Ser hombre resta en la cartilla de puntos del cine español

Diversas voces de la industria cargan, en su mayoría de forma anónima, contra las injusticias que presenta según su criterio la cuota de paridad

Esta semana, en la 65 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, SEMINCI, la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales, CIMA, presentó su informe anual sobre representatividad de las mujeres en el sector cinematográfico del largometraje en España. A lo largo de unas farragosísimas páginas, el informe analiza “la distribución sexual dentro del sector cinematográfico para retratar la situación de las mujeres” para acabar concluyendo que el cine es un sector masculinizado y con acentuadas desigualdades.

Precisamente esta industria cuenta con un sistema de subvenciones que beneficia especialmente a aquellas producciones que cuentan con mujeres en determinados puestos de responsabilidad y en aquellos que han tenido tradicionalmente una mayor representación masculina. Así, los proyectos dirigidos por mujeres aumentan el límite de porcentaje de ayudas al 75%, ya que se consideran “obras difíciles”. O se otorgan puntos extra, por ejemplo, a aquellas obras escritas, dirigidas o producidas exclusivamente por mujeres.

“Por favor, que no salga mi nombre”. Es la frase que escucho una y otra vez conforme se suceden mis llamadas a profesionales del sector para conocer su opinión. “En esta industria hay miedo, auténtico terror a no volver a trabajar. Todo el mundo calla, cuando casi todos pensamos que esta norma es injusta y discriminatoria” me dice un guionista de amplia trayectoria. Me explican, uno tras otro, que esta es una industria pequeña, en la que si te significas demasiado no tardas mucho en ser señalado y, por lo tanto, en dejar de trabajar. Una tras otra, acabo mis conversaciones asegurando que no daré nombres, que pueden estar tranquilos. Y tranquilas. “Es que no hay debate, no hay espacio para la más mínima discrepancia”, me dicen.

Quien habla es un reconocido director y guionista que, como tantos otros, teme verse señalado. “Lo llames como lo llames, aunque añadas el “positiva” tras el “discriminación”, no deja de ser inconstitucional que por una cuestión de sexo se perjudique o excluya a alguien. Da igual que lo hagas en nombre de la más justa de las causas”. Me cuenta cómo -hecha la ley, hecha la trampa- este sistema de puntos está consiguiendo que se produzcan  situaciones tan rocambolescas como que se contrate a un montador para determinada película pero el trabajo lo firme una montadora cuya participación ha sido inexistente; o que sea la mujer del productor, por ejemplo, quien aparezca como guionista. “Si eres hombre partes de salida con varios puntos menos, así que es una traba más en una profesión en la que ya es difícil abrirte camino, independientemente de tu sexo”, me dice otro guionista cuya identidad debo preservar.

“Me parece que es una norma bienintencionada” afirma Luis Manso, productor de películas como Camino o Campeones, entre otras, y fundador junto a Javier Fesser de la productora Pendelton. “Pero no sé hasta qué punto es tan necesaria en un sector como este, donde te puedo asegurar que yo nunca he visto discriminación por sexo”. Manso, que pertenece a la junta directiva de una de las más importantes asociaciones de productoras de España, y en la que solo tres miembros son hombres y siete son mujeres, me cuenta que jamás ha tenido en cuenta el sexo de nadie a la hora de contratar. Su mayor preocupación como productor es tratar de alcanzar la excelencia en el resultado final, por lo que a la hora de afrontar un nuevo proyecto lo que busca es colaboradores de primera calidad. “Profesional y humana” puntualiza. “Para mí es también muy importante el buen ambiente en el trabajo”.

Me cuenta Luis que él cree que la brecha salarial en la industria del cine no existe. Aquel a quien avala su talento y profesionalidad puede marcar su tarifa independientemente de que sea hombre o mujer. “En cine vales tanto como tu última película”, dice Pepe Jordana, cortometrajista con 300 premios internacionales a sus espaldas entre los que destaca un Goya, un León de Venecia y un premio de la Academia Europea. “A veces ni eso”. Jordana cuenta una anécdota especialmente estremecedora: “Hace bien poco, el gran Ivan Aledo, tristemente fallecido por covid, me contaba: “No me dejan trabajar, por lo visto trabajar conmigo quita puntos. Les trae más a cuenta contratar a una de mis alumnas de la ECAM o la ESCAC. Me han condenado y yo encima colaboro. Debo ser bobo”. Así se sentía un montador legendario en el momento de abandonarnos”.

“Ahora mismo, ser hombre te complica muchísimo sacar adelante tu proyecto, optar a subvención”, me explica otro director que tampoco quiere que su nombre aparezca. “Decir algo como “valoremos el talento, independientemente de lo que tengamos entre las piernas” te convierte en un indeseable. Eres automáticamente etiquetado como machista, cuando todos estamos a favor de la igualdad real entre hombres y mujeres. ¿Quién va a estar en contra de algo así?”.

Elsa Díaz Pirinoli, jefa de producción, cree que es necesario cambiar las cosas, ayudar a las mujeres a conseguir una representación más equilibrada. “Y hay que hacerlo aunque sea a la fuerza”. Considera que si ya de por sí es un oficio complicado y difícil, que puede parecer casi inaccesible, para las mujeres aún lo es más. “Una vez Gracia Querejeta me dijo que hacer una película es como subir al Everest. Y que, para una mujer, es como subir al Everest con tacones”, cuenta. Otro guionista -uno más que no quiere dar su nombre- cree, sin embargo, que el modelo sueco es más acertado que este. “Primero - explica- se reciben los proyectos de forma anónima, y es a partir de la selección de los mejores cuando se aplican los criterios para alcanzar la paridad”.

“¿Cómo no voy a estar a favor de ayudar a alguien en desventaja?”, se pregunta un reconocido director. “Lo que no me parece justo es que esa ayuda signifique, directamente, perjudicar a otros profesionales. Y aquí se está creando un problema nuevo por tratar de arreglar otro de manera poco adecuada”. Me explica que en esta profesión las dificultades son muchas para todos. “Es un mundo muy complicado. No solo llegar, sino mantenerte”. Y ser hombre, ahora, es una dificultad añadida para acceder a subvenciones, que suponen una parte muy importante de la financiación. “Me pregunto hasta qué punto ayuda esto a la industria en este momento especialmente delicado”, añade.

Jordana lo tiene claro. En una profesión que tiene mucho de oficio, de trabajo en equipo y que hay que aprender desde la base y empezar a ejercer desde abajo, cree que es ahí donde se debería poner especial esfuerzo en facilitar el acceso a las mujeres, para que alcancen luego los puestos de liderazgo y responsabilidad. “Claro que son capaces y que pueden hacerlo. Pero no por ser mujeres, sino por talento y valía, por su trayectoria. Y es ahí donde hay que abrirles todas las puertas”.

“Es una injerencia y un desconocimiento absoluto del proceso creativo ¿Cómo vas a imponerle a un director que cuente con un profesional por una cuestión de sexo y no con otro cuyo trabajo puede ser el adecuado para su obra?”, dice una reconocida profesional que prefiere no dar su nombre ni que especifique su especialidad. “Es que no quiero tener problemas”. Y yo no quiero que los tengan.