Gregorio Marañón: “El olvido voluntario es una forma de perdón"

«Memorias de luz y niebla» (Galaxia Gutenberg) es una precisa colección de recuerdos que bien sirve para explicar la Historia de España desde la Transición hasta nuestros días

Entrevista con Gregorio Marañon y Bertran de Lis, Presidente del Patronato del Teatro Real.Alberto R. RoldánLa Razón

En uno de los pasajes prístinos de «Memorias de luz y niebla» (Galaxia Gutenberg), Gregorio Marañón Bertrán de Lis hace un ejercicio de confesión y recuerda cuando, ante la posibilidad de perseguir la identidad de los asesinos de su abuelo materno, decidió perdonar y romper en mil pedazos el documento que acreditaba la respuesta fehaciente de la que su madre le había protegido durante años. La anécdota, crucial en cualquier otra biografía, se traduce en el libro de Marañón en solo un par de líneas y en una especie de aviso a navegantes sobre lo que en él se encuentra. Esto es, un tratado nada hagiográfico en el que se puede explicar la Transición española, el olvido de la cultura al látigo del bipartidismo hegemónico o la lícita obsesión de un hombre por su legado.

«El olvido voluntario es una forma de perdón», explica meridiano el autor sobre la noche de agosto de 1936 cuando Vicente Bertrán de Lis fue asesinado por milicianos en el cementerio de Aravaca. Dicho «perdón» bien podría ser el faro entre la niebla de sus memorias, que se levanta tenue en sus orígenes nobles pero se espesa a medida que explica su madurez vital mientras languidecía el régimen franquista. Contribuidor inequívoco a la formación de la extinta UCD, Marañón no deja que las circunstancias pandémicas de la entrevista le resten solemnidad a sus palabras: «Franco murió en noviembre de 1975. Lo que sucedió después, y está sucediendo ahora, sólo es responsabilidad de los ciudadanos que estamos vivos», explica. Y sigue, sobre la responsabilidad de la sociedad desde que se instauró la democracia: «La Política, con mayúscula, es competencia de todos los ciudadanos, no sólo de los políticos, e inspira todo aquello que no corresponda al ámbito de nuestra intimidad. Pero la política, como generalmente la entendemos, es un ejercicio partidista que, muy frecuentemente, pretende poner todo a su servicio en vez de servir a los demás».

Para un hombre que, además de ser el actual Presidente del Patronato del Teatro Real, ha ejercido como director de banca, consejero delegado de varias empresas punteras del tejido patrio e impulsor de instituciones culturales como el Círculo de Bellas Artes o el Teatro de la Abadía, los resortes del poder y las fricciones con quienes ostentan los cargos decisivos del día a día de un país se leen como algo parecido al trámite.

La fauna política

Es así como se hace obvio preguntar por las presiones: «En el ejercicio de los cargos que he ocupado en instituciones culturales, he logrado casi siempre el respeto de los políticos a la autonomía que precisa la gestión institucional. Y, cuando no ha sido posible, he dimitido, como en el año 1996 cuando dejé mi puesto de patrono y miembro de la Comisión Ejecutiva del Teatro Real». Esa independencia, con la que Marañón ciertamente se recrea cuando, por ejemplo, habla de su primer encuentro con el entonces Ministro de Cultura, José Ignacio Wert, y explica que «nunca había entrado a una entrevista con tantos prejuicios», defiende que ha sido su única condición sine qua non: «La cultura no debería estar nunca al abrigo de la política partidista». Pero, ¿merece la pena pelear toda una vida por uno de esos ámbitos que dan tan pocos votos que siempre se acaban olvidando? El autor lo explica: «Para la cultura he pedido siempre que los políticos y la sociedad civil reconozcan su valor estratégico, y su carácter identitario, tan necesario. La cultura, además de ofrecernos un ocio inteligente, facilita el ejercicio de ese pensamiento crítico y utópico que precisamos para continuar avanzando».

Gregorio Marañón, recibiendo la Medalla de Oro de las Bellas Artes de manos de SS.MM. Los reyesLa Razón (Custom Credit) | La Razón

Después de medio siglo codeándose con los hombres y mujeres que han dado forma a la democracia española, el índice onomástico final que incluyen sus memorias se hace carne de anecdotario y miel de morbosos. Un gran puñado de referencias está dedicado a Esperanza Aguirre, de la que dice fue «decisiva» para sacar adelante proyectos como el de la Real Fábrica de Tapices. Y añade: «Nunca ha sido ni será irrelevante, y estoy convencido de que su trayectoria política, esencialmente liberal, continuará conformando el Partido Popular». Sobre Rajoy, dice que su presidencia fue una «ocasión perdida» y que no dio «los otros pasos políticos», más allá de los económicos, «que requería la situación española».

También hay hueco para contar su «no» a Zapatero cuando este le pidió que ocupara la cartera de Cultura en plena crisis y para dar cuenta de su constante comunicación con Pedro Sánchez, con el que cenó por primera vez después de una actuación de Plácido Domingo y siendo esa una de las pocas ocasiones en las que se hace mención al tenor.

En el abanico de nombres, en el que hay espacio para la narración episódica de una estrecha relación profesional con Carmen Calvo o se explica la sobremesa en la que supo que se iban a publicar los papeles de Bárcenas, Marañón pasa con elegancia, a veces inocente, por situaciones en las que evita conscientemente hacer demasiados juicios de valor: «Al hacer un relato autobiográfico te puedes equivocar porque, inevitablemente, tiene su parte de subjetividad, pero en ningún caso debes desvirtuar la realidad de los hechos, al menos como tú los has conocido. Lamento si alguna persona se siente herida por lo que escribo en el libro», explica antes de matizar: «Nunca me he cuestionado nada de lo que he hecho o he escrito, porque lo irremediable sólo te lleva a la melancolía, y, de natural, no soy melancólico».

Contra la irrelevancia

Mes y medio después de que hubiera que cancelar la representación de «Un ballo in maschera» en el Teatro Real por las constantes presiones de una parte de los asistentes, que creía que no se estaban respetando las medidas de protección sanitarias, Marañón explica su teoría sobre lo ocurrido: «No tengo ninguna duda de que un reducidísimo grupo de espectadores había acudido con el interés de suspender la representación», escribe negro sobre blanco. Y sigue: «Este grupo de espectadores son los que ni quisieron que se les reembolsara sus entradas ni cambiarse a otras localidades que señalaban como las más seguras. Pero, en cualquier caso, aquel incidente también nos sirvió de lección para mejorar, aún más, el de por sí excelente sistema de seguridad que tenemos establecido».

Un reducidísimo grupo de espectadores había acudido con el interés de suspender la representación

Dentro de esa especie de obsesión por la excelencia que bien se podría describir como leitmotiv de sus «Memorias de luz y niebla», sus diferentes etapas al frente del Real son el ejemplo más claro. Sobre el elitismo que parece, por momentos, rodear a la institución, el Presidente del Patronato se defiende: «Llevamos años ya trabajando en alejarnos de esa concepción. Hemos sacado la ópera a la calle, a las plazas públicas, centros culturales, colegios y hospitales, con el más ambicioso de los proyectos, a través de retransmisiones en directo, lo que ha sido reconocido este año como “un acontecimiento de excepcional interés público”».

Preguntado por la «irrelevancia» en la que él mismo situaba la institución antes de su regreso en 2007, citando un texto de Luis María Ansón, Marañón vuelve a sacar pecho: «También hemos creado programas de venta de entradas baratas para jóvenes; hemos puesto en marcha un proyecto social para ayudar, a través de la música, a niños en riesgo de exclusión; acogemos a casi dos mil estudiantes al año para que parte de sus prácticas de postgrado las realicen en el Teatro Real; y hemos abierto las puertas del Teatro a las visitas diarias de la ciudadanía. Y seguiremos por este camino ajenos a cualquier pretensión elitista», remata.

Sobre el futuro común, optimista, Marañón pide que «recuperemos el espíritu de concordia y la capacidad de pactar que hicieron posible los últimos cuarenta años de paz y de desarrollo social y económico». En cuanto a lo personal, la reflexión se acerca más a los paseos filosóficos de su cigarral de Toledo, ese en el que los hombres de Estado se han sentado durante cuatro décadas rodeados por esculturas de Chillida: «Allí las preocupaciones y los problemas no desaparecen, pero se contemplan y se viven de otra forma», explica antes de despedirse: «No tengo ninguna duda de que cualquier tiempo pasado fue peor. Estoy convencido de que, a partir de ese momento, empezaremos a recuperar las condiciones sociales y económicas, y la expectativa de vida que teníamos antes de la pandemia».