cumbre de su estatua. El genocidio que cometió en el Congo no bastaba para que le retiraran a tiempo de su altura y había aguantado ahí de pie, en su equidistancia de bronce. Ha tenido que sobrevenir el asesinato de George Floyd, quizá porque hay hechos que abren los ojos, para que le tunearan la cara con pintura roja, la del color de la sangre. Los monarcas siempre han perdido el trono, el fáctico y el imaginario, cuando han dejado de contar con el favor del pueblo, y resulta que los belgas ahora sienten vergüenza de semejante antepasado. Leopoldo, como tantos tunantes de reputación periclitada, había escapado al juicio de su tiempo, pero dudo que vaya a escapar a la guillotina del presente. El lunes se debatirá en este país una propuesta para que retiren todas sus imágenes el 30 de junio, o sea coincidiendo con el 60 aniversario de la independencia del Congo. Se ve que ya hay mucho hartazgo de injusticia y, encima, de verla aupada. Remedando la Biblia, se podría decir que en esto tiempos es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que alguno de estos injustos sobreviva en el futuro. Aunque, en realidad, antes de que por fin caigan sus estatuas, ya los habíamos apeado de sus pedestales.