Rudolf Hess, paseando en los últimos días de su larga y controvertida condena en la prisión de Spandau
Rudolf Hess, paseando en los últimos días de su larga y controvertida condena en la prisión de SpandauLa Razón (Custom Credit)

¿Fue Rudolf Hess el amante secreto de Hitler?

Pierre Servent actualiza la figura del viceführer en una obra en la que se ponen entredicho algunas de las afirmaciones dadas por buenas hasta ahora y en la que también se habla de la inspiración directa que supuso Hess en la redacción de «Mein Kampf»

Sin duda, 75 años después de su derrota, la figura más enigmática de la Alemania nazi es el viceführer Rudolf Hess, un personaje de buena familia, temerario teniente piloto en la Gran Guerra y seguidor temprano de Adolf Hitler, al que llegó a convertir en el epicentro de su existencia hasta el punto de jugarse por él la vida (se cruzó en el camino de una botella destinada a la cabeza de su ídolo durante un mitin), por lo que se le llamó «el fiel Viernes de Hitler». Prueba de esa inmensa devoción fue que, en 1924, tras el fallido Putsch de Múnich, fue a parar a la cárcel porque Hitler necesitaba su ayuda.

¿Pero, por qué Hess, convertido en el segundo hombre del régimen, voló por sorpresa al Reino Unido en 1941 creando al III Reich y al Führer una de las situaciones más embarazosas del régimen? La propaganda nazi se las arregló para minimizar el escandaloso asunto asegurando que Hess estaba loco; Josep Göbbels, que tenía un maligno sentido del humor, aseguraba cuando Hitler no le escuchaba que Hess había quedado agilipollado a consecuencia del botellazo. ¿Qué esperaba conseguir en Gran Bretaña? ¿Por qué mantuvo una conducta de absoluta indiferencia, quizá de completa ausencia, durante el proceso de Núremberg, incluso cuando fue condenado? ¿Por qué se le sentenció a cadena perpetua si su relación era escasa con los crímenes juzgados por el Tribunal aliado? ¿Por qué, tras la puesta en libertad de los últimos nazis, se mantuvo abierta la enorme cárcel de Spandau para él solo, un anciano de 93 años, enfermo y ensimismado? ¿Cómo pudo suicidarse? Estas y otras interrogantes –como su contribución a las ideas del «Mein Kampf»– han tratado de ser resueltas por el periodista e historiador francés Pierre Servent en su obra «Rudolf Hess. El último enigma del Tercer Reich» (La Esfera de los Libros), recién llegada a las librerías.

Servent acometió la ardua tarea de descubrir el misterio Hess para «poder contar la historia de este período, comprender y explicar el sentido de su vuelo de 1941 hacia el enemigo –y aprovechar la apertura de nuevos archivos en Gran Bretaña, en 2017 y 2019–; había llegado el momento de pasar por el escáner a este personaje central del nazismo. Un cacique cardinal... y paradójico: al tiempo romántico y fanático, pacífico y violento, místico y prosaico, tímido y estruendoso, lunático y determinado, resilente e hipocondriaco, humanista y antisemita. De noche, este Jano bifronte sueña con paz y con lucha. De día, sufre violentos dolores de estómago, consecuencia de sus íntimos desgarros».

Un niño tímido e inteligente

Rudolf Hess (Alejandría, 1894- Spandau, Berlín, 1987) fue el mayor de los tres hijos de una acomodada familia bávara de comerciantes afincada en Egipto durante el último tercio del siglo XIX. El chico, tímido y soñador y, también, serio, disciplinado, aplicado, inteligente. Aprende inglés, francés y bastante árabe. Su padre le quiere en los negocios familiares, por lo que debe prepararse en Alemania –donde le llaman «El Egipcio»– y en una prestigiosa escuela de comercio suiza. Cumple en sus estudios, pero se interesa más por la música clásica, los deportes de montaña, la historia alemana, por perseguir mitos, la astrología, los esoterismos y entregando su salud a la medicina alternativa. Según Servent, un tipo solitario, hipocondríaco, de ambigua sexualidad, valeroso, duro y sensible a la vez.

Al estallar la Gran Guerra, 1914, desobedece por vez primera a su padre y, en vez de volver a sus estudios, se alista voluntario y combate en infantería con un valor temerario, lo que le ocasionó tres heridas y le otorgó el ascenso a teniente y el traslado a la aviación, ya en 1918. El final de la guerra le privó de experiencias en el combate aéreo aunque tuvo un excelente adiestramiento, lo que le provocó una decepción tan grande como la amargura que le suscitó la derrota. Por eso se integró en los Cuerpos Francos que combatían a los comunistas, en los círculos nacionalistas (la sociedad secreta Thule), entre los creyentes de la gran falacia del momento, «la puñalada por la espalda», según la cual Alemania no había sido derrotada en la lucha, sino traicionada en la retaguardia por la conspiración de bolcheviques, socialdemócratas y judíos.

Y en esa época cae en manos de dos iluminados: estudió con el profesor Haushofer, apóstol de la geopolítica y del «Lebensraum», el derecho de los fuertes a dominar a los débiles, es decir, de la expansión alemana a costa de sus vecinos del Este, y conoció a Adolf Hitler, al que en 1920 escuchó arrobado en la cervecería Sternecker, convirtiéndose en su confidente, su humilde servidor, su voluntario guardaespaldas, en un nazi de primera hora y, quizá, según se sugiere, entablando con él una relación homosexual.

En la estampida de los nazis tras su fracaso en el Putsch de Múnich, Hess escapó a Austria, pero, llamado por Hitler, que no lograba avanzar en la redacción de «Mein Kampf» auxiliado como secretario por el iletrado Emil Maurice, de profesión relojero, chófer y guardaespaldas, regresó a Baviera y fue internado en la prisión de Landsberg, donde sirvió a Hitler como mecanógrafo, corrector y colaborador. Y surge la gran pregunta: ¿hasta dónde llegó esa colaboración en la redacción de la primera parte del catecismo nazi, escrito en 1924 y en la segunda, en la que, ya libres, Hess trabajó para su idolatrado Adolf en su residencia alpina de Obersalzberg?

En opinión de Servent, aportó a Hitler «sus conocimientos de Geopolítica y su capacidad conceptual (...) No solo lo atestiguan ciertos hechos sino que es difícil de imaginar que durante esos meses de intimidad Hess no haya intentado ser útil, por no decir indispensable, transmitiéndole las ideas de (...) Haushofer y reciclando alguno de sus propios trabajos (...) sobre todo, el del famoso concurso que había ganado dos años antes sobre el hombre providencial y del que encontramos huellas en «Mein Kampf». Hay otras pruebas, pero no es cosa de vaciar el libro.

Su presencia junto a Hitler durante la larga escalada hacia la Cancillería, en enero de 1933, sería bien reconocida: lugarteniente del partido nazi y ministro sin cartera; al menos nominalmente, participó en las leyes antisemitas de Núremberg; en 1938 y 39 se le honró con dos puestos de prestigio pero poco contenido para él: el Consejo Secreto del Gabinete y el Consejo de Defensa del Reich. Mayor trascendencia tuvo que, en agosto de 1936, presentara a Hitler a los enviados de Franco que solicitaban ayuda militar, propiciando la participación alemana en la Guerra Civil.

Con todo, Hess advierte que está perdiendo la privanza del Führer, al que le fastidian sus rarezas, adustez y ensimismamiento; prefería la compañía del hedonista, ingenioso y alegre Göring, al que nombró sucesor en la jefatura del Reich en 1939, aunque no olvidó a Hess, al que designó su lugarteniente y segundo en la línea de sucesión.

Pero Hess, que despreciaba a Göring y se veía preterido por él ante Hitler, sufría de celos y, también, por la mutua destrucción germano-británica, por lo que concibió un plan disparatado: gestionar la paz con los británicos y ganándose así todo el afecto y admiración del Führer. Esa situación, adobada con nuevos documentos británicos y los enredos del contraespionaje del MI-5, proporciona al autor motivación suficiente para provocar el viaje sin retorno de Hess a Escocia el 10 de mayo de 1941.

No es propósito de este reportaje destripar el libro y revelar hasta dónde llega en desvelar los muchos secretos de Rudolf Hess, pero es imprescindible que, como reza el adagio italiano atribuido al filósofo Giordano Bruno, «si non e vero e ben trovato» (si no es verdad, al menos viene a cuento), debe admitirse que hay cosas nuevas, pistas interesantes y varias desautorizaciones respecto a otros autores que con menos mimbres intentaron lo mismo. El misterio Hess no queda definitivamente desvelado, pero es interesante para conocer las complejas entretelas del personaje y el juego de poder en el Tercer Reich.