Literatura

Charles Bukowski: Exceso, alcohol, hambre y mujeres

Se celebra el centenario del autor "underground" por excelencia, el prolífico y provocador Charles Bukowski (1920-1994). Todo un torrente de lo políticamente incorrecto

Bukowski escandalizó a todos cuando apareció bebiendo en el programa "Apostrophes" de Bernard Pivot
Bukowski escandalizó a todos cuando apareció bebiendo en el programa "Apostrophes" de Bernard PivotSophie Bassouls© BASSOULS SOPHIE/CORBIS SYGMA

Fiel a la idea de que el genio penetra en lo profundo tomando un camino sencillo, siendo el mayor discípulo de la frase de Hemingway “escribe la frase más sincera que puedas”, Charles Bukowski escribió poemas como si, en algún bar del este de Hollywood, pudiéramos compartir con él una mesa cara a cara. Porque, en realidad, sus lectores son oyentes del relato de su vida diseminado en novelas, cuentos, poemas y diarios, así que es difícil buscar a Bukowski en los manuales ortodoxos de la historia de la literatura. Tampoco se hallará a Bukowski en las antologías al uso ni en la generación Beat, a la que se le asoció sin ser partícipe del grupo que formaban Allen Ginsberg –al que ridiculiza en un poema; sentía envidia por su fama–, Jack Kerouac –tituló una de sus piezas “En busca de Jack”– o William Burroughs, al que reprochó injustificadamente que perteneciera a una acaudalada familiar empresarial. La camaradería de estos no casaba con su espíritu solitario.

Todo lo contrario: a Bukowski hay que descubrirlo en la pasión de los lectores sin prejuicios, de-sobedientes de todo lo que proceda de la crítica oficial. Por eso sigue siendo el rey de la cultura “underground”, de la rebeldía, del “spleen” y del erotismo literario moderno. Bukowski pone a hablar a un sujeto poético desde las calles de Los Ángeles, aunque el suyo tiene nombre y apellido: Henry Chinasky, el “alter ego” que ideó para su primer libro, “Cartero” (1971), inspirado en Arturo Bandini, la máscara literaria de su escritor predilecto, John Fante, otro marginal de L.A. que le ayudó a convencerse de que un libro podía nacer de las entrañas gracias a la lectura, en su juventud mísera y ya alcoholizada, de “Pregúntale al polvo, Bandini”. En plena Gran Depresión, Bukowski ya había decidido estar borracho siempre y escribir narrativa. La poesía vendría después, tras ingresar en el hospital con una úlcera de estómago a los treinta y cinco años. El tono coloquial propio de sus narraciones iba a concretarse en una puntuación alocada que evitaba las mayúsculas y encadenaba fuertes encabalgamientos en versos libres. Caos y orden. El caos del vivir y el orden del escribir.

Huida e inanición

En esos extremos se balancea a diario el joven que se enfrenta a la vida más dura y autodestructiva en lo que acabará constituyendo la mejor fuente para sus escritos, que reflejan el alcohol diario, el persistente guiño suicida, la muerte buscada y al final evitada por suerte, voluntad en el último momento o reacción irónica hacia la propia calamidad. Ya en sus primeras escapadas por EE.UU., para huir del ambiente represivo de sus padres y su absoluta inadaptación a todo ámbito estudiantil o laboral, estuvo a punto de morir de inanición, habiendo perdido casi treinta kilos, cuando vivía en la más pura miseria. En esa misma época de los años cincuenta intentaría suicidarse cerrando las ventanas y abriendo el gas. Se echó en la cama y se durmió, pero le dio tal dolor de cabeza que se despertó y al cabo se levantó riéndose de sí mismo y yendo a por unas cervezas y cigarrillos. Y es que la necesidad de beber era clave para escribir, si bien reconoció haber escrito algunos buenos poemas bajo los efectos de tremendas resacas.

En cualquier caso, su ingesta de alcohol le pasaría factura, como cuando sufrió una hemorragia que le hizo vomitar medio litro de sangre, en una época en que vivía con su mujer Frances y tenía una niña, Marina, de un año, que no le dejaba escribir a sus anchas aunque la adorara. Todo en su vida acabará así por convertirse en asunto poético: el padre ejemplifica la agresividad doméstica constante en la infancia, en libros tan autobiográficos como “Lo más importante es saber atravesar el fuego”, la adolescencia sin sentido, sufriendo un descomunal acné que le desfiguraba el rostro, la juventud plagada de ignominiosos empleos, la temprana vejez que proporciona la lucidez del alcohol y un entorno lleno de prostitutas, asesinos de barrio, vagabundos, locos y drogadictos. “He nacido para vivir con los desahuciados”, dice en el poema “El significado de todo”.

En paralelo, Bukowski se entretiene poetizando su devoción por la música clásica, los perros, algunos poetas –”A Lorca lo mataron en la cuneta pero aquí / en América los poetas nunca han cabreado a nadie/ Los poetas no arriesgan” (versos de la pieza “Agresión”), las apuestas en el hipódromo y los recitales al que era invitado con frecuencia. El resto es pura decadencia con las mujeres, escepticismo frente al arte y un hastío profundo. Bukowski se convertiría así en un autor superventas de poesía, algo insólito, si bien tiene una considerable obra narrativa, como “La máquina de follar” (1974), relatos humorísticos, muy entretenidos por su imaginación delirante, su erotismo zafio y su trasfondo decadente.

Una poesía original

En cuanto a la poesía, cabe decir que empezó a consagrarse a este género en el mismo momento en que inició su obsesiva afición de apostar en los hipódromos, lo cual acaba en multitud de sus composiciones, llegando a formar una producción ingente, de la cual en su mayoría la tenemos en español casi todo al alcance, últimamente gracias sobre todo a la editorial Visor. Así como es gracias a Anagrama con la que el lector puede conocer su prosa de ficción y otros libros híbridos, como el diario “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco” o “Shakespeare nunca lo hizo”, la crónica de un viaje en 1978 a Francia y Alemania. La actitud de su casera, un perro que no defeca, ir a recoger el correo… Cualquier detalle insignificante de la vida cotidiana fue materia poética para Bukowski.

Una vida que fue paupérrima, sí, pero a su manera tremendamente plena, pese a tener más tiempo empeñada la máquina de escribir que en casa, pese a empezar a publicar en revistas “underground” y pornográficas. Es el arte de la calle, la voz íntima que habla de los desposeídos, ignorados, antisociales: de sí mismo, a veces mediante textos que son manifiestos estéticos, como “En defensa de cierta clase de poesía, cierta clase de vida, cierta clase de criatura de sangre que algún día morirá” o “Un delirante ensayo sobre la poética y la condenada vida escrito mientras bebía media docena de latas de cerveza (altas)”. Poeta grosero, tierno, honesto: ser excepcional, el único autor de culto a ras de los cristales de las botellas con los que se cortaba lo pies cuando andaba descalzo por su casa tras emborracharse.

La calamidad constante se trocará en gran fortuna cuando en 1969 le llegue otro punto de inflexión, esta vez editorial: John Martin, responsable de Black Sparrow Press, decide ayudarle económicamente para que se dedique íntegramente a la literatura; es entonces cuando acaba su primera novela, “Cartero” (su único trabajo estable hasta entonces había sido en una oficina de correos) y empieza a hacerse popular gracias a su serie de artículos libidinosos, violentos y decadentes. En cualquier caso, no hay diferencia en su actitud entre el Bukowski de la primera época, en la que solía recibir rechazos de las revistas y editoriales y malvivía en cuchitriles de mala muerte, y el segundo, ya como estrella de recitales en universidades o locales alternativos, logrando llenar a rebosar auditorios o librerías, viendo que cada dos por tres tenía a atractivas chicas a la puerta de su casa dispuestas a tener sexo con él, simplemente atraídas por su malditismo.

Pulsión suicida

“Tenía un pan de molde cortado y tomaba una rebanada al día, seguida de un bocado de una barra de dulce Payday”, cuenta su biógrafo Barry Miles (”Charles Bukowski”, Circe, 2006), reseñando un momento aciago que el autor protagonizó en una pensión de mala muerte de Atlanta en la que, de repente, vio un cable eléctrico que colgaba del techo: “Jugueteando con sus impulsos suicidas, alargó la mano para agarrarlo, acercándola cada vez más, sin saber si tenía corriente o no”. Pero el impulso de escribir anularía la pulsión suicida, cuando vio en los márgenes de un periódico un espacio para poner en ellos sus pensamientos. Tal impulso autohomicida no lo abandonará nunca. En 1951, conviviendo con una mujer juerguista y alcohólica, con la que discutía agresivamente y sufriría varios desalojos por beber y hacer ruido tras las denuncias de diversos vecinos, llevó dos tentativas de quitarse la vida.

Perversiones sexuales

Gregorio Morales lo incluyó en su “Antología de la literatura erótica” (1998) destacando su capacidad de subversión: “Sólo quien renuncia a las comodidades y cantos de cisne de la sociedad contemporánea puede ser el héroe. En este mundo donde todo es imagen y publicidad, Bukowski opta por la verdad”. Y la verdad se presenta de manera desgarrada, muchas veces desde la mente pervertida masculina, que él supo explotar para ganar dinero publicando en revistas para adultos. La última oportunidad que tuvimos para comprobar tal cosa fue “Las campanas no doblan por nadie” (Anagrama, 2019), cuentos extraídos de su serie, aparecidos en un medio californiano en los años setenta y ochenta, “Escritos de un viejo indecente”. El autor presentaba en ellos escenas de sexo y violencia en un entorno de alcohol, demencia y perdición total, con la figura femenina como mero objeto sexual o ser entregado maquinal y obsesivamente al hombre.