El genital femenino de Courbet contra el escote del puritanismo

El Museo d’Orsay juega nuevamente al discurso de la doble moral y desata la polémica tras prohibir la entrada a una joven por llevar un escote pronunciado mientras en sus salas cuelgan varias de las obras y desnudos más transgresores

La historia ya es tristemente conocida: la semana pasada, el Museo d’Orsay impidió la entrada a sus instalaciones a una mujer parisina que llevaba un vestido estampado con escote en “uve”. Aunque la institución francesa pidió posteriormente disculpas a la damnificada, la polémica ya estaba en marcha y recorriendo la red de medios de comunicación de todo el planeta. Algunos han interpretado este hecho como la consecuencia de la ola de puritanismo que se ha apoderado de la sociedad mundial durante la presente pandemia que nos afecta. Pero, tratándose de un museo emblemático como el d’Orsay, en cuyo interior se exhiben algunos de los desnudos más polémicos de la historia del arte, “el caso de escote” merece un análisis más en profundidad y no circunscrito a un contexto específico como el actual.

Los museos, en efecto, han realizado durante las últimas décadas un esfuerzo notable para acoger en sus salas las expresiones artísticas más transgresoras, mientras que, al mismo tiempo, se otorgaron un “aire catedralicio” que les ha llevado a convertirse en espacio muy restrictivos y asfixiantes. Como cualquier usuario habrá podido constatar, en un museo no se puede hacer prácticamente nada. Excepto el de la vista, todos los sentidos están reprimidos, y los visitantes han de guardar un decoro que en nada se compadece con el paisaje humano de una ciudad actual y, mucho menos, con el espíritu iconoclasta de muchas de las obras contenidas en su interior.

¿Acaso museos como el d’Orsay practican una doble moral que los deslegitima y los pone en evidencia? ¿Debe comportarse un museo en consonancia con el carácter de las obras que exhibe, o, por el contrario, y frente a lo que defendieron los dadaístas, la vida es vida y el arte es arte? Nada más conocerse la noticia del “escote vetado”, la primera imagen que se nos vino a muchos a la cabeza fue la de una de las pinturas más ilustres que se exponen en el museo situado a orillas del Sena: “El origen del mundo” (1866), de Gustave Courbet. ¿Cómo es posible que el mismo museo que expone la representación más explícita de un genital femenino de toda la historia del arte prohíba la entrada a una chica por llevar un inofensivo escote? ¿Se ha vuelto el mundo loco?

Un barón húngaro

“El origen del mundo” constituye una rareza en el proceso de gestación de la Modernidad. Se trata de una obra que hasta recientemente ha permanecido en la sombra y dando tumbos por Europa. Adquirida por un anticuario francés dos años después de ser realizada, fue adquirida en 1918 por el barón húngaro Ferencz Hatvany, quien la trasladó a Budapest. Después de la Segunda Guerra Mundial, cayó en manos del Ejército Rojo, quien la devolvió a su legítimo dueño. En 1955 fue comprada por el psicoanalista Jacques Lacan, quien la colgó en su cuarto de baño hasta que, tras su fallecimiento en 1981, fue donada al Estado francés. Desde el primer momento, “El origen del mundo” fue calificada como arte obsceno, como la representante destacada de un tipo de estética que todavía hoy resulta incómodo y provocador para muchas miradas.

No fue hasta 1995 que el Museo d’Orsay se atrevió a exhibirla, comenzando así una relato de contradicciones y doble moral que llega hasta hoy. De hecho, el 29 de mayo de 2014, la artista luxemburguesa Deborah de Robertis fue detenida a los pocos minutos de sentarse con los muslos muy abiertos, exponiendo su sexo en la misma sala del Museo d’Orsay en la que se exhibía “El origen del mundo”. Dos años más tarde, en 2016, esta misma artista volvió a ser detenida cuando, durante la exposición “Esplendor y Miseria: Imágenes de prostitución 1850-1910”, se desnudó y recreó la pose de la mujer que protagoniza el célebre cuadro de Manet “Olympia”, también exhibido permanentemente en el museo parisino.

Tal y como declaró De Robertis, “el museo no tiene ningún problema en usar la desnudez para animar a la gente a ir a una exposición en la que incluso hay películas pornográficas, pero cuando se trata de una actuación artística contemporánea como la mía, no la reconocen como arte y la censuran”. El abogado de la artista fue más allá en sus acusaciones y tachó de escandalosa esta segunda detención: “En el mismo museo donde una artista de nuestro tiempo hace con su cuerpo lo que ella considera una obra de arte invitándonos a la reflexión, el Estado hace negocio vendiendo entradas para ganar dinero con exposiciones consagradas al Marqués de Sade y la prostitución”.

La doble moral del Museo d’Orsay quedó al descubierto de una manera flagrante en esta ocasión: no tuvo problemas en albergar una exposición sobre pornografía del XIX, pero, sin embargo, reprimió una acción artística en la que se confrontaba a la institución con un desnudo real, no representado. Si se repasa la programación del Museo d’Orsay durante la última década, se comprobará cómo el desnudo ha constituido uno de los pilares de su oferta expositiva. En 2012, por ejemplo, su apuesta más interesante fue la muestra “Degas y el desnudo”, en la que mujeres desnudas mostradas de espaldas, en la bañera o acicalándose, pero también prostitutas del París de mediados del siglo XIX, sirvieron de hilo conductor de una gran exposición de 170 obras en la que se quiso visualizar el papel fundamental de Degas como puente entre la cultura clásica y las formas más esquemáticas y radicales de los primeros años del siglo XX.

Valoración esquizofrénica

Tan solo un año más tarde, la institución parisina volvió a la carga en su apuesta por el desnudo, solo que esta vez, con una interesante y transgresora variante: su plasmación a través del cuerpo del hombre. En “Hombres desnudos”, el comisario Guy Cogeval –a la sazón, presidente del centro– planteó un recorrido por la evolución del desnudo masculino desde 1800 hasta el momento presente, abasteciéndose fundamentalmente para ello de los propios fondos del museo. Entre las piezas presentes en la muestra destacaban el estudio anatómico de Patroclo (1780), realizado por David; la “Escuela de Platón” (1900), de Jean Delville, los desnudos más íntimos de Lucian Freud, o el “Mercurio” (2001), de Pierre & Gilles. La doble moral del Museo d’Orsay se aprecia, esta vez, en la manera un tanto esquizofrénica de valorar dicha exposición: de un lado, se la define como un relato desde lo sublime hasta lo profano, rozando el “porno soft”; mientras que, de otro, se reconoce el cuidado puesto en evitar obras que pudieran herir –por su violencia– la sensibilidad del espectador.

La explotación del desnudo femenino y masculino que el Museo d’Orsay ha efectuado durante su historia más reciente permite ilustrar, de un modo casi incomparable, las contradicciones en las que este espacio artístico se desenvuelve durante hace años. El erotismo e, incluso, el porno constituyen ámbitos de análisis perfectamente abordables sin que su “moralidad oficial” se tambalee lo más mínimo. En cambio, un simple escote en “uve” de una visitante hace saltar todas y cada una de las alarmas del decoro. ¿A qué juegan los museos? ¿Es verdaderamente honesto su supuesto aperturismo intelectual, o se trata, antes bien, de una impostura que se desenmascara cuando una espectadora no cumple con un código de vestimenta decimonónico? Es momento de que los museos decidan de qué lado quieren estar: si del de sus obras –abierto, transgresor– o del de un recato anacrónico e insostenible en la sociedad actual.

Los desnudos más célebres del Museo d´Orsay

«Olympia» (1863), de Édouard Manet

Expuesta, por primera vez, en el Salón de los Rechazados de 1865, esta obra causó un gran escándalo en la sociedad parisina de la época, ya que Manet despojó al desnudo de cualquier explicación o anécdota mitológica, y lo presentó de un modo realista. Era simplemente un cuerpo desnudo.

«Almuerzo sobre la hierba» (1863), de Édouard Manet

La yuxtaposición de un desnudo femenino con caballeros completamente vestidos causó una enorme polémica cuando esta obra fue expuesta en el Salón de los rechazados de 1863. La mujer, Victorine Meurent, es la misma que sirvió de modelo para «Olympia».

«Mujer desnuda con perro» (1861), de Gustave Courbet

Realizada en el perturbador estilo realista tan característico de este artista, la obra convierte unos motivos aparentemente inocuos –una mujer y un perro– en una escena de un opaco erotismo en la que caben todo tipo de interpretaciones.

«Mujer desnuda de pie de frente, con la mano derecha apoyada en una silla, sin pie» (entre 1895 y 1910), de François-Rupert Carabin

Entre los fondos fotográficos del Museo d’Orsay destaca este desnudo de Carabin cuya fuerza radica en su carácter directo y su falta de artificio. No se trataba de una pose de modelo al uso, sino de un cuerpo desnudo sin mediación alguna.

«Las bañistas» (1918-1919), de Auguste Renoir

El maestro del impresionismo hace de esta obra un himno al desnudo femenino en su vertiente más carnal y rubensiana. Un inmejorable exponente de la sensualidad y de la «alegría de vivir» que singularizaron a su obra.