Así era la España del 92: desempleo, sindicalismo y parlamentos autonómicos ardiendo

Luis López Carrasco bucea en un suceso poco conocido de la historia de Murcia y estructura un poderoso retrato generacional crítico con la pompa artificial que supuso la década de los noventa

En las últimas páginas de “Germinal”, ese totémico manifiesto literario de abrumadora belleza y gélido realismo en el que Zola descompone las tripas y los sueños de un grupo de mineros que accionan una huelga en el norte de Francia a mediados del siglo XIX, se puede encontrar una descripción colectiva del espíritu de los movimientos obreros ciertamente conveniente. “De un extremo a otro de aquellas ciudades subterráneas, miles de obreros exponían su vida y su salud en provecho de unos cuantos. Era necesario organizarse tranquilamente, conocerse, reunirse en sindicatos, al amparo de las leyes; luego, una mañana, cuando un ejército de millones de trabajadores, conscientes de su fuerza, presentara batalla a unos cuantos miles de haraganes y parásitos, ¿qué había de suceder? Que aquéllos serían los amos y lograrían el poder. ¡Ah!, ¡qué triunfo de la verdad y la justicia!”, expone el escritor francés.

Esa necesidad organizativa a la que apelaba el padre de la novela experimental alberga un componente universal capaz de liberarse por el conducto del tiempo y resonar con fuerza en las cañerías del presente. Tal vez porque existe un elemento primario en la acción colectiva permeable al paso de los años, los cambios y los sistemas de producción. Cuando determinados colectivos sociales sienten la suela opresiva del zapato del privilegiado apretándoles el cuello, el impulso de supervivencia que acciona las revueltas es el mismo, o al menos se exterioriza con la misma intensidad, en el siglo XIX y en el XXI.

Solo la violencia marca el límite de este tipo de reivindicaciones por lo que bastaría considerar si en casos precisos, sirve a fines justos o injustos. ¿Violencia es quemar un contenedor o dejar en la calle a centenares de familias para que una empresa extranjera pueda especular con un terreno que no es suyo? ¿Violencia es lanzar una piedra contra un edificio público o veranear en un yate de lujo por la Costa Azul mientras se hacen efectivos los despidos de tus empleados?

El cineasta Luis López Carrasco apenas duda: “No conozco ningún colectivo privilegiado que haya decidido ceder sus privilegios al resto de la sociedad. Creo que los privilegios se tienen que conquistar y esas conquistas suelen tener elementos que podrían considerarse violentos”. “El año del descubrimiento”, el último trabajo del cofundador del colectivo audiovisual “Los Hijos”, dedicado al cine documental experimental, que mañana viernes aterriza en las salas, es un monumental y dilatado retrato de los caramelos que se vendieron en la España de 1992 con el envoltorio del progreso. En su momento estaban ricos, pero si uno se atreve a probarlos ahora, cabe la posibilidad de que el sabor que recuerda cambie sustancialmente.

Diferentes acontecimientos orbitan en el imaginario colectivo de una generación que recuerda esta época como una de las más boyantes y jugosas en términos de modernización de nuestro país. Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, vinculada a la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, se fusionan con una entrada estelar en la comunidad internacional, la consolidación y empuje del PSOE de Felipe González (“todo el año ha sido el año de España”, llegó a proclamar el dirigente socialista), la inversión masiva en obras hidráulicas y puertos, la mejora de 20.000 kilómetros de la red de carreteras, la inauguración de la primera línea de tren de alta velocidad, la Conferencia de Paz para Oriente Medio o la Cumbre Iberoamericana en Madrid con la presencia de Fidel Castro incluida.

España se quitaba las legañas festivas de los ochenta para mostrarse ante el gran oráculo de Europa como un país avanzado, efervescente y potencialmente próspero. “Tanto “El futuro” como “Aliens”, como esta última, “El año del descubrimiento”, son películas que están muy relacionadas con la situación en la que yo personalmente me encuentro después de la crisis económica y en la que se encuentra un poco toda mi generación y la sociedad española. Para mi se rompe el relato que nos habíamos creado. Todo lo que yo había hecho en mi vida, lo que había estudiado, para lo que me había formado… Lo que en definitiva había construido para llegar a un lugar concreto, de cierta tranquilidad y bienestar, se desvanece. Y de repente me invade la sensación de que el país ha cambiado. Ha vuelto a la casilla de salida. Ya no somos esa especie de potencia mundial o país próspero del primer mundo que imaginábamos y las reglas del juego cambian", comenta Carrasco.

Cuando el cineasta deja de entender cómo funcionan esas reglas, comienza a hacer películas sobre la historia de España para “intentar rastrear en nuestro pasado qué cosas han salido mal y qué cosas se han venido debajo de una manera tan absoluta”. "No creo que vayamos a volver al lugar en el que estábamos en los noventa y los dos mil. Eso ya no va a regresar. Y esa frustración de muchas personas que creen que van a poder vivir con el tren de vida que lo hacían antes son las que nos están llevando a determinadas apuestas políticas un poco antidemocráticas como Vox”, señala.

En “El futuro” el director enfocaba la mirada en el espíritu ocioso, creativo y bombástico de la década de los ochenta, tal y como él mismo subraya: “La anterior película representaba la fiesta que supuso el año 82 y mostraba esa década como una imagen homogénea. Los ochenta como celebración, como desarrollo individual, como fiesta. Tuvo elementos muy positivos, por supuesto, porque España llevaba en la represión nacional católica de la dictadura mucho tiempo y sacudirse todo eso supuso avances a nivel civil, a nivel de emancipación de la mujer, a nivel de representación de movimientos LGTBI…etc. Incluso la sanidad y la educación se refuerzan bastante en los años ochenta”.

Pero aquí, en “El año del descubrimiento”, se muestra la evolución de esa época erótico festiva y cómo ésta deviene en un periodo de reconversión industrial que a Luis López Carrasco, oriundo de Murcia, parece interesarle lo suficiente como para retratarla en la gran pantalla y convertirla en un poderoso espejo generacional en donde los cierres de las fábricas de Bazán, Peñarroya y Fesa-Enfersa canalizan la indignación del obrero. “La reconversión industrial creo que es algo por lo que se pasa siempre de puntillas, está reducido a cuatro lugares comunes, al argumento de que era inevitable, que había fábricas obsoletas… pero debatir o conocer con un poquito más de detalle lo que realmente había pasado, era importante. Ahí fue cuando yo recordé que de niño había visto el parlamento autonómico de mi comunidad arder”, relata.

Lo que Carrasco se encuentra cuando empieza a preguntar por este suceso prácticamente desdibujado de nuestra historia es “un vacío de memoria tremendo”. "Intentar desenterrar un suceso tan desconocido que podía incluso ayudar a desterrar muchos tópicos o rémoras que la sociedad murciana arrastra. Nos hemos convertido en cierta manera, en el objeto de burla de toda España. La imagen de un parlamento ardiendo cuando el país estaba viviendo teóricamente un año glorioso me parecía muy productivo”, subraya.

Ayudado por el juego audiovisual de la pantalla dividida y por el despiste temporal intencionado con el que la honestidad testimonial de mujeres, camareros, jóvenes, parados, sindicalistas y vecinos de la ciudad de Cartagena, se intercala entre cervezas y cigarros, el director crea un extraordinario y demoledor relato de clase. “Hemos dejado de pensar en términos de lucha de clase. Pero desde los propios años noventa, a lo mejor incluso desde antes. La demolición del movimiento sindical se produce de forma paralela a la expansión del neoliberalismo y se puede ver en Reino Unido y en otros países de Europa. Todo ese vigor social tan vinculado al movimiento vecinal, a los movimientos cristianos de base de los años setenta se va diluyendo", explica Carrasco.

Y prosigue: "se traslada muy rápido a la opinión pública esa idea de “ya lo hemos conseguido”. Ya somos demócratas y clase media de la noche a la mañana. Algo que también está muy relacionado con el desarrollismo franquista, con esa idea de hacer creer a gran parte de la población que es clase media. En el momento en el que tú te desclasas, evidentemente también puedes percibir algo positivo al abandonar determinadas condiciones de explotación. Poder ser clase media tiene elementos positivos, pero la realidad es que la sociedad no pasó a convertirse en eso. En la película se ve perfectamente cómo hay una gran cantidad de territorios que se encuentran en una situación de abandono crónico”.

La figura del sindicato como herramienta garante de derechos es un tema recurrente en las conversaciones que los trabajadores de las fábricas de una ciudad del sudeste del país como Murcia introducen en las conversaciones que tienen lugar en el bar de “El año del descubrimiento”, pese a la desconexión grave que manifiesta con la juventud actual. El sonido familiar de la máquina de café, el soniquete de la televisión de fondo y los cristales de los vasos chocando y reconociéndose con desparpajo como compañeros inseparables se diluyen entre las demandas de los clientes en la barra mientras muchos de ellos recuerdan los meses de tensión por los cierres de empresas del sector naval, minero y químico que el tres de febrero cristalizaron con el incendio de la Asamblea. El entonces presidente de la Comunidad Autónoma, Carlos Collado, compadeció públicamente tras la presión de los sindicatos por la cesión de unos terrenos obtenidos por recalificaciones de dudosa legalidad a la empresa KIO y por el que meses más tarde tendrá que dimitir de su cargo.

La ciudad se convierte en una auténtica batalla campal con lanzamiento de cócteles Molotov incluido. El pueblo murciano estalla mientras la Barcelona de las Olimpiadas se mueve al ritmo de “posa’t guapa”. Carrasco asegura que “la resaca de finales del 92 es bastante bestia y a finales del 94 en este país se llegó a casi un 24% de paro. Desde entonces yo creo que la desigualdad ha crecido y sigue habiendo una enorme cantidad de barrios y de bolsas de población que se consideran abandonadas y que no se sienten parte activa dentro de la prosperidad que se ha vendido”.

En esta película documental que ha obtenido un ramillete de premios envidiable en todos los festivales nacionales e internacionales por los que ha viajado y que tuvo su bautismo cinematográfico en Rotterdam, el ciudadano de a pie es quien se siente interrogado, agitado, incluso violentado. “El año del descubrimiento" respeta el testimonio de sus protagonistas, sitúa la cámara en el lugar preciso y recoge con inteligencia el pulso de los barrios para generar una red de sentimientos que, tras su digestión, pueden llegar a propiciar que la conciencia del espectador se desarrolle en unas direcciones que le movilicen a actuar políticamente. O al menos, comience a preguntarse por qué no lo hace.