Aitor Gabilondo, director de “Patria”: “Espero que ayude a un relato colectivo y múltiple”

La novela de Fernando Aramburu cobra vida en la pantalla con una ficción de HBO en la que se recoge la atmósfera asfixiante de los años de plomo en el País Vasco

Fernando Aramburu ya anunció chuzos de punta desde la portada de su libro. Allí, bajo el aguacero y frente a la ventana de su salón, Bittori iba a llorar todo lo que tenía dentro y más. Y también de inicio, Aitor Gabilondo ha querido que la lluvia acompañe a su proyecto en la traslación de la novela a la pantalla: Txato se despide de su mujer, sale de casa para ir al trabajo en medio de la tormenta y llegan los tres disparos que terminan con su vida y cambian a todas las personas que orbitaban a su alrededor. Así es “Patria”, el bombazo editorial de hace tres cursos y, a su vez, la serie que amenaza con hacer lo propio desde su estreno el 27 de septiembre en HBO.

Aunque antes, San Sebastián acoge hoy la presentación del «monstruo». Igual que en el libro, igual que en la serie, Gabilondo mira al cielo en busca de agua. Aunque él no quiere rayos, truenos y centellas. Es más sutil. Le basta con un chirimiri inofensivo en apariencia, pero que sea de esos que se meten hasta lo más adentro de uno. Ese calabobos que de primeras no moja aunque, “con el paso de los minutos te das cuenta de que estás empapado hasta los gayumbos», explica el director. Con la ropa pesada y húmeda, con «esa sensación incómoda”, ha querido calar hasta la médula del espectador poco a poco y a través de dos claves, explica: los viajes en el tiempo, que ya fijó el escritor en el libro “y que te ayudan a ir entendiendo a los personajes», y «las múltiples perspectivas dentro de las dos familias protagonistas”.

No entiende de polémicas ni de carteles ambiguos fruto de estrategias de la mercadotecnia. Gabilondo se abre a “debates de todo tipo”. Eso sí, que no sean a gritos ni con insultos, que “no me gustan. Prefiero que sean sanos y lógicos”. Porque, como él mismo confiesa, “a veces se nos olvida que esto solo es una serie”. Una serie que cuenta la historia de dos familias enfrentadas durante años, sobre todo, a través de las madres, Bittori y Miren. Dos relatos que se encuentran dentro de un mismo conflicto y que viajan hacia un “complicadísimo” y tímido abrazo que, después de todo lo que han vivido, significa demasiado. Es el deshielo de unas emociones que quedaron congeladas por el dolor y que lentamente se van acercando. Dos dolores absolutos para cada una de las matriarcas, “pero no comparables porque las circunstancias no son las mismas”, apunta el creador.

Si la nueva cara de «Patria» busca algo es desligarse de la polarización en la que se ha sumido el mundo. No pretende gustar o no a un lado u otro porque eso ya es imposible, cuenta Gabilondo. “Todo se divide a la mínima. Hasta un virus logra hacer dos bandos, me imagino que es una tendencia actual. Y no entiendo esa necesidad de buscar el conflicto. Las explicaciones que me doy no me gustan nada”. ¿Cuáles? “Que la gresca y la bronca venden más. El buen rollo no da “likes” ni clicks. Ser ñoño y llevarse bien está pasado de moda”.

Aun cuando existieron esas décadas de división y enfrentamiento, el director dice no encontrar odios en el País Vasco de hoy: “Es una palabra demasiado grande”. Otra cosa son las heridas, “que lógicamente siguen abiertas y es normal. Todo lleva su proceso. Se curan con el tiempo. Los atajos no sirven de nada. Pienso que contarnos historias los unos a los otros ayuda a empatizar y a sanar”. Y, por ello, Gabilondo corrió para hacerse con los derechos de “Patria”. Nadie fue más rápido que él para, apoyado en el texto de Aramburu, hablar desde el sitio que solo a él le apetecía. “Por fin tenemos esa libertad. Espero que esto ayude a un relato colectivo, múltiple, no unidireccional, que amplíe y recoja lo sucedido. Es enriquecedor que lo ocurrido se destile de manera artística", explica convencido de que "la ficción ayuda”.

Con ese carácter conciliador, le cuesta entender que en el País Vasco se haya avanzado hacia ese metafórico abrazo de Bittori y Miren y en el resto de España todavía se pongan trabas al diálogo con ciertos partidos políticos: «No tiene sentido. Es un proceso costoso, pero hay que ir hacia delante. La sociedad se merece que trabajemos en ello». Por eso no propone un ejercicio de olvido, sino de reconciliación. “Patria” toma la cercanía de los hechos para recrear la atmósfera irrespirable de los años de plomo (que vivió “in situ”) “de la manera más realista posible”: “Tenemos recuerdos emocionales concretos, por lo que debía ser una imagen que no fuera distorsionada. La idea era que no fuera una postal pintoresca, que sonara a verdad”.